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miércoles, 28 de julio de 2010

LAS HIPER-FRONTERAS

Las Hiper-Fronteras: sistema de control y gestión de poblaciones.
AUTOR: Iban Trapaga
Introducción
La cuestión de los flujos diversos generados y acotados por lo que se ha venido en llamar globalización o mundialización ha originado en la agenda social una acelerada preocupación por los movimientos mundiales de poblaciones. Precisamente, y ante esta realidad inaprensible por su intensidad, los resortes estato-nacionales de dominación iniciaron en las décadas pasadas diferentes reformas y revisiones desde diferentes esferas: jurídico-política, económicas, geográficas, militares, culturales, morales y discursivas. La erección de este sistema de control de poblaciones conformado sobre un conjunto de mecanismos disciplinarios implantados espacio-institucionalmente gravita sobre la noción de frontera. De modo tentativo, denomino este renovado complejo institucional como “Hiper-Frontera”, y se corresponde formalmente con la línea global semi-rígida que separa Centros y Periferias mundiales, aunque opera tanto al interior como al exterior de esa demarcación global instrumentada por los estados con proyección pos-colonial. A este sistema dual le correspondería entonces una representación o icono que llamaré “Mega-Frontera” por su extensión mundial.
En el orden de exposición y argumentación de esta herramienta conceptual inicio con el planteamiento de los presupuestos teóricos tomados de otras propuestas teóricas, una primera definición de esta noción, la discusión respecto a otras nociones precedentes del término “Frontera”, y el desarrollo y refinamiento de la propuesta epistemológica con base a fundamentos epistémicos post-estructuralistas y a la recensión histórica del fenómeno espacio-institucional situado: Estados Unidos.
Precisamente, según ambas bases teóricas de referencia la plasmación y fenómeno comprensible desde la investigación social es el continuo configurado históricamente para el control de las poblaciones y que conecta espacios, discursos de poder e instituciones hegemónicas. Este continuo topo-político conecta fronteras y centros de detención y de encierro. Y es sobre estas manifestaciones empíricas que instrumenté un análisis bibliográfico y una investigación etnográfica dentro del proyecto de estudio de los individuos deportados de Estados Unidos por uno de los puertos fronterizos mexicanos. Dicha investigación se extendió por dos años y supone la base empírica para este nuevo concepto.



Aproximación teórica y precedentes
La teoría de la centralidad de las fronteras adopta las líneas maestras de la teoría del sistema-mundo wallernsteniana que pivota metodológicamente sobre la diada centro-periferia. Asimismo, encontramos estos mismos ascendentes en la teoría de la dependencia. De hecho, la centralidad fronteriza asume en sus formulaciones noveles cierta dosis derivada de esta dependencia internacional, recorriendo varios de sus preceptos hacia los rincones limítrofes entre las naciones-estado. Sin embargo, la centralidad de la frontera es asumida más como un centro o foco de análisis de los estados nacionales, un objeto de estudio y para el estudio en sí misma (Grimson: 2000; introducción), sin regresar a los enunciados ordenados a partir de la diada centro nacional-periferias, referida como fundamento de las vigentes naciones-estado. Esta misma centralidad ha sido constantemente discutida y relativizada (Sahlins, 2000) sin salir del enfoque citado para discutir sobre las oposiciones identitarias y las lealtades local-nacional. A partir de estas formulaciones teóricas se han desarrollado interesantes investigaciones generadas en torno a las fronteras como centro económico, como generador económico y cultural, como constructor de identidades diferenciadas y como constructor de espacios diferenciados o regiones fronterizas, divergentes y convergentes entre dos o más estados nacionales. Esta propuesta teórica, con múltiples resultados aplicados a realidades contemporáneas, pero sin trascender las concepciones rígidas de la frontera me permite encauzar la reflexión en estos términos: las fronteras son elementos compositivos fundamentales de los estados nacionales. El sentido de remarcar esta obviedad es centrar la fuerza analítica de los conceptos sobre la cuestión de la construcción nacional, es decir, de la estructuración cohesiva interna de las poblaciones bajo la tutela de estos complejos políticos. La frontera, en su concepción rígida de línea de demarcación, constituye el territorio de un estado-nación; una revisión enfocada sobre la población “contenida” como objeto de gobierno adiciona matices conceptuales suficientes para establecer el concepto de frontera como un elemento compositivo del estado incorporado en todo el espacio nacional e integrado en la producción discursiva nacionalista. Estos matices son el cambio de perspectiva -del territorio a los individuos-, la base discursiva de donde emanan los elementos y fenómenos percibidos (barreras, retenes y puntos de revisión, leyes migratorias, etcétera), y, por último, la frontera como un artefacto más preocupado del control de las poblaciones (del sometimiento a esquemas naturalizados de existencia como la explotación económica y la dominación holística).
Regresando al segundo planteamiento activo de la teoría de la centralidad fronteriza, esto es, la dicotomía epistemológica entre centros y periferias, la reflexión se orienta a yuxtaponer estos dos extremos, el control de poblaciones y los mecanismos para separar efectivamente centros y periferias en una época donde la movilidad de las poblaciones se ha exacerbado.
Procediendo desde este emplazamiento, la Hiper-Frontera aquí considerada supone la existencia de un sistema articulado en un continuo cuyo valor concreto se constituye a partir de una serie institucional concatenada espacialmente y cuya formulación representacional o simbólica está conformada por la demarcación fronteriza y sus aliteraciones movedizas: los discursos dominantes de exclusión-inclusión étnico-nacional. Desde un análisis histórico de la conformación mundial del poder de los estados-imperio se ha planteado ya la caracterización de las organizaciones burocráticas y sus consecuentes prácticas contemporáneas como Hiperpoder (Bourdieu en Wacquant, 2005) donde los autores sugieren que a partir de la proyección del estado-nación puertas afuera de su territorio como ejercicio de implantación del modelo simbólico de nación como modelo mundial, se ejecutan diversos métodos u estrategias de colonización de las conciencias, afirmando que en el caso contemporáneo estadounidense la estrategia imperialista discursiva se sustenta sobre discursos morales y religiosos originados a partir de los movimientos regenerativos espirituales o “grandes despertares”. Siguiendo a estos autores, la principal novedad respecto a pretéritas ediciones imperialistas es la inusitada capacidad material e inmaterial en manos de los estados implicados en estas dinámicas y encabezados por Estados Unidos para imponer una visión global afín a sus postulados ideológicos nacionalistas. A partir de este postulado es como empiezo a establecer las bases conceptuales para considerar esta estructura sistémica como Hiper-Frontera.



De las Fronteras a la Hiper-Frontera
No obstante, una mirada somera constata la diversidad de expresiones del complejo fronterizo, por lo que entiendo necesaria la delimitación, a su vez, entre el nominal Frontera –o fronteras tradicionales (Dal Lago, 2005: 48)-, contenido en el orden simple de estados-nación, y la Hiper-Frontera o forma compleja y ampliada de la anterior, propia de los vigentes núcleos del Centro mundial.
Para las primeras, los planos operados históricamente como Frontera (frente bélico, confín o reserva territorial de expansión, límite ideológico de exclusión-inclusión nacional) se desarrollan alternativamente, por coyunturas históricas, y nunca de modo perenne, constan de instituciones de control internas, y establecen relaciones de interparidad poli-laterales (por ejemplo, la Triple frontera en el cono Sur americano) o bilaterales (relación histórica Francia-España). En todo caso, las relaciones se mantienen bajo cierto equilibrio y la función estatal no rebasa significativamente el modelo moderno de estado. En última instancia, la diferencia entre ambas nociones radica en la concertación entre todos los niveles característicos de las fronteras, y en la capacidad de instrumentar discursos imbricados con prácticas e instituciones disciplinarias.
Para el orden ampliado o complejo, la Hiper-Frontera, todos los planos fungen cuasi-simultáneamente: bélico, geo-estratégico y discursivo, y se orientan tanto hacia la constricción interna como externa. Hacia el exterior y hacia el interior establece cesuras mediante binomios discursivos del léxico militar o securitario, mantiene mediante la instrumentación de la globalización económica la expansión y control de territorios más allá de las fronteras cartográficas propias (relaciones de pos-colonialidad) hacia las periferias tradicionales o renovadas según los reajustes geo-estratégicos y hacia las periferias internas en incremento acelerado, y, por último, difunde los discursos nacionales en esos mismos espacios como homogeneización (la expansión de la fórmula “democrática” es una más de sus posibilidades). Para este modelo dual de control y subordinación (intramuros y extramuros) se erige la forma hiper-fronteriza, que alterando el referente icónico popularizado de la aduana terrestre, establece su derrotero por una continuidad geodésica que dibuja la línea volátil entre centros y periferias mundiales1 (Ibídem). Al conjunto global de límites entre centros y periferias mundiales se le podría denominar por su extensión Mega-Frontera, y en este caso estaríamos hablando de una demarcación semi-rígida global, difusamente cartografiada, que serviría de representación formal para la configuración, ejecución y desarrollo de complejos hiper-fronterizos constituidos particularmente por las diferencias históricas en su implantación, instrumentación y resistencias. Al menos como una extensión de la hipótesis aplicada y formulada al modelo estadounidense.



La Hiper-Frontera desde Estados Unidos: fronteras, guetos y prisiones
Como ya fundamenté arriba, las fronteras son un producto político, social y cultural más que el propio elemento físico geográfico de delimitación política. En este sentido rebasan y hacen obsoletas las definiciones primarias de las fronteras rígidas, así como la posterior de las fronteras porosas (Garduño, 2003: 70). Las sugerencias implícitas y explícitas en obras precedentes abren los horizontes epistemológicos para empezar a considerar la noción frontera, ya como algo a la deriva geográfica más que en simple desplazamiento cartográfico o porosidad (Dal Lago, Óp. Cit.). Este sociólogo sostiene esta deriva en base a las reubicaciones geo-estratégicas y militares que han dejado los lindes estato-nacionales de la modernidad como simples apariencias. Siguiendo el hilo del desarrollo fragmentado a través de varios autores (Donnan y Wilson, 1994;Álvarez, 1995: 449, cit. en Garduño, 2003) la noción de aliteralidad o fronteras aliterales redunda en la deriva geográfica, más allá de su referente metafórico, de las fronteras contemporáneas y proponen abordarlas como campos de acción social. En un sentido similar se orientan otros conceptos como Frontera Icono (referida arriba como formulación representacional) y, más precisamente, Frontera Desterritorializada (Garduño, 2003: 72). Estas propuestas en construcción que pretenden una síntesis de las nociones de las fronteras políticas, económicas y culturales sin descuidar el aspecto fundamental de la ubicuidad hiperfronteriza, sin embargo no incluyen el aspecto biopolítico. Para este caso, la fuerza epistemológica del concepto propuesto como Hiper-Frontera radica en su potencialidad para constreñir la perspectiva política de dominación sobre las poblaciones implicadas y de reproducción del régimen de desigualdades socio-económicas, más allá del difumine de éstas por otros conceptos que subrayan los aspectos culturales y simbólicos originados por esta nueva revisión teórica (Garduño, 2003: 72-73). Siguiendo esta argumentación, la Hiper-Frontera asume al territorio no como algo integrado exclusivamente para la construcción de comunidades, culturas e identidades, sino como un espacio construido por un poder que condiciona la experiencia humana originando culturas e identidades (Harvey, 1998: 251; 1977: 325-326; Sahlins, 1991) y contempla este espacio como marco político del circuito migratorio transnacional. La dialéctica deterritorialización-reterritorialización se establece para la Hiper-Frontera dentro de esta relación amplia entre poder hegemónico encabezado por los aparatos de estado, y poderes subalternos. Tal y como será desarrollada a lo largo de esta comunicación es aprehensible a la observación en los espacios institucionalizados del Ghetto y la Prisión.
Dentro de la definición más genérica, la Hiper-Frontera está integrada en la superestructura de cada estado nacional particular o de cada entidad jurídico-política donde se pretenda la aplicación de un poder determinado, exclusivo y excluyente, sobre un espacio físico e imaginado, y sobre un conjunto de población bajo las tres formas anteriormente expuestas. La institución fronteriza cuenta con la participación de diversos aparatos de estado, represivos e ideológicos (Althusser, 1970), y con un muy diverso elenco de técnicas disciplinarias (Foucault, 1979). La Hiper-Frontera es ubicua en tanto coloniza las conciencias individuales y colectivas. Carece de una fijación espacial, o nicho de operaciones inmóvil. Aun menos se ubica tópicamente en las circunscripciones periféricas de los territorios estato-nacionales. De hecho, y ejemplarmente, las aduanas y retenes de ingreso y egreso se disponen por todo el territorio en sus variables aeroportuarias y consulares. No obstante, la Hiper-Frontera como concepto analítico también se dispone intramuros de las urbes contemporáneas, en espacios segregados material o simbólicamente, donde resaltan por su historicidad y pertinencia para con esta tesis los espacios etnificados y las instituciones de detención y encierro. En estos casos, la marca jurídico-política se diluye junto, con y por la acción de otras instituciones y prácticas asumibles como ideológicas.
Asimismo, este binomio se articula simbólicamente (significado-significante) codificando la interacción entre sujetos y estados nación, en donde la línea fronteriza funge como representación e imaginario de un complejo institucional de índole sistémico. En esta acepción como icono, es donde encontramos nuestras correspondencias imaginarias con la Frontera como demarcación territorial, como nicho simbólico y estático de las operaciones jurídico-políticas. Desde esta perspectiva comunicacional y simbólica es cómo podemos abordar y reconocer el carácter discursivo de las fronteras y su contaminación en los discursos públicos y privados, hegemónicos y subalternos. De este modo es como estamos en condiciones de afirmar que la Hiper-Frontera habita las conciencias y moldea las experiencias simbólicamente.
En conjunto, supone una enjambrazón del sistema de dominación política y del control social de poblaciones. Sus imbricaciones se extienden por las sinuosidades del sistema económico, como regulador de los mercados donde las poblaciones suponen un actor económico fundamental en las relaciones de producción y de consumo. En este sentido, la Hiper-Frontera como concepto es asumible dentro de la perspectiva clasificatoria y filtradora de frontera (Kearney, 1999; 2006: 31-72), herramienta analítica que integra los aspectos económicos, políticos y culturales mediante una elaboración funcionalista de la noción fronteriza respecto a la explotación laboral y dominación política de poblaciones migrantes. En muchos aspectos, esta construcción teórica se puede ubicar ya en los esquemas epistemológicos foucaldianos y marxianos, y aunque el concepto postulado por mí asume e integra esta visión, profundiza en los mecanismos clasificatorios y devaluatorios de los sujetos aplicados en el circuito migratorio, además de ampliar la función reguladora sistémica hacia la marcación dentro de una economía moral, vinculada con la economía política, pero no entendida como una derivación subsumida en la misma. Por último, incorpora la dualidad fronteriza, como sistema de origen (fronterizo) y como sistema de destino (hiper-fronterizo) y las imbricaciones entre ambos.
Por ende, se trata de un sistema de poder-saber, donde cohabitan varios discursos ordenadores: moral y jurídico, científico y humanístico; sendos canales concurren en la normalización y división de poblaciones. La primera incisión sobre el cuerpo social o población se efectúa mediante el primer rubro (moral y jurídico). El segundo opera a partir del primer conjunto de instituciones: policías, cárceles, esfera científica. La plasmación tangible del dispositivo aquí descrito se manifiesta como un continuo espacio-institucional que abstraído se puede categorizar como frontera-ghetto-prisión-frontera, y que dispone de dos proyecciones discursivo-simbólicas, la hegemónica y la subalterna. La primera se ajusta grosso modo a la categorización enunciada, la segunda proyección devendría en la expresión raza-barrio-pinta-raza.
Este complejo espacio-institucional se implementa como sistema articulado de instituciones o aparatos de Estado: aparatos represivos y aparatos ideológicos (Althusser, 1970: 25-29), o en su defecto de una combinación de algunos de los diferentes órdenes propios del conjunto de ellos. En un planteamiento abstraído de las particularidades socio-históricas, la Hiper-Frontera debe ser entendida como la traslación geográficamente representada del Estado, y éste como aparato represivo que funciona como reproductor de las condiciones de vida históricamente constituidas. No obstante, el sistema político institucionalizado de la Hiper-Frontera no es en sí mismo una circunscripción topográfica, más o menos extensa, sino, como fundamentaba arriba, la plasmación multisituada del poder de Estado, tanto en un orden francamente violento como sutilmente represivo. Es decir, que su acción, prácticas, discursos efectuados sobre o contra las vidas, cuerpos y conciencias de los individuos anormales implicados en el “fuego cruzado” de los ordenes institucionales del Estado, se manifiestan en una gradación desde la coacción física más explícita y pre-moderna (el derecho sobre la vida o la muerte) hasta la invisible violencia simbólica del consenso y naturalización inserta en los discursos ideológicos cotidianos, ya sea en los públicos como en los privados. Pero, y ante todo, la Hiper-Frontera se manifiesta en diferentes escalas espaciales, donde la demarcación geo-política instituida por el estrato jurídico-político correspondiente no es sino una más. En concreto, es quien constituye la escala espacial que funge como referente icónico para otras plasmaciones espaciales del poder de Estado. En particular, me refiero a las plasmaciones políticas activadas por el reconocimiento o desconocimiento de los individuos como interlocutores válidos con el Estado. En este sentido, dichos individuos y colectivos serán todos aquellos que encontrándose bajo la esfera de dominación de un Estado específico no son dotados con la ciudadanía plena, es decir, se les desconoce parcial o totalmente la condición determinada por la imposición de una mancuerna de derechos y obligaciones que corresponsabiliza al aparato del Estado y al individuo tanto en el plano jurídico-político como en el cívico-social. De este modo se produce una modulación clasificatoria expresada de una parte en las diversas excepciones jurídicas respecto al status genérico, y que afecta a la integridad misma de la condición ciudadana por acción y, de otra parte, una clasificación de facto, instrumentada por la omisión de las corresponsabilidades sancionadas desde el Estado. La modulación en sí puede ser comprendida secuencialmente como: ciudadanía plena, sub-ciudadanía y no-ciudadanía.



Hiper-Frontera y discursos estatales de control social
En esta visión del estado soberano sobre un espacio definido fundacionalmente subyace cierto onirismo, la comunidad nacional, que es alegoría de la pureza constitutiva de lo propio, lo “nuestro”, enfrentado a lo desconocido, lo extraño y sucio. A esta imagen de comunidad elegida le corresponde alegóricamente el modelo político de control del leproso (Foucault, 1979), un ideal de exilio-exclusión donde las murallas de la ciudad, de todas las ciudades, suponían el linde entre la ciudadanía y la enfermedad o la marca de la enfermedad, entre el Bien y el Mal, entre orden y desorden, asumido desde la ciencia y la norma. Suponían el rechazo y el miedo ante algo que se debe evitar, algo extrañado.
Aunque ya no se remita explícitamente a un discurso de orden medicalizado2, la marca del extraño, el anormal o el ilegal, persiste como señalamiento del riesgo, de elemento excluyente y legitimador del extrañamiento. Una marca que acomodándose a los tiempos y coyunturas pertinentes puede significar “inseguridad ciudadana”, “violencia social”, “incremento del desempleo”, “presión fiscal”, “pandillerismo”, “terrorismo”, e incluso como un “factor pandémico”3 aún apenas instrumentalizado por la esfera político-mediática, y que nos remite directamente al tipo de los desórdenes médicos como elemento discursivo del control social aplicado al “extraño”.
Modelos, esquemas y discursos de legitimación se materializan en estrategias políticas orquestadas desde la esfera político-mediática de los estados que resultan en una militarización de las vidas cotidianas como sostén de la integridad nacional. Esta refocalización del problema no supone una modificación radical del esquema pureza-exclusión sino más bien una reactualización del mismo interpretada desde la solución punitiva, y que dispone para el mercado ideológico de una versión intramuros (Wacquant, 2000). La solución punitiva es caracterizada como el modelo vigente implantado por los think tanks conservadores para enfrentar diferentes síntomas derivados del orden socio-económico conocido como neoliberalismo. En este caso se trata de las condiciones sociales de privación y marginación originadas por la retirada del estado beneficencia, es decir la graduada suspensión de la acción del estado de bienestar. El tránsito de la perspectiva benéfica hacia un estado penitenciaria requiere de una progresiva criminalización de la pobreza y sus prácticas, junto a un reforzamiento en el presupuesto estatal asignado al aparato represivo (cárceles, casas de detención, policía y gasto militar).
Este enfoque revisado y aplicado se traduce sobre la geografía como una tecnología política (Foucault, 1979) destinada a la vigilancia y neutralización4 de las poblaciones periféricas que se internan en los centros mundiales. El uso de tecnologías de guerra, el diseño del hecho migratorio como un problema puesto bajo resolución militar y considerado por ende, como una guerra de baja intensidad, la criminalización, la interiorización del peligro y los riesgos, la fortificación de elementos geológicos y geográficos y un sinfín de elementos disuasorios o meramente agresivos representan actores, guión, contexto, luces y sombras de un escenario de violencia, producido por la institución fronteriza en su particularidad histórico-espacial. No obstante, esta escenificación situada no es sino un prisma de un complejo poliédrico: la Hiper-Frontera.



El ilegalismo, principal functor hiper-fronterizo
Y esto es así en tanto que el espacio geo-político de la línea fronteriza acciona el principal dispositivo de control social para contra las personas sub-ciudadanas y no ciudadanas: el ilegalismo, ya sea éste efectivo, ya como amenaza (Foucault, 1979). Esto es, la oposición binaria legal-ilegal5 estructura el complejo simbólico de exclusión, diferenciación y marcación producido por la institución fronteriza. Este proceso se presenta en los tres estados de gobernabilidad o de relaciones de poder: el jurídico-político o soberanía, el disciplinario y el securitario imbricado múltiplemente con el concepto de biopoder (Foucault, 2006: 15-44). De todos y cada uno de los mencionados estados de las relaciones políticas participan los aparatos de Estado, ya se les considere predominantemente represivos o ideológicos. En sendos casos son instrumentados desde y para la ideología dominante que reproduce las condiciones requeridas para la optimización de los medios de producción y la dominación política.
Es la órbita jurídica quien establece aparentemente las disecciones pertinentes para una exclusión dicotómica. No obstante, como muestra Foucault, la institución jurídico-política siempre remite a una normatividad que en su remonte histórico procede de tradiciones consuetudinarias fundamentadas sobre otro tipo de consideraciones y discursos que son políticos pero no jurídicos. Es el caso de las leyes de ciudadanía que reposan en planteamientos político-culturales como el ius sanguis, que otorga pertenencia ciudadana en base al discurso de la “sangre compartida”.
Desde otra perspectiva, la disciplinaria, la tendencia a la criminalización (institucionalización) de la diferencia, está imbricada con mecanismos y tecnologías añejas traslapadas en nuevas funciones: el ilegalismo (Foucault, 1979: 261-299) y el panóptico (Foucault, 1979: 203). Desarrollaré en las próximas líneas la fundamentación teórica que vincula a institución penitenciaria e institución hiper-fronteriza, caracterizándolas como secuencias constitutivas de un sistema de control de poblaciones.
La ilegalización progresiva de diferentes prácticas sociales populares denota la asimetría de clase inspiradora de la ley eufemizada como justicia. La proliferación de leyes y disposiciones suplementarias, su aplicación estricta, la vigilancia lucrativa producen incrementos proporcionales de criminalidad y delincuencia. El fracaso del sistema penal significa su eficaz comportamiento en tanto
“La penalidad no reprimiría pura y simplemente los ilegalismos, los diferenciaría; aseguraría su economía general (...) toda la gestión diferencial de los ilegalismos por la mediación de la penalidad forma parte de estos mecanismos de dominación.” (ídem).
El ilegalismo y su producto, la delincuencia, generan el marco preciso para “trazar límites de tolerancia” (ídem). El fracaso relativo del sistema hiper-fronterizo en la liquidación, por ejemplo, del flujo migratorio se puede interpretar entonces en clave de eficacia de sometimiento: crea delincuentes estigmatizados en la figura de los mojados, de los extranjeros racializados, etcétera... para así hacer útil a una parte de ellos y excluir a la otra (ídem). (Y este esquema se reproduce y es representado por técnicas científicas sobre la población ejemplificadas e inspiradas por la técnica científica de la triage).
En este sentido, el panóptico, con sus formas arquetípicas, como el establecimientos de encierro, catalogación y corregimiento (cárceles, nosocomios, conventos de clausura, centros de detención en general: juveniles, de extranjeros,..., escuelas, hospitales y fábricas) complementa y vitaliza el armazón de este sistema. El modelo del panóptico se presenta de modo difuso en el territorio de un estado nacional o supranacional (Foucault, 1979: 212). El panóptico, que es aplicable a todo espacio limitado donde “haya que mantener bajo vigilancia a cierto número de personas” o bien “haya que imponer una tarea ó una conducta” (ídem), es fuente de una serie de procesos insertos en la estrategia fronteriza. Entonces, el objetivo de la aplicación de tan potente mecanismo de disciplina, el panóptico, pareciera ser ordenar, explotar y usufructuar el desorden socio-cultural característico de estas poblaciones nómadas, viajeras. Las actuales disposiciones en las Hiper-Fronteras ensayan esta ideología disciplinaria que “es un procedimiento de antinomadismo” (Foucault, 1979: 221) precisamente ante la afluencia de multitudes migrantes, de las crisis económicas cíclicas o no, de desorden cultural o la anomia normativa (en sendos casos efectos del reajuste en la economía moral hegemónica), y de la readecuación productiva ante la terciarización y cuarterización de las economías de primer orden, como es el caso de la estadounidense.
Los panópticos se diseñaron y pensaron para instrumentarlos “en los límites de un espacio que no es demasiado amplio” (Foucault, 1979: 215). La difusión de los procedimientos disciplinarios hasta las fronteras geopolíticas a partir de espacios reducidos tiene sus precedentes en la diseminación de grupos humanos de control a través del territorio (ídem).”La enjambrazón de los mecanismos disciplinarios” sostenida por Michel Foucault como un proceso de infiltración del panoptismo en todas las entidades de poder consiste exactamente en el desligue del mecanismo de su objeto situado. Es decir, la noción de panoptismo se arma y desarma en procedimientos flexibles, mixtos, de control que colonizan otras instituciones situadas.
En compendio, el objetivo de las políticas de antinomadismo es la fabricación de delincuencia. Los migrantes reincidentes o las minorías de sub-ciudadanos, los arriba señalados como extraños o anormales, son clasificados como criminales y sus familias vulnerabilizadas y marcadas por este estigma que capacita la generación de nuevos penados, patente en las familias de deportados dislocadas por la Hiper-Frontera. El binomio frontera-cárcel regresa a los migrantes ante los jueces. El sistema se autorreproduce y se impone proveyendo de clientes y confidentes al conjunto del sistema de justicia (Foucault, 1979: 210) y al capitalismo de rapiña o actividades empresariales ilícitas (Wacquant, 2000: 96-100). El sistema es un fracaso en tanto incumple sus aparentes y manifiestos objetivos.



Centros de detención y encierro, barrios y ghettos: espacios hiper-fronterizos
El centro de detención (cárcel, reclusorio, nosocomio, frenopático, prisión,...) se erige como medio de castigo, purgatorio y corrección antonomástico en los primeros lustros del siglo XIX europeo. Producto de la Ilustración, vástago de los ideales burgueses y de sus valores de recogimiento moral y del ensalzamiento retórico del trabajo, sucesor de los tormentos asociados al disciplinamiento del cuerpo y del escarnio público de la cadena, el centro reclusorio se instaura como el apéndice punitivo del sistema de justicia.
Sin embargo, la institución penitenciaria parece disfrutar de una autonomía respecto a los subsistemas jurídico-político y policial. Una autonomía que establece penas adjuntas al fallo judicial, incluso modificando la disposición punitiva original, ejerciendo tal poder sobre los infractores que se consuma la paradoja del control del cuerpo jurídico-político desde su necesario efecto y prolongación, el ente carcelario (Foucault, 1979).
Reiterando que el sistema es un fracaso en tanto incumple sus aparentes y manifiestos objetivos, curiosamente también actualmente la opción punitiva fracasa en el supuesto cometido de establecer la paz cívica (Wacquant, 2000).
Pero, ¿y entonces por qué persiste una entidad ineficaz y perjudicial? ¿Qué funciones ejecuta dentro de la estructura socio-económica?
Si aceptamos que el panoptismo es “el nudo gordiano de las leyes sobre los pobres”, o por otra parte, el sistema penal bien puede fungir como regulador directo de los segmentos inferiores del mercado laboral, o bien como desarrollo del trabajo asalariado de miseria y de la economía informal y del capitalismo de rapiña (Wacquant, 2000) o de las prácticas estructuradas de la economía ilegal, la cárcel debe ser analizada como un instrumento económico para la regulación y lubricación de los mercados (bien sean ciudadanos, sub-ciudadanos o no ciudadanos). Instrumento que desempeña labores de control social, marcando, distribuyendo, coleccionando y clasificando a individuos y conductas, diagnosticando y fiscalizando tratamientos dizque correccionales y reparadores. La aplicación de tales tareas deviene en discriminación y exclusión particularizada según los criterios fijados. En atención a las variables estadísticas de los usuarios de presidios contrastadas con las poblaciones en Estados Unidos de ghettos se evidencia un absoluto paralelismo entre ambas si discriminamos datos de etnia racializada y clase, con el agravante de la pertenencia social corresponde más bien a una subclase emergente adscripta a las economías informales, parcialmente conceptualizadas por Wacquant (Óp. Cit.) como economía capitalista de rapiña. Es decir, criminalizar la pobreza para así legitimar-normalizar el trabajo precario.
Los aportes del análisis cuantitativo de cárceles y “barrios conflictivos” orienta la mirada crítica hacia una convergencia entre ambas entidades. La simbiosis funcional entre ghetto y sistema penitenciario (Bourgois, 2003; Parenti, 2000) implica la alternancia espacial del encierro-ostracismo social; son ambos instrumentos de control de una población superflua (Strobl, 1993), desviada, hostigada y, por ende, peligrosa económica y políticamente (ídem). Aunque se debe relativizar esta peligrosidad social, en la línea postulada y fundamentada por Michel Foucault para la delincuencia y su ambivalencia funcional para con el sistema penal.
En este continuum de violencia, continuum espacial y temporal, transitado por las rutas migratorias desde el cruce exitoso de la frontera geopolítica, distribuido hasta barrios como Harlem Este, Los Ángeles Este, La Villita, etcétera, y reducido cíclicamente a los sumideros humanos de las prisiones, existe un factor reiterado y determinante para la política económica de la pobreza en Occidente: el ilegalismo (Foucault, 1979).
La ilegalización de la migración indocumentada dota al sistema fronterizo de este potente instrumento demarcador ya existente en el conjunto penitenciario y exportado parcialmente a los viveros del mismo: los ghettos poblados por esos mismos inmigrantes y sus descendientes.
El ilegalismo y su producto, la delincuencia, generan el marco preciso para “trazar límites de tolerancia”. El fracaso relativo del sistema fronterizo en la liquidación del flujo migratorio se puede interpretar entonces en clave de eficacia de sometimiento: crea delincuentes estigmatizados en la figura de los “mojados”, de los extranjeros racializados, etc... para así hacer útil a una parte de ellos y excluir a la otra
El sufrimiento generado en la frontera no es tanto una aberración sino un requisito en el control de calidad sistémica: la subyugación de los espíritus y las voluntades que se escenifica en la práctica y en la representación de la deportación masiva, las redadas y el encierro. La perversión orgánica de los ingenios implementados en estas zonas sobre esa población vulnerable alcanza las cotas más críticas de crueldad e inmoralidad en su capilarización entre agentes sociales clientelares del sistema fronterizo (coyotes, traficantes y contrabandistas de diversas especialidades, asaltadores de migrantes... pero también cuerpos policiales, líneas de autobuses, expertos científico-ideológicos, iglesias y pastorales, etcétera).



La conformación histórica del sistema hiper-fronterizo
Cada uno de las partes abstractas del sistema hiper-fronterizo se ha construido durante un proceso histórico caracterizado por una gradual eficiencia, coherencia y sinergia entre sus partes. Cada una de las partes guarda cierta autonomía, y a pesar de las apariencias siempre han operado como conjunto o sistema.
Aunque previo a los cambios en la legislación de 1921 y de 1924 (origen de su patrulla fronteriza) la política migratoria estadounidense mantuvo oscilaciones acompasadas por ciclos económicos y proyectos de colonización del heartland nacional y erige sus componentes fronterizos de exclusión-inclusión, no es hasta el siglo pasado cuando pone en marcha discursos acompañados de una institucionalización progresiva de su Frontera. Durante el primer tercio de ese siglo se establecen las bases reguladoras del sistema fronterizo. De un mecanismo inherente a la construcción nacional del estado (en otras palabras, la Frontera simple) Estados Unidos transita en este período hacia una actualización del control interno y externo (Hiper-Frontera o Frontera ampliada) dirigido a la construcción imperial del estado (González Herrera, 2007: 42).
Junto a la sucesión de legislaciones y reformas, el incremento geométrico en el contingente de oficiales fronterizos, el fomento en 2003 de la reforma de la Immigration and Customs Enforcement (I.C.E.)6 reformulada extensión del departamento de seguridad interna nacional (D.H.S.), y otra serie de disposiciones jurídico-policiacas, el sistema fronterizo se complementa con discursos, técnicas y formaciones ideológicas paralelas al ítem dominante. Por su carácter, la historia de este sub-sistema bien se acomodaría a una cronología de las modificaciones en la política migratoria sostenidas por añejos discursos ideológicos expelidos por el nacionalismo estadounidense.



La fórmula de colonización e industrialización postulada por la política de construcción nacional estadounidense ha concebido históricamente la clasificación de los extranjeros entre elegibles e inelegibles, o bien legítimos e ilegítimos, respecto al proyecto nacional en curso (Sandoval Palacios, 2009: 145). Por esta razón el impulso se dio a la colonización de los confines7 por individuos de extracto etno-cultural anglosajón y nórdico. Los europeos meridionales, las “razas mestizas”, los aborígenes americanos, y los asiáticos eran considerados como “inasimilables” para el onirismo comunitario de la nación emergente, de los que fundamentalmente se pretendía su uso como trabajadores sin proyección al asentamiento definitivo. La absorción de territorios como Puerto Rico y Hawaii tomó formas incompletas de integración, o incluso de asimilación. En consonancia, las leyes migratorias procuraron pivotar entre el ideal de constitución nacional, y la emergencia de una industrialización urgida de fuerza de trabajo. En 1882 se prohíbe la inmigración china. En 1907, se regula y restringe la migración nipona. En este mismo período se producen brotes de xenofobia anti-mexicana en su suroeste. Para 1924, se restringe la migración europea y americana mediante la imposición de las cuotas del tres por ciento respecto al censo oficial de residentes por origen nacional. En las décadas subsiguientes de consolidación del sistema de “Frontera” se asiste a la expulsión de mexicanos mayormente (1918,1930 y 1951). En estas fechas se inicia, para luego reproducirse durante varias décadas, la formulación de un discurso público cargado de enunciados deshumanizadores8: ilegítimos, ilegales, indeseables, espaldas mojadas, ilegal alien (Sandoval Palacios, 2009: 146-147). La uniforme política de expulsión selectiva se mantiene hasta el incremento coincidente con el giro neoliberal desde 1981. En la cronología legislativa este giro se expone en la propuesta de ley, y aprobación tras activa resistencia de cuatro años y reformulación de la Immigration Reform and Control Act (IRCA) o Ley Simpson-Mazzoli en 1986. De estas fechas hasta 1996 (Aplicación de la IIRIRA9) la política de orden punitivo se traduce en una progresión aritmética en el rubro de las expulsiones. La última disposición legislativa introdujo tanto reformas como mecanismos optimizados en la aplicación expedita de las mismas. El contraflujo de deportados y detenidos aun se incrementó como reflejo de sendas disposiciones hasta el millón ochocientas personas aproximado de 1985 y 1999 (numéricamente muy similar al contingente de presidiarios en las mismas fechas). Entre los ajustes recientes coherentes con la línea progresiva iniciada principiando el siglo XX, la HR4437 o Ley Sensenbrenner10 que pretendía culminar una serie ordenada para la maximización del sistema hiper-fronterizo, trasladando el acento desde las consideraciones discursivas de la moral pública dominante hasta la esfera político-jurídica, donde ha cristalizado como un dispositivo eficaz dentro de la maquinaria de control social interno y ha embonado efectivamente el discurso racial ( de moral pública) con los dispositivos biopolíticos del derecho y la Ciencia.
El sinuoso discurrir de la panoplia discursiva inmersa en la construcción del sentido del ser nacional estadounidense ha recorrido varias etapas durante este siglo de reordenamiento de “Frontera” a “Hiper-Frontera”. Originaria de la ideología nativista (s. XVIII) y supremacista, presente en los discursos narrativos de científicos, profesores e historiadores (González Herrera, 2007: 59-60), el arsenal discursivo debe ser entendido no como un elemento más de la ideología nacionalista, sino como su agente primigenio de vertebración, clasificación y cohesión. Sucesivamente, el darwinismo social, el eugenismo, la profilaxis social, fueron enriquecidos y subsumidos entre nuevos discursos adoptados desde nuevos campos semánticos. Así junto al léxico médico o bio-genético, se activaron los tropismos de la esfera económica (escasez de empleo, competencia laboral, etcétera), el léxico psiquiátrico (el polisémico “desorden moral”), y la semántica bélica y securitaria (Ídem: 57-62; 69-79; 98), todos estos dispositivos simbólicos conforman una ingeniería de control social y sus productos semánticos más comunes se plasman en los términos: greasers, browns, bandits, gangters, wetbacks, illegals, etcétera, y que pasan a engrosar el vocabulario disponible para medios de comunicación masivos y cualquier agente ideológico que se preste. Estas variaciones se articulan o alternan a razón de la coyuntura y la máxima efectividad, y aunque desbordan el ámbito jurídico es éste el mecanismo de poder donde mejor se examina su cristalización en los discursos generados.
Según describe Guzmán (Guzmán,1979), los mecanismos de la deportación histórica de mexicanos emanan de discursos de poder instrumentados simbólicamente por medios de comunicación, y se debe de añadir como susceptible de tal función cualquiera de los definidos como “aparatos ideológicos del Estado”. En particular, el discurso del trabajo, o del empleo sólo para ciudadanos, hegemonizó el diseño de estas pasadas deportaciones masivas. No obstante, la razón de estado desarrollada alternó con otras narrativas de legitimación: el discurso patriótico (Ortega Domínguez, 2004: 57-78) o discurso de guerra (Foucault, 1996) donde se inscribe el estilo securitario, el estilo criminológico y el estilo medicalizado o de higiene pública, y por último el discurso más cultural: las narrativas biologicistas sobre las “culturas” racializadas (Huntington, 2004 y 1997) que se sustentan en las bases argumentativas del supremacismo y difunden la versión actual de la amenaza a la nación como una desnacionalización de “América”. En ningún modo, como ya apuntaba en anterior sub-epígrafe, estas narrativas suponen fenómenos estancos, sino que se imbrican para optimizar los procesos de dominación y la legitimación de la violencia de estado, y por supuesto no se corresponden con episodios históricos u oscilaciones en los gobiernos.



La construcción histórica de la tercera frontera: los barrios latinos
La representación latina, y mexicana en especial, en las metrópolis estadounidenses supone un fenómeno, que alimentado por la inmigración recurrente, se ha perpetuado de modo que actualmente se puede hablar de ciudades latinas transterradas, como es el caso paradigmático de Los Ángeles en California. Entre los bastidores de este modelo urbano se encuentra una institución social relevante y reveladora de la experiencia de los expatriados. El Barrio, tomado en toda su particularidad histórica, se ha incrustado en la estructuración socio-espacial de las urbes estadounidenses. La problematización sobre sus afinidades con la concepción pública y aun científico-social del guetto norteamericano suscitó controversias irresolutas entre los investigadores. La oposición barrio-guetto evidencia la carga conflictiva implícita en sendos enunciados.
El Barrio latino o mexicano en Estados Unidos es un homólogo al ghetto negro dentro de la estructuración socio-espacial estadounidense. Por ende, el Barrio es un espacio subalterno de segregación-clasificación, conectado y activado por un continuo de “cerrazón excluyente” iniciado contra los individuos al trascender las fronteras geo-políticas del estado-nación norteamericano.
Efectivamente, se debe definir concisamente entre las representaciones metafóricas y literarias, y las configuraciones socio-históricas de esta discutida noción socio-espacial de exclusión. Asimismo, se debe considerar el poderoso artefacto simbólico que supone la instrumentalización por parte de los aparatos ideológicos cuando despliegan discursos pseudo-científicos sobre la condición esencialmente desorganizada y psiquiatrizada de la problemática de los barrios. Es ante esta ofensiva del complejo hegemónico de dominación ante lo que R. Romo nos pone en guardia en la segunda parte de la introducción a la historia de Los Ángeles East, para cerrar la discusión afirmando las pocas diferencias respecto al Guetto negro, y reafirmando las semejanzas11 respecto a la segregación forzada, las barreras ante la movilidad socio-geográfica, la autonomía institucional propia, la “pureza étnico-racial” del Barrio, y la perpetuación por un siglo de esta forma socio-espacial. Frente a la experiencia diaspórica afro-americana, los mexicanos fueron invadidos y colonizados en su propio territorio, por esta razón el Guetto o Barrio arquetípico se ubica entre las ciudades del sur y suroeste estadounidense. Quizá en este importante factor histórico y político radiquen las diferencias respecto a los barrios de Chicago, más heterogéneos. El flujo migratorio masivo y recurrente en el tiempo también dispuso ciertas diferencias frente al modelo afro-americano.
La irrupción en el repertorio científico-social del término ghetto se data con la publicación de la obra homónima de L Wirth, dentro de lo que se conoce como la ecología urbana de la escuela de Chicago. En esta obra se aborda la inmigración judía a Chicago por parte de Wirth, él mismo un judío. Pero la conceptualización y casuística empleada no deja de remitir a otros grupos étnico-nacionales incluidos negroes y latinos12. Establece la existencia de un barrio étnico judío, la comunidad idealizada (el ghetto “voluntario”) y un ghetto obligatorio (compulsory). Esta dicotomía viene a expresar dos tipos de factores en la identidad étnica, la auto-definición del grupo, y la identificación externa; expresa asimismo la dualidad del ghetto, como espacio de libertad y protección ante la hostilidad dominante13, y como espacio estigmatizado y acosado; implícitamente una lectura escudriñadora adivina la situación de conflicto simbólico inherente a estas representaciones tan encontradas. Ninguna de las dos sería la cierta, ya que ambas constituyen una realidad aun vigente en Estados Unidos. No obstante, las implicaciones de los sentidos implícitos de esta obra prístina recogen parte de las impresiones de Wirth, que ya inicia un extraño alineamiento entre barrios de negros, barrios de latinos, de bohemios y de hobos. De este modo, y junto a otras contribuciones reiteradas, se inicia la invasión de los discursos propiamente racistas, nativistas o supremacistas con una consistente cobertura científica para imbricarse en los discursos de las políticas migratorias camuflándose bajo un discurso “políticamente correcto”14 (González Herrera, 2007: 57).
Estudios más recientes coinciden en señalar que las diferencias entre barrios negros y latinos son más bien de grado de segregación (Massey et Denton, 1993), ya que la tenue línea para la definición se concibe en las representaciones externas al ghetto o barrio, y a su capacidad para sortear las recesiones económicas que afectan a sus miembros. Asimismo, existen opiniones que establecen las diferencias entre un enclave étnico y otro enclave étnico estrictamente por la mayor concentración estadística de negros en áreas de negros, mientras que los barrios latinos tienen entre sus residentes y visitantes un ratio mayor de no latinos15 (Doomernik et Knippenberg, 2003: 112-116).
Una revisión detallada de la conformación histórica de los espacios étnicos segregados, especialmente en su desarrollo vigesimonónico, me permite trazar las líneas maestras de esta institución espacio-discursiva a partir de estudios históricos precedentes en varias metrópolis estadounidenses16 (Romo, 1983; Menchaca, 1995; M. T. García, 1981; Davis, 2001). La consolidación histórica de los barrios como zonas de exclusión espacial, uniformidad étnica, subordinación social-económica-política, estigmatización y criminalización, se fundamenta en varios factores:
1. Factor demográfico. La población mexicana mantuvo un continuo incremento, en parte alimentado por el carácter histórico y estructural de la migración. Cuando esta población se incrementa sensiblemente, se reactivan y refuerzan los mecanismos de segregación, efectuándose también represión física directa, por grupos nativistas o por fuerzas de orden público (Menchaca, 1995).
2. Factor socio-económico. La competencia por la oferta laboral beneficiaba a los grupos étnicos más numerosos y cohesionados, ocupando nichos laborales permanentes. La relativa ausencia de negros en el Suroeste benefició inicialmente a los mexicanos. No obstante, la segregación laboral también condenó a muchos mexicanos a la inmovilidad socio-laboral (Romo, 1983: 84). La segregación escolar limitó asimismo la movilidad socio-geográfica.
3. La segregación espacial17 se fomentaba por los códigos de conducta profesional de los vendedores de bienes raíces y del sector bancario, y redundaba en la segregación escolar por supuestas necesidades especiales de los niños hispano-hablantes (Romo, 1983: 139), el confinamiento gremial y los perpetuos bajos salarios, junto a un elenco cíclico de campañas de estigmatización y acoso directo sobre la identidad mexicana18, confinaron social y espacialmente en áreas urbanas despreciadas por sus vecinos anglos. La única excepción la protagonizaron los actores de cine de origen mexicano y los exilados porfiristas, ejemplificados por L. Terrazas el magnate chihuahuense.
4. La comunidad étnico-nacional fungió como agente de atracción (para quienes deseaban habituarse a los Estados Unidos dentro de un ambiente familiar y no hostil racialmente) y de retención (la cohesión solidaria requiere de lealtades y opera mediante mecanismos de control social que sancionan la “deserción” del grupo étnico-nacional).
5. La proximidad geográfica de muchos barrios a México, todos dentro de un ratio no mayor de 200 millas, favorece la retroalimentación cultural al intensificar los contactos. Actualmente son los procesos de transnacionalización con la comprensión espacio-temporal vehiculada por las innovaciones tecnológicas de la comunicación quienes posibilitan esta proximidad e intensidad en las relaciones socio-culturales de latinoamericanos.
La institucionalidad del Barrio, donde florecen muchos ítems de la cultura popular latina y mexicana, se compone de comercios, iglesias, asociaciones de diversa índole, espacios para el consumo y la producción cultural “en español”, pandillas de pachuchos y de cholos, etcétera. Es un Barrio comunitario, segregado simbólicamente por dos ejes: la particularidad lingüística y la construcción racializada de su cuerpo como un cuerpo oscuro (Brown Score), y estructuralmente por su estatus social, laboral y residencial. Bajo este patrón de dominación el Barrio mexicano, de modo similar al Black Guetto del fordismo, se erige en el baluarte simbólico y espacial donde se cultiva la resistencia, y se cuida una identidad positiva, un antígeno al estigma impuesto para reivindicar el orgullo étnico-nacional19 y defender la autorepresentación no sólo de su cerrada comunidad, sino de todo México20.



Precisamente, esta cuestión simbólica donde el sentido de mexicanidad engrana ese esprit de corps apuntado por otros autores, es central para la diferenciación entre el hiperghetto negro21, ya que la percepción hegemónica sobre estos espacios urbanos incide en el grado de segregación y estigmatización espacial en tanto opera sus representaciones a partir de símbolos de “desorden moral” (Massey et Denton, 1993: 137-138). Como ya se apuntó anteriormente, el “desorden moral” es uno de los nudos gordianos de los discursos hiper-fronterizos por la fuerza de representación social que se le otorga y por ser gestionado por los saberes científicos.
Y sin embargo, la cuestión moral no se presenta independientemente de otros procesos internos a los barrios, fundamentalmente la irrupción del narcotráfico y consumo de narcóticos ilícitos no como novedad sino como modus vivendi de muchos de sus residentes y dirigiendo la dinámica de la economía política del Barrio (Bourgois, 2003). La ganga latina se adaptó a estas nuevas coyunturas, y sabiéndose solos sus miembros ante el deterioro de la vida en el barrio y el recorte de las menguadas alternativas de optar a un ascenso social por la falta de oportunidades empleo-educación, reconvirtieron la ganga comunitaria en un recurso económico. Este es el paso a una economía política basada en el narcomenudeo y otros ilícitos, y en ocasiones o de modo sinérgico centrada en la industria cultural (artes gráficas, musicales,…), donde la solidaridad y el complejo cultural legado por la ganga histórica funge como motor y parapeto de la economía política del tráfico de drogas (Liebel, 2005: 142-144)22. Este fenómeno se halla imbricado con las seriales crisis económicas y el paso de una economía fordista a una toyotista, dando pie al surgimiento de una población post-industrial en las metrópolis otrora centros productivos mundiales. Con la activación del discurso bélico, de la zero tolerance, que dotó a los estados de un modo de hacer política, se profundizó y ancló la ya expuesta mayor interdependencia entre el Barrio y la Prisión.
La evolución histórica del sistema penitenciario estadounidense se asemeja al esquema general de otros Centros globales. El sistema estadounidense evoluciona primigeniamente desde un modelo de redención de los infractores bajo las pautas de la ética religiosa protestante, incorporando una fuerte dosis de trabajo y estudios bíblicos entre sus técnicas de recuperación social del delincuente, en pretendida coherencia con la retórica burguesa del trabajo y el recogimiento como iconos de moralidad. Por lo demás, la Prisión norteamericana ha mantenido altas tasas de población reclusa procedente de las minorías étnicas más destacadas (afro-americanos y latinos). Aparentemente, existe una correlación entre ser residente del Ghetto y ser residente de algún centro de detención y encierro (Bourgois, 2003: introducción).
Durante los tiempos subsiguientes a las luchas por los derechos civiles y la revolución cultural beat, se acomete una reforma amplia y federal en el sistema penitenciario; en realidad, se trata de un giro más liberal en el modelo de control social, esta vez bajo un discurso relativamente preventivo y caritativo, muy identificado con la noción de welfare state. Sin embargo, este viraje sólo se mantuvo hasta el inicio del mandato de Ronald Reagan, poniéndose entonces bajo la hégira del neoliberalismo. Además, estuvo salpicado por múltiples motines e insurrecciones en las prisiones, cuyos internos reflejaban la atmósfera social reinante incidiendo en la defensa de sus derechos humanos y civiles (Parenti, 2000).
La reforma neoliberal afectó a las prisiones. En primer lugar, el problema de los motines y demandas simplemente no existía. Por otra parte, más allá del discurso criminal de los años sesenta y setenta, se instaura el discurso maniqueo de la zero tolerance. Hasta este momento y desde inicios del siglo XX, la proporción de población reclusa oscilaba entre cien y ciento veinte por cada cien mil habitantes. A partir de las reformas de Reagan, corolarios de la guerra contra las drogas inaugurada por Robert Nixon, se dispara un proceso de cuantificación dual: más prisiones, más internos, más amplios espacios penitenciarios (las prisiones industriales) y nuevos espacios punitivos: los Boot Camps23. Para la década finisecular la población encarcelada había ascendido al mayor registro mundial (que aun detenta por encima de países más poblados, como China Popular), y se estableció en casi dos millones de internos, junto a tres millones que se encontraban “haciendo tiempo” entre probatorias, libertades condicionales, exámenes de orina, y las pulseras electrónicas (Ídem: 167).
Por otra parte, y junto a los inicios de la desindustrialización crítica, se instauran las primeras prisiones federales “privadas”, esto es, erigidas y gestionadas por sociedades de capital variable. Estas empresas punitivas absorben los encargos gubernamentales subsidiados y transforman la reinserción social y el castigo en un lucrativo negocio. La política del nuevo gobierno se basó en la edificación de nuevos complejos penitenciarios masivos, de gestión privada y pública, tomando el relevo en zonas con alto índice de desempleo a industrias desmanteladas, e iniciando una competencia de gobiernos locales y estatales por la consecución de concursos de adjudicación de las nuevas mega-prisiones federales, como solución permanente al desempleo (Ídem: 214-225). Las cárceles, denostadas por los contribuyentes norteamericanos por deteriorar el presupuesto federal, son industriales en más de un sentido. Los ingresos derivados del trabajo de los internos, los subsidios federales por cada reo interno, y la administración y peculado sobre estos dos rubros por parte de las administraciones respectivas de cada correccional, reportan beneficios que promueven la dinámica de criminalización y la competencia por absorber la población reclusa (a mayor población, mayor volumen de presupuesto que generará mayores dividendos).
Por último, se exacerbó una institución paralela e imbricada con la Hiper-Frontera: la ganga. Las pandillas son parte idiosincrásica de los barrios latinos, ya desde el temprano pachuquismo se da en Barrio y en Pinta el fenómeno de estos clubes, que se asientan a partir de los sesentas empezando una trayectoria circular de afirmación y retroalimentación entre las street gangas y las prison gangs. Actualmente, estas últimas son la única agrupación autónoma de poder y control alterno al ejercido por las autoridades carcelarias y judiciales. En muchos casos, estas instituciones racializadas, asentadas en barrios y confederadas por alianzas en bloques, son el medio suplementario de control al interior de los correccionales, una especie de correa de transmisión del stablishment oficial, pero cuya existencia en sí misma es ambigua, ya que son formas alternas de poder étnico y resistencia. Por una parte coadyuvan a la división entre internos y grupos étnicos, por otra oponen una fuerza considerable frente al gobierno del centro penitenciario, imponiéndole condiciones de existencia y brindando la única protección (de ellas mismas, de otros internos y de la violencia institucional) al interior de las celdas (Ídem, 193-206).
Las sinergias existentes entre estos dos sub-sistemas, Ghetto y Prisión, se afianzó, conglomeró y complejizó a partir de la aplicación de la Illlegal Immigration Reform and Immigrant Responsability Act (IIRIRA) en 1996. Desde una modelo discursivo nacionalista, con su alta filiación xenófoba y racista, el sistema hiper-fronterizo inició su optimización y maximización a partir del entronque con añejos discursos supremacistas con la implementación del discurso bélico de la seguridad nacional, y la guerra interna contra las drogas (Bourgois, 2003: prefacio) completó este nuevo estilo de gobierno y de gobernabilidad.
Conclusiones
La propuesta teórica hasta aquí desarrollada fue construida y reflexionada para el caso concreto de las relaciones asimétricas instauradas por Estados Unidos respecto a no ciudadanos, y de sustrato u origen mexicano en particular. No obstante, la concepción ha sido ampliada ante otras realidades sociales vigentes en este estado nacional americano. Así, las minorías nacionales sometidas al régimen hiper-fronterizo como puertorriqueños, afro-americanos, mexico-americanos, filipinos y otros grupos asiáticos racializados son pertinentes de caer bajo este enfoque analítico.
Derivado de este apunte se presenta la cuestión de la universalidad o generalización del modelo teórico desarrollado a partir de fenómeno histórico concreto. En principio las nociones aquí expuestas deben de ser tratadas como hipótesis ante sistemas históricos como el euro-occidental (actualmente representado por la Unión Europea) y el de la cuenca del Pacífico (Australia, Nueva Zelanda y “dragones asiáticos”). Las divergencias históricas presentes deben ser ponderadas y enfrentadas bajo los criterios discursivo y disciplinario que estén vigentes a partir de un proceso particular y que, con base al diseño del proyecto nacional moderno, y que se apliquen para todos aquellos en situación de anormalidad nacional. De aquí se desprende que no podemos detenernos ante formulaciones jurídicas específicas sino agudizar el análisis de las imbricaciones e implicaciones en cada caso entre economía política y economía moral. La moral, expresión de valores hegemónicos naturalizados, inspira o matiza las disposiciones legales y el orden constitucional nacional. Ejemplos vigentes e indisimulados de esta relación son los exámenes de germanidad aplicados en Alemania a aspirantes a residencia y naturalización, las mismas propuestas que se discuten actualmente en Francia y desde sectores conservadores del estado español.
Pero esto último no significa que la Hiper-Frontera sea exclusiva de gobiernos conservadores de turno y su capacidad legisladora, ya que son los discursos emanados de centros globales de pensamiento (think tanks) infiltrados en el orden político y moral quienes componen y activan este sistema de control social sin distinción de corrientes políticas, que no más suponen correas de trasmisión y aplicación de los mismos. Las recomendaciones del ex-alcalde Giuliani a la Ciudad de México se produjeron después de su contratación por dirigentes de un gobierno progresista y fueron paradigma de la solución punitiva introduciéndose en Latinoamérica.
Aunque en este ensayo se orilló por motivos de concreción y espacio el análisis de la Frontera mexicana en relación con el sistema hiper-fronterizo la mención a esta difusión de discursos característicos de este modelo de gobernabilidad es una llamada de atención sobre la progresiva homogeneización y articulación de sistemas locales con la Hiper-Frontera sin necesidad de pertenecer al proyecto estato-nacional dominante y habría que tratarlo como formas de reproducción y expansión discursiva y disciplinaria de los modelos del Centro mundial.































































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1 Esta línea imaginaria recorre la superficie del globo terrestre coincidiendo aproximadamente con la frontera geo-política E.U.A.-México, Unión Europea-África y Asia mediterránea, centro petrolero arábigo-Asia meridional y central, y Australia-Asia meridional.
2 Aunque para la tecnología política de la Hiper-Frontera, éste supone un recurso solapado entre las prácticas y disposiciones de control epidémico y sanitario de seres vivos (incluidos individuos) y alimentos sin procesar. Es evidente su potencialidad para ser instrumentado de nueva cuenta y tal como ya se aplicó en tiempos anteriores.
3 Debe de reflexionarse sobre la abrupta proliferación de amenazas víricas de nuevo cuño entre las poblaciones de los continentes africano, asiático y, recientemente, americano: SIDA, Ébola, Gripe aviar, influenza porcina, etcétera…
4 Este es el ejemplo de intromisión del discurso securitario-militar en la taxonomía léxica de la Frontera y la migración humana.
5 Asimismo, el eufemismo empleado por medios de comunicación, organizaciones o personas políticamente correctas, esto es, documentado/indocumentado, funge como diferencia y clasificación binaria.
6 Esta agencia federal dependiente de la Seguridad Nacional (DHS), reúne entre sus funciones y objetivos una miríada de “amenazas” a la seguridad interna: contrabando de armas y de otros tipos, abusos sexuales, pandillas transnacionales, terrorismo, control de empleados de aeropuertos, y la inmigración ilegal. Si la Border Patrol se ocupa de la detención y expulsión en las zonas inmediatamente fronterizas, la ICE es la responsable de la detención y deportación desde el interior del país. Entre otras acciones, fomenta las redadas anti-inmigrantes en centros laborales y espacios públicos.
7 Este plano de la noción “Frontera” se corresponde con la noción de Frontier, y ésta constituida en oposición sinérgica con la idea de Border.
8 Recordemos que la deshumanización precede siempre a acciones violentas y represivas y supone la cobertura discursiva de legitimación de la autoridad.
9 La Illegal Immigration Reform and Immigrant Responsibility Act supone el avance más determinado en la criminalización de los migrantes indocumentados, rubricando sin ambages la migración sin licencia legal como un crimen federal (fellony), y la abierta estigmatización de estas personas explícita en su intitulado: Inmigración Ilegal.
10 La Border Protection, Antiterrorism and Illegal Immigration Control Act fue inicialmente aprobada en 2005, e instrumentada varios años más tarde. La vinculación de esta disposición con la criminalización del migrante indocumentado y con el discurso de verdad belicista y securitario se advierte ya en su intitulado. La reforma e impulso a instancias como la I.C.E. y su filosofía parten de esta espiral de optimización del sub-sistema mega-fronterizo.
11 “However, Mexican immigrants arrived in Los Angeles in the early twentieth century at a time when racial prejudice strongly limited their housing choices. From 1910 to 1930 the principal Mexican enclaves of Los Angeles, located in the inner city and formerly inhabited by poor natives, European newcomers, and Asian immigrants, lost their heterogeneous characteristics and instead of becoming segregated by socioeconomic criteria became segregated racially.” (Romo, 1983: 10)
12 Durante la caracterización del ghetto histórico L. Wirth afirma: “The voluntary segregation of the Jews in ghettos had much in common with the segregation of Negroes and immigrants in modern cities, and was identical in many aspects with the development of Bohemian and Hobohemian quarters in the urban community of today. The tolerance what strange ways of living need and find in immigrant colonies, in Latin quarters, in vice districts, and in other localities is a powerful factor in the sitting of population and its allocation in separate cultural areas where one obtains freedom from hostile criticism and the backing of a group of kindred spirits. Finally, the voluntary ghetto was an administrative device, at least in part. It facilitated social control on the part of community over its members; it made tax collection much easier; and it made the supervision that medieval authorities exercised over all strangers and non-citizens possible.” (Wirth, 1997: 20)
13 “Through the instrumentality of the ghetto –the voluntary ghetto- there gradually developed that social distance which effectually isolated the Jew from the remainder of the population. These barriers did not completely inhibit contact, but they reduced it to the type of relationships which were of a secondary character –trade and other formal intercourse-. As these barriers crystallized and his life was lived more and more removed from the rest of world, the solidarity of his own little community was enhanced until it became strictly divorced from the larger world without. The voluntary ghetto marked, however, merely the beginning of a long process of isolation which did not reach its fullest development until the voluntary ghetto had been superseded by the compulsory ghetto.” (Ibídem: 27)
14 “El nacionalismo racista se empezó a refinar y a volver “políticamente correcto” con la aparición de la voz de la ciencia y la medicina, con ello se logró un público más numeroso a las ideas de resaltar las diferencias raciales, (…)”
15 Los atributos requeridos según estos autores para considerar un espacio étnico segregado como guetto son: segregación dual (interna-externa), amplía mayoría de residentes del grupo étnico, imagen social negativa y amenazante, en expansión espacial, bajo tutela policial, historicidad.
16 Los estudios de caso se refieren a Los Ángeles (CA), El Paso (TX), Santa Paula (CA) y Chicago (IL).
17 Por ejemplo, en California la segregación residencial de mexicanos inició tempranamente en 1850, y el proceso se completó en 1870. En San Francisco, San José, Santa Bárbara, Los Ángeles, San Diego, Santa Cruz y Monterrey, los colonos anglo-americanos reestructuraron los viejos pueblos construyendo nuevas sub-divisiones en las ciudades y prohibiendo a los mexicanos moverse dentro de las vecindades blancas. En la década primisecular del siglo XX igualmente en California la segregación residencial de se reforzó por el hostigamiento y violencia raciales y, en muchas ciudades, por el uso de restricciones al convenio de edificación prohibiendo a mexicanos a residir en zonas de blancos” (Menchaca, 1995: 169)
18 El repertorio variable iniciaba con la mitificación del mexicano como un individuo nomádico, trabajador esporádico, un homing pigeon que siempre regresaba a México, pasando por la amenaza prieta del revolucionario magonista y trabajador inconforme de la segunda década secular, hasta el estereotipo más extendido del individuo violento, borracho y haragán (Romo, 1983).
19 Sirva de ejemplo de este “espacio para la resistencia” descrito por J. Scott, la constante reterritorialización por las pandillas de cholos de las calles del barrio, con sus “placazos”, sus “low riders”, sus motivos plásticos de advocación guadalupana y azteca, como pasado glorioso de una Raza, etcétera…
20 En efecto, la degradación simbólica no se restringe al individuo migrante de origen mexicano sino que se extiende a la representación en el imaginario estadounidense del ítem “México”, y así donde unos ven el pasado glorioso de las civilizaciones mesoamericanas, otros ven atrocidades y salvajismo (véase la obra cinematográfica “Apocalypto” de M. Gibson). Entre las entrevistas realizadas durante mi investigación entre deportados mexicanos, recojo el testimonio de Josué, un joven defeño radicado en el barrio mexicano “La Villita” en Chicago hasta su deportación. Josué refiere su pertinaz conflicto contra la opinión general de sus otros compañeros de trabajo y sus vecinos no latinos para redimir la imagen de su nación. Curiosamente, Josué les recomendaba –al igual que nos recomienda Wacquant respecto al guetto- un viaje de “observación participante” para desterrar los estereotipos naturalizados que pesan sobre la identificación exógena de México.
21 Es decir, afro-americano pero también caribeño, sobre todo portorriqueño (Bourgois, 2003; Massey et Denton, 1993). La noción de hiperguetto está desarrollada en Wacquant, 2001; 2007).
22 El artículo cita asimismo la progresiva incorporación de otros residentes en los barrios ajenos a las gangas, al narcotráfico como alternativa o complemento de los ingreso familiares devaluados por la reconversión del modelo de producción industrial. Asimismo, se comenta el incremento de las actividades económicas informales para detener o paliar la crisis permanente y la precariedad contractual en el trabajo. Los barrios ya asemejan un espacio de la periferia latinoamericana.
23 Se trata de campos de concentración dirigidos e inspirados en las técnicas disciplinarias de los campos de entrenamiento militar. Entre otras fuentes se puede consultar en http://en.wikipedia.org/wiki/Boot_camp_(correctional)

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