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martes, 9 de agosto de 2011
Fronteras de Papel: Mass Media fabricando imaginarios e identidades en una ciudad-frontera mexicana
Resumen: La descripción y análisis de los elementos discursivos que conforman una región de frontera observando lo que dicen sus medios de comunicación locales es el objeto de la investigación antropológica sobre la que se sostiene este artículo. El documento aporta resultados de un estudio más amplio sobre migración y frontera en Ciudad Juárez, Chih., México y resalta las implicaciones entre comunicación de masas, cultura, ideología y poder. La metodología aplicada -Antropología de las fronteras- asume una perspectiva global y local, textual y contextual y participa de un enfoque mixto: etnográfico y lingüístico. La alteridad fronteriza aparece sometida discursivamente bajo una urdimbre de exclusión y estigmatización; es así como entiendo se construyen las fronteras internas a la nación, mediante la facturación de discursos y textos que modelan representaciones cognitivas de la realidad. Los medios de comunicación asumen un papel relevante en esta maquinación dominical.
Palabras clave: Medios de Comunicación, Fronteras, Ideología, Racismo.
Abstract: Borderland building items´ description and its discursive analysis, watching what their local media tell about them is the subject of anthropological research on which this article argues. The paper provides results of a larger study on migration and borderlands in Ciudad Juárez, Mexico, and emphasizes the implications between the mass media, culture, ideology and power. Methodology applied -Anthropology of Borderlands- assumes a global and local perspective, textual, contextual and participates in a mixed approach: ethnographic and linguistic. Borderlands´ otherness subject appears in a warp of discursive exclusion and stigmatization; it is as well as I understand the internal borders are constructed to the nation, through the billing of speeches and texts that make cognitive representations of reality. The media take a key role in this domination plot.
Keywords: Mass Media, Borderlands, Ideology, Racism.
TABLA DE CONTENIDOS
1. Introducción
2. Aquí inicia México: representaciones al límite de la nación
3. Leyendo entre líneas: análisis crítico de discursos públicos y privados
4. De Fronteras de Papel al Vox Populi: análisis del discurso mediático, imaginario local privado e identidades sociales de Ciudad Juárez
5. Conclusiones y últimos comentarios
Referencias bibliográficas
Hemeroteca
1.- Introducción
El presente documento tiene el objetivo de describir y ofrecer aproximaciones científicas sobre el papel desempeñado por los medios de comunicación impresa en la producción, reproducción y difusión de la identidad local dominante en una urbe fronteriza mexicana: Ciudad Juárez. Asimismo, y vinculado estrechamente a lo anterior, emplazaré los principales ítems del imaginario colectivo que conforman la identidad predominante entre los juarenses. Estos elementos fueron detectados en medios impresos y declaraciones individuales extraídas de entrevistas y pertenecen a periodos recientes; estoy hablando desde apenas tres décadas a la fecha.
Ciertamente, la constitución histórica del imaginario y la identidal local de una región fronteriza de tal magnitud pertenece a la propia construcción simbólica de la nación mexicana. Es por ello, por lo que la cualidad fronteriza supone un observatorio prominente para la comprensión preliminar de los principios constitutivos de la nación; quiero decir que los esquemas y elementos discursivos locales bien pudieran indicar patrones generales del nacionalismo mexicano. Las fronteras étnicas y nacionales se erigen más sobre un complejo simbólico que sobre prácticas sociales no discursivas. La efectiva diferencia entre estados-naciones se ubica en la implantación sobre las conciencias de supuestas verdades (biopolítica) más que sobre la impronta geodésica cartográfica (modelo territorial o premoderno). El propósito del estudio es describir y analizar estas urdimbres político-culturales en relación a las fronteras discursivas o narrativas de Ciudad Juárez.
Me ayudaré del sociotipo o clúster “migrante”, atendiendo principalmente a dos de las categorías sociales de este campo socio-lingüístico. Ambas están firmemente inscriptas en el imaginario juarense, por lo que me parecieron óptimas para desplegar el trabajo analítico. Por una parte, el deportado de Estados Unidos, es un sujeto social presente en la historia local desde las repatriaciones masivas de 1929; por otra, el juarocho o migrante veracruzano que perfila otro sujeto social más genérico: el sureño. Este esterotipo está marcado por elementos fenotípicos o fisonómicos como indígena o mestizo (Vila, 2004) frente al físico primordialmente indo-europeo regional. En todos los casos, se trata de tipos sociales útiles entre los individuos caracterizados como juarenses para establecer la dicotomía clasificatoria entre el “nosotros” y los “otros”, entre lo “propio” y lo “ajeno”. La exclusión del foco analítico-descriptivo del “americano estadounidense” lo justifico por la intención de discernir la importancia de la alteridad intramuros a la nación en el diseño de la mexicanidad y no tanto por la alteridad mexicana por excelencia: la estadounidense. Es decir, la relevancia de la diferencia ante la homogeneidad cívica de la ciudadanía. Esta relevancia, entiendo, se debe al papel functor de los aparatos ideológicos del Estado, más allá de la institución misma del Estado como productor de nacionalismo. En nuestro caso y como se argumentará más adelante, los agentes nacionalistas están dispersos o descentralizados.
Los resultados aquí expuestos representan una síntesis respecto al trabajo etnográfico desarrollado durante dos fases, entre 2006 y 2010. Junto a la recogida de datos observados en la convivencia diaria en varios espacios urbanos, en la primera fase apliqué varias entrevistas estructuradas y semiestructuradas a grupos focales definidos como parte de diversas agencias ideológicas de Estado: Iglesia, Cultura y Ciencia, Educación. Durante todo el periodo me dediqué asimismo a colectar textos escogidos de entre las noticias publicadas en versión impresa y electrónica del “Diario de Juárez” y de un periódico popular pertenenciente a la misma empresa: “PM”. Los periodos fueron escogidos atendiendo las situaciones históricas de crisis económica, moral o social ya que es frecuente encontrar mayor virulencia y volumen de textos mediáticos referidos a los “migrantes” y “forasteros” en esas épocas.
Por último, dirijo mi atención hacia la elucidación de tendencias verificables por este y otros trabajos similares respecto al poder de los discursos mediáticos en la construcción de la nación y de los estigmas étnico-nacionales a pie de frontera.
2.- Aquí inicia México: representaciones al límite de la nación
Ciudad Juárez se ubica en el centro de la frontera geodésica entre Estados Unidos y México. Esta posición geo-estratégica uncida a su devenir histórico como estación colonial, nudo ferroviario decimonónico y centro se servicios ilícitos para estadounidenses consecutivamente, orilló a esta urbe binacional a transformarse en la mayor metrópoli fronteriza mundial (Martínez, 1982), considerando para ello la zona metropolitana binacional conformada por El Paso, Las Cruces y ella misma. También se trata del mayor emporio industrial maquilador del continente americano, consecuencia una vez más de su ubicación geográfica. Todo ello ha derivado en la modificación demográfica de este espacio urbano, fronterizo y semiárido sostenida casi exclusivamente en la migración masiva, especialmente numerosa a partir de la década de los setentas. Sin embargo, los migrantes “sureños” intensificaron su avenida solo a partir de la concatenación de otros factores iniciados en el último cuarto del siglo pasado. En compendio, estamos ante una región fronteriza constituída por migraciones sucesivas y recientes.
El primer texto que reivindica a Juárez como custodia de la Patria es una inscripción que acompaña a la imagen de la guadalupana ubicada al interior de su Central de Autobuses: “Aquí empieza México”, se pude leer claramente. Es la constatación textual y generalizada en el imaginario local de su centralidad respecto al centro político nacional. Es la exaltación de la periferia, eregida en zaguán y umbral nacional, visión enfrentada a la mirada centralista que la considera como el confín septentrional del territorio.
Precisamente, el fundamento teórico que ordena este trabajo considera a las periferias y márgenes nacionales como “centros maquiladores” del discurso nacionalista, donde la afluencia de elementos externos en constante interacción inmediata e histórica produce un acervo simbólico útil al imaginario nacional moderno:
Una antropología de las fronteras es un examen de las formas en que las naciones, grupos étnicos, religiones, los estados y otras fuerzas e instituciones en la vida moderna se reúnen y negocian sus acuerdos unos con otros, en los ámbitos donde todas las partes esperan alcanzar a los "otros"; sin embargo, es una alteridad construida por el "nosotros". Las zonas fronterizas son emblemáticas en la historia de la construcción del Estado-nación, y todos los sistemas nacionales de educación privilegian los tiempos y lugares donde los enemigos derrotados, o donde la expansión de la nación finalizó o donde sus límites fueron establecidos. Estos límites no son sólo históricamente o imaginariamente construidos, en el sentido de Benedict Anderson (1991), sino que son continuamente negociados y reinterpretados a través de la dialéctica de la vida diaria entre todas las personas que viven en ellos, y además también, en menor medida, por los que los cruzan, y por las personas dentro de las fronteras de un Estado que se sienten en contacto o amenazados por los intrusos. (Donnan et Wilson, 2002:12)
Los límites, como apuntan los mismos autores en su introducción, no se reducen a los lindes geodésicos impuestos por los estados nacionales sino que desde nuestro micro-análisis antropológico debemos considerar ilimitadas opciones de articulación de la alteridad en los umbrales nacionales. La mirada que desde el presente esfuerzo se aplica sobre la otredad interior nacional precisamente enfrente de la alteridad extramuros pretende deslindar la compleja construcción del Estado-nación mexicano.
Por ello, “deportado” y “juarocho1” son modelos comunicativos y prototipos sociales del imaginario local referidos a lo foráneo, lo intruso. En ambos casos se trata de ciudadanos mexicanos, por lo que propician el estudio de la construcción de la alteridad intramuros de la nación: el primero procedente del norte estadounidense, el segundo del sur mexicano. No son los únicos materiales discursivos sobre los que el imaginario fronterizo juarense erige su acervo de otredades, ya que, como señala Vila (Vila, 2004) el chilango2 constituye el principal factor de alteridad degradada. Los aparatos ideológicos del estado (Althusser, 1970) como agentes nacionalizadores paralelos a las instituciones estatales es un concepto que nos remite a la noción de hegemonía y consenso requeridos para la gobernabilidad y la legitimidación del status quo. Así, Iglesia(s), medios de comunicación y sindicatos -entre otros- producen discursos polifónicos y hasta contradictorios para favorecer la persistencia de las formas de dominación. La ideología nacionalista se vehicula en todos y cada uno de estos aparatos para-institucionales a pesar de la supuesta competencia. Es así como se genera un sistema particular: el sistema de frontera intramuros.
Efectivamente, en la frontera norte de México (o más detalladamente en Ciudad Juárez-El Paso) el aparato represivo del estado protagoniza un papel menor en la construcción y gestión de la institución fronteriza. En este sentido, la demarcación mexicana nunca parece haber contado con estos instrumentos activos de control y gobierno de las poblaciones, aunque sí se han instrumentalizado en coyunturas particulares, como la surgida a partir de la guerra declarada al Narco-Poder y cristalizada localmente bajo un discurso castrense y punitivo, cobertura del “operativo conjunto Chihuahua”3. Pero la tónica general se puede describir como una presencia laxa de un aparato represivo más ocupado en el control interno ocasional de población, es decir, de la sociedad civil mexicana de este lado de la demarcación fronteriza.
El planteamiento operativo radica en la construcción y gestión de las fronteras internas por el factor ideológico del poder de estado. O para ser más preciso, las instituciones ideológicas de consenso insertas en la sociedad civil: la Iglesia, el sistema educativo, los partidos políticos, los medios de comunicación, etcétera. Es de este modo como opera el poder de la Frontera, a partir de la acción discursiva y simbólica de una urdimbre heterogénea de instituciones y en ocasiones en conflicto por la elevación de una visión hegemónica del sí mismo y del otro (como el extranjero o el anormal foucaldianos). Las técnicas que han colonizado otras instituciones se presentan aquí también, construyendo el sistema de control y gobierno de poblaciones a partir de un orden económico de la moral pública presente en los discursos que se filtran y se reinterpretan entre los sectores ciudadanos en diversos niveles de afectación, participación y anuencia de esta perspectiva dominante para construir un “muro” de símbolos y prácticas cotidianas.
Y además, en la constitución de la Frontera mexicana adquieren un rango muy definido aquellos agentes clientelares del sistema fronterizo estadounidense. Es tal su presencia y definición que esta categoría de simbiontes atraviesa varios doseles sociales. Así, en el sistema clientelar son partícipes agrupaciones religiosas (albergues de migrantes, pastoral de movilidad humana), jurídico-políticas (asistencia social, abogados migratorios), económico-financieras (casas de cambio de divisas, empresas de transporte, agencias de transferencia de dinero, mensajerías), informales-ilícitas (guías de migrantes, contrabandistas, estafadores, “pícaros” en general), o intelectuales (expertos en producción de discursos de todo tipo), según el tipo de actividad o beneficios que extraigan de la dinámica intrínseca del sistema4.
Esta particularidad de los agentes ideológicos mexicanos sugiere aun otras implicaciones que ameritan un tratamiento más profuso. Las imbricaciones entre los discursos hegemónicos entrambas partes de la demarcación política y la tónica de dependencia (clientelar) respecto a los dispositivos y acciones del sistema estadounidense se asumen como las guías del entramado sistémico de Frontera mexicano. Aunque presentes en ulteriores descripciones más extensas, los agentes clientelares participan del sistema de control norteamericano en tanto requieren de su existencia para dotarse de un elenco de discursos y prácticas que modulen sus formas y funciones sociales, haciéndose instituciones sociales en tanto producto histórico de las condiciones proyectadas por el sistema. ¿Qué sentido tendría la Pastoral de Movilidad Humana de la Iglesia católica sin el accionar represivo y selectivo de los estados nacionales? ¿Cuál es la base material e inmaterial de la presencia y reproducción de los albergues dispersados por los hinterlands fronterizos mexicanos? ¿Sobre qué tipo de condiciones persisten sino las rutas de transporte gestionadas por empresas mexicanas entre y hacia las estaciones fronterizas? Esta condición resulta aun más contundente ante los discursos vigentes si observamos otras instituciones, más informales o incluso ilícitas, como los coyotes, polleros, y contrabandistas, dependientes del proceso de criminalización e inferiorización ejecutado por el complejo institucional estadounidense sobre el deportable: el migrante indocumentado.
Por otra parte, y junto a los agentes clientelares, los discursos de verdad y poder difundidos y producidos por los aparatos ideológicos mexicanos mantienen por su parte divergencias y paralelismos complementarios respecto a la contraparte estadounidense. Es así como el discurso bélico o securitario estadounidense se proyecta sobre instituciones ligadas a los aparatos ideológicos del Estado mexicano.
El sistema-frontera mexicano contaría con varias manifestaciones o concreciones institucionales de estos discursos rampantes, coincidentes grosso modo con aparatos ideológicos de estado (medios de comunicación, partidos políticos, sindicatos, instituciones religiosas y culturales). Asimismo, como en todo proceso comunicativo donde se difunde un conjunto de discursos-eje la recepción, recuperación y asunción varía, de modo que puede ser integrado, modificado o rechazado, y devuelto al caudal comunicativo, de forma fragmentada y multidireccional. En este caso, descrito sumariamente, el discurso de consenso dominante, o discurso público, ha permeado el conjunto fragmentario de los micro-discursos, o discursos privados producidos por individuos y su círculo cotidiano de interacción, y que casi nunca se visibilizan. En éstos últimos también participan agencias ideológicas, en especial la familia u otras instancias primarias o de interacción cotidiana e intensa, y pueden además estar matizadas o escoradas por características específicas, como el origen étnico, de clase, u otro rasgo que los conforme como grupo social diferenciado por sus valores, intereses y fines5.
Un caso específico de aparente competencia e incompatiblidad política se da entre los medios de comunicación. Por ejemplo, Van Dijk afirma que el supuesto disenso entre diversas editoriales no son sino aspectos del mismo discurso (Van Dijk, 1990; 1997) etnocéntrico, racista y xenófobo. En todo caso, los medios de comunicación son para las sociedades contemporáneas el aparato ideológico de mayor envergadura que conecta discursos-poder-identidades. Las identidades modernas dependen de los medios masivos debido a su influencia y omnipresencia en las vidas cotidianas. La experiencia social es fenomelógica pero cada vez más, es una experiencia mediada por tecnologías de comunicación de masas (Sampedro Blanco, 2003:9-28). En relación a la construcción del Estado nacional son varios los autores que recurren a los medios masivos como soporte fundamental para imaginar la nación (Andersen, 1993; Sampedro Blanco, 2003; Donnan et Wilson, 2002), aunque no el único. Grimson, en sus trabajos sobre la construcción nacional en la frontera argento-brasileña (Grimson, 2004) destaca en su proyección histórica el rol de los periódicos que llegaban con semanas de retraso para “informar” sobre lo que acontecía en Argentina y así introducir nuevos personajes patrióticos en la cotidianidad fronteriza. En términos similares profundiza Sampedro Blanco respecto a las diásporas y su sentimiento nacional contemporáneo (Sampedro Blanco, 2003: 29-54).
Para el caso juarense, los medios locales son escasos y las audiencias se reparten con otros espacios alternativos, como son el sistema de televisión de paga y los medios estadounidenses que se difunden desde la ciudad de El Paso. Por la razón ya aducida, enfoqué la pesquisa en el complejo editorial hegemónico en Ciudad Juárez y en sus contenidos locales ligados exclusivamente a Juárez y su hinterland. Junto a este periódico -El “Diario de Juárez”, y su edición popular el “PM”- existen dos diarios más (“Norte de Juárez” y “El Mexicano”) junto a un canal de televisión abierta local (Canal 44). Estos medios conforman la práctica totalidad de la información referente a Juárez ya que la prensa nacional tiene pocos adeptos en su versión impresa6. Este detalle es altamente significativo ya que es síntoma del carácter profundamente regionalista de las identidades juarenses. De hecho, estudios describen, analizan y explicitan cómo el imaginario local articulado en un sistema complejo de clasificaciones prioriza la adscripción local y regional fronteriza por encima de la pertenencia a México (Vila, 2004: 45-82).
El imaginario local sobre el migrante en Cd. Juárez pivota sobre un modelo comunicativo (Van Dijk, 1997) construído por sucesivos trazos de significación presentes en texto mediáticos y en discursos privados. En general, y como adelantó Vila en su obra, el estereotipo del “migrante” está identificado en Juárez con dos ítems discursivos semánticos: pobreza y subdesarrollo, violencia y criminalidad. Más adelante veremos cómo estas estrategias ideológicas edificaron en la región sólidas “verdades” asentadas en la conciencia colectiva, produciendo modelos comunicativos aplicados a “deportados” y “juarochos”.
3.- Leyendo entre líneas: análisis crítico de los discursos públicos y privados
En este apartado me dedicaré a exponer las nociones y la metodología que desplegadas en varias técnicas cualitativas instrumenté para fabricar los datos y sus resultados.
Dentro del planteamiento metodológico general, las identidades se asumen como productos finales de un proceso la identificación, aunque no tanto como un resultado natural o mecánico, sino como una reificación social de un juego político de representaciones continuamente reinterpretadas. Una derivación científica de estas representaciones sociales es plausible en tanto la Ciencia es, parcialmente, una forma ideológica hegemónica que produce de modo autónomo a otros conocimientos, representaciones sancionadas por discursos de verdad socio-históricamente sancionados. Es así, en tanto las Ciencias Sociales forman parte dominante del conocimiento social, y este es el vehículo de la ideología dominante.
Después de la primera afirmación, requiero fundamentar el carácter dinámico de las identificaciones y el carácter relativamente estático de las identidades, su producto. Ambas nociones debemos de ubicarlas en una teoría más amplia de la cultura y el poder. Como ítems relacionados con el poder están implicitos en una concepción política del grupo social en cuestión; como formas simbólicas, identidad e identificación son integrados por la esfera cultural y, por ende, asumidas bajo el concepto imaginario o psicológico de los sujetos implicados.
La Cultura supone el eje de sentido de los estudios antropológicos. De nuestra disciplina han surgido dos perspectivas de la noción; por una parte, la visión evolutiva, naturalista y positivista produjo un concepto plenamente descriptivo; por otra parte, las corrientes posteriores a estos paradigmas construyeron una noción de cultura de índole simbólica. En este trabajo se asume, con varios matices, la concepción cultural aportada por Thompson, un autor cuyo principal esfuerzo teórico se enfocó en conectar coherentemente la estructura social, las relaciones de poder y la dupleta cultura-ideología (Thompson, 1999). Cultura es lo simbólico implícito en lo socio-estructural. Estas formas simbólicas compartidas por colectividades humanas en mayor o menor medida, con mayor o menor pericia, trasmiten en todo caso conocimientos (Foucault,1979; Jäger, 2003); estos saberes conforman en cada contexto socio-histórico tanto la cultura, la ideología dominante entendida como discurso verdadero, como las herramientas socio-cognitivas necesarias para la competencia socio-cultural.
Cultura e ideología son de idéntico material. Sin embargo, la ideología sirve para producir y reproducir la desigualdad, bien como exclusión, bien como acceso diferencial a recursos necesarios socialmente y valorados culturalmente. La desigualdad surge de un modo de considerar la diferencia intersubjetiva. Históricamente consideradas, ambas formas simbólicas pueden activarse o desactivarse. En términos foucaldianos, pueden fungir como discursos verdaderos o perder esta capacidad, según el contexto socio-histórico; por ejemplo, la concepción geocéntrica del cosmos sostenida por los filósofos greco-latinos y, posteriormente, por las instituciones cristianas. En todo caso, siempre pueden quedar latentes en el acervo cognoscitivo y simbólico de cualquier colectividad humana, hasta que una modificación de las condiciones contextuales citadas provoquen un cambio en las relaciones de fuerza, por ejemplo la reactive como ideología, esto es, como forma simbólica en tanto conocimiento dirigido a la dominación mediante la implantación de patrones cognitivos. Como ya sugiero arriba, el principal factor que activa o desactiva el conocimiento cultural o ideológico son situaciones de urgencia sistémica (Foucault, 1979), cuando los dispositivos de dominación se tornan obsoletos para contener un imprevisto social (una revolución política o un cambio en la conducta sexual, por ejemplo). En tal caso, los aparatos ideológicos de Estado (Althusser, 1970) o un sector de ellos, producto de luchas simbólicas intestinas imponen un nuevo discurso verdadero, una hegemonía ideológica que re-estructure el orden, en su nivel correspondiente. Una puntulización es necesaria; aunque los aparatos de Estado copan la producción ideológica respecto a determinada sociedad, mantengo la perspectiva microfísica foucaldiana que considera otras agencias de producción y difusión ideológica no estatal (Foucault, 1979:158-159). En el caso aplicado concreto, las redes sociales de parentesco y amistad son patentes agencias ideológicas subordinadas pero con rol político.
La Ideología, se asumirá de aquí en adelante como un sistema de formas simbólicas: esa parte de la Cultura siempre funcional respecto a la dominación. Se dirigen, estas formas, al control social, a la conformación de los sujetos dentro de cierto orden pero que los hace endémicamente desiguales. Una cuestión relevante, atendiendo el objeto concreto del estudio, estriba en la posibilidad de simultaneidad de dos o más ideologías pertenecientes a la misma esfera, y su consideración dentro de este planteamiento teórico. En concreto, aunque no exclusivamente, me refiero a la ideología política nacionalista, ya que en tanto se presenta una yuxtaposición discursiva disputada y hasta conflictiva entre las instituciones políticas nacionalistas del estado mexicano y estadounidense.
Básicamente, tomando el nivel micro-social como parteaguas abarco hasta los discursos hegemónicos en las sociedades nacionales mexicanas y estadounidenses. Este bagaje simbólico está conectado con las tendencias ideológicas y, estas, con herrajes o esquemas culturales abiertos y flexibles. La puja que aparece en la plasmación del estudio entre las dos culturas nacionales implicadas no debe tomarse sino como la dialéctica discursiva e identificadora por ende, entre dos ingenierias ideológicas adyacentes, tangenciales y disgresivas en perspectiva histórica. México y Estados Unidos.
En compendio, la ideología, como sistema de representaciones, es una forma de imaginario dirigido a conservar el statu quo, esto es, funciona políticamente como agente dominical. Los aparatos ideológicos del estado emanan discursos, ocasionalmente opuestos, casi siempre contradictorios (excepto en regímenes totalitarios, donde por mor de la univocidad del mensaje simulan mayor coherencia, anulando discordancias). La cultura debe entenderse, pues, como lo simbólico implícito en lo estructural.
Por lo que, y de la variada oferta metodológica, he optado por aplicar para el posterior análisis de los datos hemerográficos colectados la variante del Análisis Crítico del Discurso (ACD) referida como «enfoque histórico del discurso» en la versión postulada por Ruth Wodak, con base a su preocupación por los cambios discursivos surgidos durante rangos de tiempo.
Wodak, como Van Dijk y el ACD en general, se decanta por definir al Discurso como una práctica social compuesto por ítems discursivos y no discursivos. «Un discurso es una forma de significar un particular ámbito de la práctica social» desde una perspectiva dialéctica que asuma las determinaciones contextuales, y que considera la potencialidad de los discursos para influir en la realidad social. Asume como objeto de análisis el lenguaje en cualquiera de sus formas, por lo que se acomoda menos impertinentemente al estudio de textos, y textos impresos mediáticos con perspectiva temporal. La historicidad de esta propuesta está fundamentada por su objeto de estudio (textos históricos, organizativos y políticos), su concepción de contexto como proceso histórico, y algunas de sus técnicas abiertamente historiográficas (consideración de las fuentes históricas, dimensión histórica de las prácticas discursivas), instrumentadas con el objetivo de «explorar los modos en que los particulares tipos de discurso se ven sujetos a un cambio diacónico» (Wodak, 2003:104). El procedimiento expedito planteado por Wodak inicia con la colección de muestras discursivas susceptibles de contener información sobre el cotexto y el contexto de las mismas. Asimismo, se prosigue con una clasificación de las variedades y tipologías implicadas (en este punto la autora plantea el cotejo de las información con datos etnográficos), las relaciones con otros textos y discursos. De esta primera fase se elucidan las preguntas de análisis, se extraen categorías lingüísticas y se regresa al texto ordenándolo según esta categorización. Todo ello como trabajo previo necesario para una interpretación general que redunde en las preguntas y el problema de investigación (Wodak, 2003:140-141). Posteriormente, como técnicas analíticas que vinculan textos mediáticos y contextos la semántica textual con sus niveles de análisis y sus modelos de sucesos y contextos posibilitaron conectar los temas mediáticos con las cogniciones sociales (Van Dijk, 1997:37-39) presentes en los discursos privados obtenidos durante la etnografía.
4.- De Fronteras de Papel al Vox Populi: análisis del discurso mediático, imaginario local privado e identidades sociales de Ciudad Juárez
Fundamentado en la investigación cualitativa implementada7, los discursos público y privado muestran similitudes, aunque, por su carácter inherente y la metodología aplicada, en el caso del discurso oral privado juarense se presentan variaciones y particularidades respecto al público mediático. La base discursiva del sistema de control social local se erige sobre el concepto de pertenencia a la comunidad juarense. Este dispositivo de inclusión-exclusión establece la cesura operadora de lo normal y anormal, y los atributos de pertenencia. La matriz discursiva es eminentemente biologicista matizada por el factor territorial. De este modo, la pertenencia se fundamenta sobre el discurso de sangre (nacido de padres juarenses) y muy especialmente sobre la localidad entendida como lugar de nacimiento; si éste último no corresponde con Juárez y su hinterland puede persistir la afinidad cultural8, pero se negará la membrecía plena.
Esta matriz genera discursos naturalistas, es decir, legitimados como esencialismos naturales, subyacentes en la matriz genética. Así, de este foco semántico surgen ítems discursivos como “extremosos como el paisaje, como el clima” y “raíces de frontera”. Esta constitución del “nosotros” ordena la cadena de valores y se proyecta sobre los hechos sociales, legitimando la polarización social, la competencia por bienes deseados, la violencia social y la devaluación del nómada por entenderlo como “desarraigado”. El sentido de comunidad local se erige frente a una alteridad dual: el Sur, y el Norte. Del Sur vienen los migrantes, es el México subdesarrollado y lleno de necesidades; ignorante, violento y sometido a las bajas pasiones9. Los estadounidenses completan esta alteridad dual. En este caso, son viajeros, turistas, “especiales”, que aportan desarrollo y son asociados con “dólares” pero también en menor medida con “abusos y violencia”. Finalmente, Juárez es identificado como cosmopolita, lugar de oportunidades, trabajo, riqueza, progreso y libertades, aunque también como violento, criminal, castigado por el pandillerismo y la suciedad. El principal nodo simbólico positivo en el imaginario social, sin embargo, es la industria maquiladora; una proposición coherente con un esquema ideológico e identitario fundamentado en la lógica del trabajo predominante en la región (Vila, 2004).
Los argumentos discursivos en relación a los migrantes veracruzanos caen en la etiqueta de lo foráneo, pobre y subdesarrollado. Además, en perspectiva histórica, el juarocho reproduce un imaginario precedente que lo liga con la violencia, la pasión sin razón10 llegando a un esbozo de bestialismo. Una continuación detallada de este discurso mediático local aparece mecionado superficialmente en anteriores estudios (Hjorth Boisen, 2007). Esta supremacía local está ampliamente difundida, como refleja este texto:
Ciudad Juárez en particular, paga ahora un alto costo, el costo de la generosidad y la hospitalidad después de muchas décadas de tener los brazos abiertos a miles de mexicanos que encuentran en la frontera una alternativa de vida, pero después de todo este tiempo suceden efectos o se presentan efectos de esta generosidad que tienen que ver principalmente con la inseguridad. La inseguridad en Juárez es el costo de la migración. (Discurso del gobernador del estado, J. Reyes Baeza Terrazas, recogido en el periódico “Diario de Juárez”, 8-IV-2008: Inseguridad en Juárez es el costo de la migración.)
El texto, además de rebosante de narcisismo moral, es paradigmático de los dos ejes discursivos dominantes, tanto en el ámbito público como el privado. Como ya señalé arriba, el discurso violencias-seguridad, dominante en la región, filtra todos los estratos erigiéndose en uno de los pilares de larga data de la gobernabilidad en la contraparte mexicana. Las versiones privadas de este modelo discursivo apenas varían sino es enriqueciendo lo reproducido por otros agentes ideológicos. He aquí extractos textuales de las entrevistas focales aplicadas entre grupos ecuménicos-católicos de base:
“Si no son de aquí ni son de allá con más razón van a robar”, “generan inseguridad, asaltos, robos, vandalismo, delincuencia y violaciones”, ”la violencia la trajeron los de Veracruz, de Torreón y de Chiapas”.
La violencia y el crimen son foráneos, como detectó Vila en la obra citada. Así, crimen y violencia se imbrican con otras nociones, como la sobrepoblación y el hacinamiento11:
“La sobrepoblación trajo drogas y crimen”, “Perjudica porque hacen maldades, porque Juárez está super-poblado, no hay donde recibirlos”, “Viven en la calle”.
La escasez o agotamiento de recursos es asociado como proposición al desorden derivado del “hacinamiento”: -“Ya no hay fuentes de trabajo”- y que realimentan en todo caso el sentido de membrecía local: -“nosotros no éramos así”-. Asimismo, en las asociaciones reflejas no condicionadas, el discurso privado muestra ciertas tendencias: la imagen del deportado es vinculada con “mendicidad”, “pandillerismo”, “crimen”, “contaminación-enfermedad”, y colateralmente aparece la imagen del indígena y el sureño12 ligada difusamente con “naco” y “mendicidad”.
Una variante exclusiva del discurso privado extraída del grupo focal perteneciente una institución paraestatal de cultura y gestión museográfica. Este tema está ausente tanto en el flujo mediático como en estudios precedentes, y se caracteriza por la aculturación o, más bien, la deculturación. Así, varios de los entrevistados, nacidos en Juárez, declaraban como los valores y las tradiciones “propiamente” juarenses se habían degradado y estaban por “extinguirse” debido a la “invasión del sur”. Sin embargo, y una vez más, el intenso flujo ideológico-cultural estadounidense se obviaba.
No obstante, junto a estos centros de irradiación de narrativas los discursos privados juarenses exhíben la arriba mencionada dualidad enfrentada pero no excluyente propia de discursos etnocentricos y xenófobos (Van Dijk, 1990; 1997). Estos incluyen una polifonía secundaria pero activa y ordenada en torno a las instituciones cristianas13. Tanto en el discurso público como privado se recogen manifestaciones apelando a la compasión, la caridad o la ayuda. Esta discursividad es más frecuente en el ámbito público que en el privado, donde se expresa como:
“Se la sufren mucho, la padecen (pasan hambre y son maltratados), “Hay que ayudarles”, “Hay racismo y no se les paga bien”, “Beneficia porque trae progreso, más culturas”, “Todos tenemos derecho de venir a vivir a Juárez”.
Aunque a continuación condicionen esa ayuda a salir de Juárez y regresar a su origen ya que:
“La gente que viene no se queda, está de paso o viene a hacer dinero y se va”; “los deportados son más perjudiciales porque no tenían el plan de venir. Si se quedan habrá más delito”.
Por otra parte, el discurso oficial de autoridad14 sostiene esta práctica institucional. Los deportados son seres vulnerables por carecer de familia, amigos y trabajo, “es gente que se convierten en candidatos a ser víctimas o victimarios, gente que llega con hambre, sin ropa, y sin trabajo y sin familiares, pueden ser víctimas o convertirse en delincuentes para robar para comer”, y este riesgo social es una preocupación prioritaria de las autoridades ya que “el presidente [municipal] preocupado por toda esta gente que llega, que es población flotante, que si se queda en Ciudad Juárez representa una necesidad adicional de seguridad pública”, rubricado por la composición del contingente repatriado: “pero recibimos gente que estuvo en prisión por violación, por homicidio, por robo, por delitos graves, y entonces debemos estar protegidos“; la amenaza percibida por este discurso público cuenta con un apéndice epidemiológico erigido sobre los discursos médicos: los deportados y sus cuerpos pueden ser un riesgo de contagio y enfermedad. En definitiva, son dos los discursos de poder activados, ambos coherentes con los discursos públicos y privados analizados en un apartado anterior. Sendos discursos, el duro y excluyente o el caritativo y humanitario. En el primer caso, se consolida la representación social del migrante forastero como amenaza y como riesgo tanto para la salud como a la propiedad, y potencialmente contra la paz social; el hacinamiento, la enfermedad infecciosa cuyo cuerpo es posible portador, son elementos del discurso medicalizado. La “población flotante”, concepto demográfico, se instrumenta para legitimar científicamente el discurso previo de la amenaza externa. Por último, el discurso caritativo, muy vinculado con las prácticas católicas de la compasión, sirve de pilar moral y religioso de la política pública, participando y beneficiándose simbólica y financieramente.
Regresando a las fronteras de papel, el discurso mediático impreso muestra múltiples conexiones con las proposiciones y macro-temas arriba señalados respecto a las voces privadas, aunque con menor detalle respecto a matices o micro-temáticas. Respecto al discurso dedicado a los migrantes sureños y juarochos, los diarios consultados reproducen temáticas coherentes con las ideas previas o representaciones cognitivas presentes en el discurso privado. Así, la Naturaleza y el territorio marcan la identidad social. En particular, que los veracruzanos no soportan en frio extremo ya que provienen de tierra caliente, y esto les hace a ellos mismos “seres” o “animales calientes” tiene su correlato en las proposiciones del artículo intitulado “Bajan víctimas del monoxido porque llega menos gente de afuera” fechado el 20-03-2010. Aquí se afirma sin ambages que los forasteros no soportan el frio, cuya causal es que no están educados para atender las calefacciones y braseros, cuya últma causal es la mayor incidencia en muertes por axfisia por monóxido de carbono. Estas proposiciones buscan una coherencia entre la base ideológico-cultural previa (la Natura, el nicho ecológico, nos hacen diferentes) presente en el imaginario local, y la base textual donde concatena proposiciones referenciales ordenadas por el eje causa-efecto. Así, este uso de irrelavancias para tratar a las minorías étnicas forasteras (Van Dijk, 1997: 38) vehicula el discurso xenófobo minimizando la postura propia, y naturalizando la diferencia. Además, revela ciertas implicaciones no explícitas, como que el juarocho es incompetente per se para operar nueva tecnología (la calefacción de gas) y requiere de instructivos de, en este caso, el Cuerpo de Bomberos Municipal que representaría a los nativos juarenses. Por la relevancia de esta “noticia”, reproduzco aquí parte del artículo:
“Ya casi no viaja gente a esta ciudad y por eso no hay tanto intoxicado, lo que quiere decir que la población flotante es la que más se intoxica por que no está tan familiarizada con el uso de calefactores de gas, agregó. Curiosamente en la sierra de Veracruz y en otros estados del sur también hace frío y asi mismo emplean calentones similares, sin embargo, allá no se intoxican como aquí, señaló.”
Obviamente el texto muestra incoherencias aparentes, pero es perfectamente coherente con los macro-temas del discurso ideológico regional: los veracruzanos y sureños son competentes en sus tierras -la sierra de Veracruz- pero aquí “nosotros” somos los competentes para girar instructivos y manejar tecnología. Por arte de magia, las capacidades intelectivas del sureño se atrofian llegando a Juárez.
Siguen una serie de noticias ordenadas bajo el macro-tema del éxodo que sufre Ciudad Juárez, explicando una serie de problemas menores por la irresponsabilidad o la incompetencia de los forasteros. Estas proposiciones de referencias causales obedecen al discurso ordenador que vinculaba migración con desorden sanitario y moral: “Recolectan menos basuras, culpan a crisis y migración”; “Deja migración miles de perros callejeros”; “Recogen 16mil perros muertos; una parte fue dejada por gente que migra”. Se reitera la noción de suciedad, riesgo sanitario y migración sureña que en otros momentos (2001) se achacaba no al éxodo sino a la esencia migrante y veracruzana (“Migrantes: grupo de alto riesgo de sarna”; “Repunta la violencia doméstica: familias veracruzanas responsables.”). La mayor parte de las proposiciones textuales que señalan a suposiciones y presuposiciones “irrelevantes” son fundamentales para reforzar el modelo comunicativo sobre el migrante sureño, una forma específica del forastero. La estrategia persuasiva consiste en aportar detalles que por un proceso de contigüídad lingüística se anclan en el acervo simbólico del extraño o intruso. Esta fórmula es especialmente eficaz cuando apunta a comportamientos morales (como lo es la limpieza y el orden espiritual) ya que está perfilando un sujeto sureño despreciable en tanto diferencias culturales reales o figuradas. Otra parte de especial interés para el Análisis Crítico del Discurso es atender a “lo que no se dice en la noticia”. En este caso, títulos y cuerpo de las noticias referidas a migrantes sureños huelgan de contrastar otras fuentes de información, como por ejemplo recoger las opiniones de los propios sureños. Tampoco porfían por ubicar otras fuentes de sentido, esto es, dirigir las inferencias de los hechos atendidos hacia otras causales. El descenso en la recolección de basuras o el incremento de animales muertos bien pudiera ser debido a la reducción en el consumo doméstico o al abandono de mascotas por el incremento en el desempleo. Sin embargo, aún en noticiables de incierta factiblidad se le achaca al sureño el abandono de la ciudad. Estas proposiciones solo se sostienen por alusión a rumores (“dicen que..”) obviando el agente enunciador de la proposición o reforzándolo con alusión a discursos verdaderos, como la ciencia estadística o médica; en otras ocasiones, la legitimación de las proposiciones proviene del carácter institucional o experto del enunciador de la proposición (Cuerpo de Bomberos Municipal).
Con respecto al “deportado”, la selección mediática recoge una especial insistencia en los dos pilares discursivos adelantados: criminalidad y pobreza. Mientras que, en líneas generales, el recurso de la criminalidad lo operan agentes ideológicos institucionales ligados con la esfera política y militar, el uso del tema económico lo gestionan agentes ligados a la esfera ideológica de las Iglesias y la esfera educativa.
Respecto a la criminalidad, existe una coherencia contextual respecto a lo presente en el discurso oral privado. La causa del crimen estriba en la débil afinidad con el espacio-sociedad local; “no tienen raíces”. Consecuentemente las noticias narran detenciones de deportados, sin aludir claramente a su condición nativa o exarcebandola caracterizándoles como sureños (un supuesto sicario fue identificado como deportado y originario de Chiapas que “se había quedado a trabajar en esta frontera”). Así podemos repasar titulares como:
Sicarios detenidos eran deportados
Alarma a alcaldes fronterizos deportación de miles de presos indocumentados de California
Entrega EU migrante buscado por homicidio aquí
Ex-convicto, uno de cada tres deportados
Prevén impacto por deportación de ex-convictos
Demandan diputados intervenga federación para frenar deportación de delincuentes por Ciudad Juárez
Deportan de EU a narco y multiasesino
Planea EU “limpia” de migrantes en cárceles
Delincuentes deportables no serán liberados dentro de la Unión Americana
Finge ser repatriado y ataca a mujer que le dio de comer
En Marzo de 2010 Estados Unidos suspendió la repatriación de indocumentados por Ciudad Juárez a petición reiterada de su presidente municipal. Solo entonces dejaron de publicarse notas bajo el macro-tema criminalidad y violencia. Sin embargo, se incrementaron entonces las notas informativas que referían directa o indirectamente al discurso de la pobreza y el estado de necesidad:
Reforzarán atención a repatriados
Esperan a deportados
Verificará Derechos Humanos respeto a deportados en cruces
Necesario coordinar repatriaciones con las organizaciones sociales
Pretenden humanizar las deportaciones
Llega a pocos deportados la ayuda oficial
Exhiben deportados falta de coordinación
Suspenden atención a repatriados
Organiza diócesis local marcha en favor de migrantes
Bajo este rubro discursivo, la ideología cristiana del humanitarismo participa para modelar un sujeto deportado urgido o satisfecho de ayuda ya que es portador de necesidades materiales e inmateriales. En tales casos, el agente ideológico enunciador son grupos católicos u ONG´s que subsisten como mediadores de los subsidios económicos recibidos de las instituciones de Estado. La insistencia en las carencias del sujeto migrante, del forastero, refuerza la noción central del imaginario local donde tales individuos son por naturaleza pobres; de este modo, su contraparte -el “nosotros” local fronterizo- aparece agraciado por atributos positivos de riqueza, hospitalidad y generosidad. Las implicaciones del texto en estos casos, modelados históricamente en el imaginario, son las presuposiciones de pobreza que obvian la posibilidad contraria, se evita de nueva cuenta reportar testimonios directos de los propios implicados, se asocia al migrante con la beneficencia privada y la Iglesia católica, reforzando la agencia religiosa en detrimento del esterotipo del migrante deportado. Esto último se subraya textualmente mediante la voz activa, marcando al agente del enunciado-proposición (La ONU, la Comisión de Derechos Humanos, la Casa del Migrante, la Diócesis, etc..) y al sujeto deportado como receptor de la acción positiva.
También aparecen proposiciones secundarias (o sub-temáticas) reiteradas en el clúster local del léxico dedicado al forastero, al no-juarense. Es destacable la alusión a la amenaza numérica, al riesgo de desorden por “invasión” (en negrita los rasgos semánticos que realzan la sensación de masa humana):
Supera aquí número de deportados a migrantes
Repatria a 18 mil EU por Chihuahua
Alarma a alcaldes fronterizos deportación de miles de presos indocumentados de California
Se queda aquí 37% de los deportados
Crimen, violencia, pobreza, subdesarrollo, desorden...el forastero siempre caracterizado como un problema o una amenaza inminente. Las que llamo Fronteras de Papel operan para cincelar en la conciencia colectiva muros discursivo-ideológicos que facilitan la segregación, encubren la violencia simbólica y optimizan la explotación laboral. Solo en textos informativos con Estados Unidos como actor de enunciado se defiende una imagen positiva del migrante; al menos al mexicano. Aún así, abunda la victimización y con ella, el deterioro del esterotipo como carente de poder por sí mismo. El imaginario local está sólidamente edificado sobre la supremacía y la xenofobia, y los medios de comunicación fronterizos en colusión con otros agentes ideológicos mantienen la constitución interna, nacional o regional, sin necesidad de recurrir a agencias represivas, sino posiblitando la irrupción de estas contra todo aquel que rompiera el consenso hegemónico.
5.- Conclusiones y últimos comentarios
Esta integración fronteriza implementada por los medios de comunicación y el discurso oral nativo es una estructura jerárquica que sanciona y protege la desigualdad social en términos racistas disfrazados por el regionalismo. Los llamados aparatos ideológicos del Estado fabrican y reproducen un imaginario e identidad que funge como efectiva frontera. Este control social opera mediante dos corrientes discursivas diferentes pero complementarias: la securitaria y la humanitaria.
Como plantean autores precedentes, la antropología de las fronteras requiere de estudios etnográficos enfocados en lo micro-social, ya que la constitución de las fronteras no es solo una cuestión histórica e imaginada. Así, la metodología aplicada durante un significativo lapso temporal permitió discernir las prácticas y discursos orales privados y sus paralelismo con los discursos ideológicos y culturales que constituyen el imaginario y la identidad local fronteriza. De este modo, pude presentar analíticamente la existencia de una connivencia entre población nativa y textos mediáticos en la preservación de una imagen de larga data, la del extraño. Esta alteridad funge como dinamizador de la identidad colectiva local y regional. La frontera que constituye no solo precede a la línea geo-política sino que la refuerza y la dota de rasgos distintivos. De este eje discursivo central, se desglosa una tipología de cuando menos cuatro ítems: el sureño, el chilango, el juarocho, y el deportado. No existe en todos ellos, un solo rasgo constitutivo positivo. Todos inferiorizan la alteridad fronteriza; todos son despectivos o políticamente degradados. La identidad fronteriza, mediada por sus instituciones de comunicación, es excluyente y supremacista. Apenas queda la compasión humanitaria para atiplar las rudezas ideológicas de pertenencia.
En suma, la frontera mexicana en su acepción discursiva descansa primordialmente sobre una urdimbre simbólica manipulada por instituciones ideológicas que manipulan el acervo cultural regional para su beneficio, y cuya función es el control social y la administración de las poblaciones vistiantes bajo la aplicación de un complejo sistema de clasificaciones donde el factor “sangre” y “localidad de nacimiento” ordenan jerárquicamente las valoraciones, discursos y prácticas de interacción. Los deportados y juarochos que deciden radicar o esperar en este núcleo urbano sufren no sólo las fluctuaciones del mercado laboral y residencial sino también los efectos económicos y emocionales de este tipo de exclusión (aunque Juárez es identificada como tierra de oportunidades y progreso, estos están destinados a los “de Juárez” preferentemente). Sociológicamente, se puede definir como una forma de “cerrazón”, donde un grupo social excluye a otros del acceso a bienes y recursos valorados en base a discursos ideológicos. Asimismo, la criminalización del migrante operada en Estados Unidos persiste, con flexiones y matices, en el lado mexicano, produciendo un continuum discursivo anti-inmigrante, sostenido y reproducido por las narrativas de seguridad y de guerra contra el crimen.
Estos sistemas de representación cognitiva se mantienen incólumes bajo el manto de instituciones públicas, medios de comunicación, y múltiples agentes ideológicos del Estado. Sostienen el status quo y facilitan la sujeción de los inmigrantes mediante su devaluación socio-cultural. Una acción de política social debería empezar por la restitución de la voz foránea en los medios locales, la progresiva desactivación moral y jurídica del discurso de sangre (ius sanguis) fundamento genetista del racismo y la xenofobia, y la modificación del discurso humanitario en sus valores religiosos. Además, un criterio editorial consciente y riguroso evitaría la intromisión y reproducción de discursos ideológicos racistas propagados desde Estados Unidos y sus agencias ideológicas dominicales o think tanks, para no hacer de la frontera norte mexicana una plataforma de “maquila discursiva-ideológica” para todo el continente americano.
Entre los pendientes, planeados para próximas entregas de esta investigación, debo reconocer la necesidad de un análisis con mayor rigor respecto a la alteridad estadounidense y sus colusiones en el mantenimiento del status quo y la desigualdad fronteriza. También se requiere de un estudio paralelo de las prácticas laborales, religiosas y culturales generadas o implicadas en el usufructo de tal urdimbre simbólica de discriminación. Así, será posible una Antropología de la frontera integral, ejercicio previo a proyectos comparativos de los datos fabricados bajo esta metodología.
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Staff (2009) Repatria a 18 mil EU por Chihuahua El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 17 de Mayo (Estado) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2009) Supera aquí número de deportados a migrantes El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 27 de Septiembre (Local) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2009) Sicarios detenidos eran deportados El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 7 de Octubre (Local) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2010) Bajan víctimas del monóxido porque llega menos gente de afuera El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 20 de Marzo (Local) http://www.diario.com.mx/.
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Staff (2010) Recogen 16mil perros muertos; una parte fue dejada por gente que migra, dicen El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 4 de Abril (Local) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2010) Deja migración miles de perros callejeros El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 4 de Abril (Local) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2010) Recolectan menos basuras; culpan a crisis y migración El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 6 de Abril (Local) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2010) Gobierno mexicano en vez de ayudar, perjudica El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 2 de Mayo (Local) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2010) Comienzan a llegar juarenses repatriados por otras fronteras El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 4 de Mayo (Local) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2010) Reforzarán atención a repatriados El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 5 de Junio (Local) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2010) Esperan a deportados El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 29 de Julio (Local) http://www.diario.com.mx/.
Staff (2010) Verificará Derechos Humanos respeto a deportados en cruces El Diario de Juárez Ciudad Juárez, 29 de Julio (Local) http://www.diario.com.mx/.
EXTRAIDO DE REVISTA DISERTACIONES, vol. 4, número 1, Enero-Junio 2011: http://erevistas.saber.ula.ve/index.php/Disertaciones/
lunes, 18 de abril de 2011
«Diáspora o trasnacionalismo»
“DIÁSPORA ó TRASNACIONALISMO”
APUNTES PARA UNA REVISIÓN DEL TERRITORIO Y LA IDENTIDAD CULTURAL.
INTRODUCCIÓN
Los esfuerzos dirigidos desde las ciencias sociales a la explicación de un conjunto de fenómenos reunidos bajo la égira de la globalización económica deriva en la explicitación de dos llaves conceptuales: "ethnoscape" y "transnacionalismo". Ante el movimiento intenso, continuo y multidireccional de poblaciones humanas, Appadurai1 propone englobar a todo el conjunto de individuos y comunidades humanas en movilidad. Aunque el origen de los cambios se pueda calificar mayormente como económico, Appadurai introduce un factor cognitivo e inmaterial, la imaginación, para justificar un flujo heterogéneo de población que ya no solo corresponde a ópticas laboralistas, económicas, o ligadas a la división internacional del trabajo y las correspondientes políticas estatales. Actualmente el conjunto de población "viajera" es ya objeto y sujeto de "las políticas de y entre las naciones"2. Una de las virtudes epistemológicas de este concepto se aposenta sobre la capacidad de aunar diferentes categorías migratorias en el seno de una comunidad transnacional heterogénea y en movimiento.
En conjunción, el termino "transnacionalismo" (Glick Schiller et al. 1992: Trasnacionalismo son los procesos por los que los inmigrantes edifican campos sociales que vinculan a sus países de origen y a sus países de recepción. Los inmigrantes que construyen tales campos se les dice "transmigrantes". Éstos mantienen y desarrollan múltiples relaciones (familiares, económicas, sociales, organizacionales, religiosas y políticas) que sobrepasan las fronteras. Los transmigrantes actúan, toman decisiones, y sienten inquietudes, y desarrollan identidades por medio de redes sociales que los conectan a dos o mas sociedades simultáneamente.), aunque reconoce la heterogeneidad del conjunto migratorio, encuentra dificultades para deslindarlo del tradicional concepto "migración" vinculado a la fuerza de trabajo o a individuos pertenecientes a grupos subordinados.
Junto a las referidas necesidades epistemológicas, los análisis y sucesivas críticas desarrollados y expuestos en la década finisecular también reflexionaron en torno a la cuestión de los métodos exigidos por las nuevas condiciones socio-económicas. En el ámbito de la antropología son destacables las propuestas para una seria revisión de la investigación etnográfica atendiendo a los nuevos "campos de trabajo" y al "trabajo de campo", y "recuperándolo como uno de los elementos de una metodología multilineal para la construcción de conocimientos situados"1. El modo como se plantea la adecuación entre el característico y caracterizador método en antropología socio-cultural ante las nuevas situaciones cambiantes en un mundo globalizado, "resbaladizo" para el observador, pasa por voltear la mirada atentamente sobre "el engranaje de múltiples lugares y ubicaciones socio-políticas" como nuevos campos de trabajo. También la propuesta de una etnografía multilocal2 insiste en la necesidad de adecuar el método disciplinar ante el panorama fluctuante de los grupos humanos que Appadurai denomino como "ethnoscapes".
Por otra parte, junto a las conceptualizaciones para una (¿nueva?) antropología transnacional referidas a teoría y método, los tópicos de estudio de esta disciplina también son modificados, o adecuados como marcos explicativos acordes a las condiciones actuales y a las revisiones epistémicas acumuladas en años anteriores. En particular, y a efectos de este trabajo, se intentara reflexionar sobre dos tradicionales preocupaciones de la antropología socio-cultural: la identidad y el territorio, en relación a la movilidad humana, tanto social como geográfica.
¿Existen divergencias entre los conceptos “transnacional” y “diáspora” al abordar estudios de movilidad humana? ¿Son pertinentes y en que grado para explicar los cambios en las identidades colectivas? ¿El término “espacio transnacional” es suficiente como concepto y como teoría para la investigación, comprensión o interpretación de las alteraciones de “Territorio” como concepto antropológico?, o bien, “¿cual es la naturaleza de lo local (de la localidad), como una experiencia vivida, en un mundo globalizado y desterritorializado?”3
Por último, y en base a varias y someras descripciones etnográficas de caso, se intentara también apoyar, o cuando menos acompañar con ejemplos actuales las consideraciones sobre el elenco de nociones aportadas por varios de los investigadores mas representativos abordados y sugeridos durante la investigación bibliográfica, y los diferentes seminarios dónde he participado como oyente en relación a la concepción de migraciones, transnacionalismo y espacios transnacionales en las sociedades globalizadas.
IDENTIDADES sin TERRITORIO
La idea de comunidad es un término polisémico intramuros de la ciencia antropológica. De una parte, la comunidad como objeto de estudio es el conjunto de personas con algún tipo de estructura social y política, productora de condiciones de subsistencia y existencia, reproductora de un conjunto de normas, valores y representaciones, que se pueden agrupar en una o más culturas e identidades. La comunidad es la portadora de identidades grupales, y de hecho son las pequeñas comunidades “cerradas” el origen de los sentimientos más intensos de pertenencia. Por otra parte, la comunidad es el artificio ideal que circunscribe la investigación cualitativa, interactiva y situada que es la etnografía (tradicional). Como ya se planteó, la globalización ha desbaratado4 la vida cotidiana, la organización social y política, la cultura local y la nacional a los miembros de esas comunidades, tanto como a los etnógrafos les descompuso su arcádico lugar de estudio. En el momento de eleccionar por un esquema analítico de la transnacionalidad, éste se instrumentaliza tanto como un tipo de comunidad humana, como un enfoque metodológico para la investigación social y etnográfica.
En cualquier caso, las alteraciones de las identidades distan de ser homogéneas. Un primer elemento de clasificación se encuentra en la tipología trasnacional.
Por comunidades transnacionales se entienden grupos bien encontrados5: las organizaciones no gubernamentales aplicadas a diferentes campos sociales, los flujos turísticos, los “bichos de obra” empleados de grupos económicos y financieros, y finalmente, los grupos migrantes transnacionales circunscritos al modelo económico subordinado. Cada uno de estas categorías de análisis sufre muy diferentes variaciones tanto en la interacción en sus nuevos contextos socio-geográficos, como en la interacción recíproca.
Igualmente las identidades comunitarias sufren erosiones y pérdidas en procesos de cambio inducidos por la deslocación de su experiencia vivida, por la reubicación social clasista, la etnificación de su identidad social o la resignificación de originales adscripciones étnicas.
La comunidad desterritorializada es una comunidad en riesgo de diluir las diferencias incluyentes-excluyentes que precisamente la identifica y la hace única y auténtica para sus miembros. Los procesos de aculturación/asimilación fueron tomados por los modelos de estudio de la migración hegemónicos en las ciencias sociales y estamentos políticos. La homogeneización cultural asentada sobre una cultura del trabajo, una estratificación clasista y los mercados nacionales de consumo se reflejaban en estudios migratorios que llegaban a caracterizar la diferencia como una patología social, un rasgo inadaptativo6.
Sin embargo estas comunidades abiertas, en un contexto social y político bien distinto (post-industrial, post-moderno y post-nacional), hacen de sus atributos identitarios un baluarte de empoderamiento, una estrategia identitaria que instrumentaliza la mentada disolución de sus atributos de identidad comunitaria7. Esta modificación produce unas identidades grupales fragmentadas, hibridadas en sus lealtades, ambiguas para provocar cambios culturales, sociales, políticos y económicos, tanto en el país de origen como en aquel o aquellos a donde emigran, y sobretodo, transversadas por patrones de clase, etnia, raza y genero. Aunque en la próximas paginas orillaremos las menciones y el desarrollo de las cuestiones de genero y de raza para de una parte poder simplificar una cuestión tan compleja, y de otra, por entender que las diferencias raciales no se pueden considerar en si como categorías antropológicas, sino que mas bien se pueden incluir entre las oposiciones étnico-nacionales racializadas.
En definitiva, las identidades de las comunidades transnacionales son altamente complejas, en reinvención nebulosa. Asimismo, son procesos de oposición conflictiva entre las diversas lealtades identitarias de origen nacional, subnacional y local o comunitario, constituyendo factores de reconformación de las posibles adscripciones transnacionalizadas8. Es el caso, entre otros, de los migrantes ecuatorianos en Europa9 que se resitúan en sus relaciones para con los nativos y entre ellos en virtud de “serranos” y “costeños”, y entre “mestizos” e “indios” (los que traen “cola”). Pero igualmente opuestos a los peruanos o bolivianos en la explotación de nichos laborales, o como “latinos” frente a “moros” y eslavos.
Igualmente es oportuno mencionar las estrategias de identidades ambivalentes entre los migrantes mixtecos de San Juan Mixtepec en localidades estadounidenses10 vinculadas a la producción post-fordista de cárnicos, en donde estos migrantes transitan entre varias adscripciones identitarias (indígena-mexicano-chicano) como una comunidad que “se transforma y amolda a las necesidades del capital en los espacios formados por éste”11.
El ejemplo anterior ya perfila lo que pueden ser ejes constructores de las neo-identidades atravesadas por las oposiciones clasistas y las diferenciaciones étnicas. Entre la comunidad antropológica existe un consenso en cuanto a la emergencia de nuevas identidades étnico-nacionales en los ámbitos de la migración transnacional, y que se están reificando influidas por relaciones de poder asimétricas. La etnificación de ciertos sectores y gremios laborales, de algunos espacios y sectores urbanos, por ejemplo, ó en otro tipo de comunidad transnacional: los “bichos de obra”, los empleados de las compañías transnacionales que migran a una escala global y que se disponen bajo patrones étnicos en el mercado de trabajo de la entidad de modo que se erosionan aun más los vínculos entre éstos y sus identidades étnico-nacionales. Las compañías transnacionales en la que confluyen patrones económicos y culturales diferenciales son “importantes agencias de formación de identidad transnacional”12; es decir, las identidades sociales y personales trasladan sus fundamentos estructurantes hacia rasgos donados por el profesionalismo, la formación técnica superior y la afinidad con los elementos materiales y simbólicos aportados por las corporaciones transnacionales, cuando la pertenencia a una de ellas se prolonga suficientemente en el tiempo de contratación.
Por último, mencionaré las diferencias internas al grupo propiciadas también por estructuras subordinadas de orden comunitario. Estas diferencias expresadas en rango generacional, de género, ocupacional, ingresos medios, e incluso subdivisiones étnicas ligadas a centro y periferias locales, son consideradas en clave de inequidades internas, jerarquizantes y legitimadoras de estados de vida “naturalizados”13. La práctica y la experiencia transnacional también afecta a las entidades identitarias intramuros de la comunidad, algunas veces en procesos de renegociación igualadora, y en otros en cambio, de refuerzo autoritario de estructuras piramidales de poder.
En este último sentido, el estudio de las redes contiene principios elucidatorios de los procesos de emergencia de un grupo étnico en un nuevo contexto14, además de un instrumento de análisis con base no motivacional, retroalimentado e individual de la migración.
Sin embargo, éste no es el único aspecto que el análisis reticular puede aportar para la discusión de la comunidad desterritorializada y de la cuestión identitaria. Las redes se pueden entender también como las estructuras sociales15 propias de comunidades en movimiento, de comunidades “cerradas”, solidarias, en un tránsito ó reacomodo en comunidades “abiertas”, urbanas y flexibles ante situaciones de contingencia socio-económica. La desorientación descrita en comunidades urbanas de esta índole, provistas de personas en desarraigo, desorientadas por la pérdida de sentimientos de pertenencia fuertes y centrífugos dotadores de seguridad emocional, se puede contrarrestar con la persistencia de relaciones virtuales y rituales con la comunidad “cerrada” que en sí misma funge como centro ritual16. En cierto sentido, la situación referida nos remite a consideraciones más polémicas y de base teórica en torno a la interacción entre los sectores subalternos y su bagaje cultural, organizacional particular: lo propio, y las modificaciones en la interacción con las manifestaciones tangibles e intangibles del modo de ser hegemónico17. La discusión se debe establecer entonces en la pulsión entre estructura y agencia, y los resultados adaptativos de lo propio ante nuevas situaciones originadas desde los esquemas neoliberales de la globalización económica.
Lo relevante aquí es señalar la funcionalidad de la red para con la supervivencia de la estructura comunitaria18. De este modo, la mirada se enfoca sobre la relación entre comunidad y poder. Esto es, por ejemplo, de qué modos la organización social elaborada ad hoc produce y reproduce el volumen global de capitales (materiales, sociales y simbólico-culturales), su reflejo en los espacios habitados y en la conformación de la estructura social articulada en interacciones de corte horizontal y vertical.
Intuitivamente se deduce que la calidad estructural tal como hasta aquí se ha relacionado, es sumamente volátil (en términos de la gestión empresarial: flexible) e inaprensible en estudios prolongados en el tiempo. Es decir, ¿qué ocurre con estas estructuras ad hoc ante trastornos exógenos y endógenos como son los cambios generacionales, modificaciones ó enmiendas legales y de las leyes de mercado?. Las investigaciones de Besserer en México-U.S.Am. aunque direccionadas hacia enfoques históricos aún no completan y cumplen con ésta y otras interrogantes, que en resumidas cuentas apuntan hacia la cuestión de qué tanto los colectivos implicados son capaces de amortiguar los efectos adversos de índole infraestructural, cuál es su grado de agencia, qué tanto la adaptaciones culturales e identitarias resguardan y reproducen lo propio, y qué tanto se implican en la homogeneización socio-cultural inducida por la expansión global de las fuerzas del Capital.
En última instancia, una buena parte de las dudas planteadas y requeridas de comprobaciones y seguimiento empírico en torno a esta discutida noción de “comunidad transnacional” recibirían satisfactoriamente enfoques teórico-metodológicos incisivos en relación a la cuestión cada vez más exigida del poder y de las luchas particulares sobre los distintos campos referidos (y en especial, el campo laboral). La cuestión de la autonomía postulada por M. Kearney y de la heteronómia como una cuasi-certeza preliminar revierte la atención sobre la carga y revalorización que de su capital social y manipulación simbólica representa posicionamientos ventajosos ante otros grupos y ante la realidad sistémica hegemónica. Algunas luces sobre el caso se pueden prospeccionar en los diferentes tipos de capital social, en el modo de aplicación y reproducción de las relaciones de reciprocidad discerniendo en escalas micro-sociales las proto-jerarquías nacientes al interior de estos grupos y sus redes. Se evidencia para el caso de latinoamericanos (andinos y andinas mayormente, aunque también en caribeñas) en la Unión Europea y en el estudio de las micro-empresas fundamentadas en el consumo de nostalgias19 (en particular, las investigaciones sobre y en los cyber-cafés de la ciudad de Barcelona) la emergencia de una proto-burguesía que ya está en posición de operativizar la convertibilidad del capital social y simbólico-cultural en capitales materiales y financieros, que a su vez reproducen sus capitales sociales y simbólicos en forma de prestigio.
Estas experiencias y los primeros acercamientos efectuados parecen relacionar la posición ventajosa al interior de sus comunidades transnacionales con factores exógenos, como son los vínculos personalizados con enclaves socio-políticos propios de la estructura hegemónica receptora, como son individuos de las clases medias, profesionistas y universitarios, O.N.G`s varias, empresarios vinculados con actividades de producción y/ó distribución de mercancías ligadas a sus países de origen (como es el caso de los espectáculos y variedades musicales específicas de la región andina y caribeña), agentes comerciales de las empresas transnacionales (como es el caso de Telefónica de España y los contratos de uso de líneas telefónicas y de Internet, mensajerías,…) y otros más que fungen como enlaces favorables ante su comunidad endógena al vehicular capitales de todo tipo (la información político-jurídica sensible para con la regulación de residencia y trabajo es paradigmática).
En este sentido, aparecen ya horizontes de una estructuración sedimentada, más recia y menos evanescente, que no obstante, se sirve de segmentos sociales nativos para su anclaje y de la explotación (en este particular se requiere de más investigaciones empíricas compendiadas para relativizar el grado de explotación endógena) de sus paisanos para la retroalimentación de su capital global.
Curiosamente, las controversias y planteamientos preliminares arriba comentados encuentran un campo fértil y más transitado si se atiende a la literatura disciplinar al especto de las diásporas. Baste como ejemplo el importante asentamiento mundial de la diáspora china y su organización social endógena para evaluar siquiera superficialmente las consecuencias y fenómenos relacionados de manipulación cultural y explotación laboral internalizada por las redes en multiniveles de esta migración china. La estructuración interna de estas pequeñas comunidades imbricadas mundialmente por medio de relaciones empresariales y activadas por agentes propios empoderados en base a la explotación de una mano de obra cautiva (y en ocasiones, en un término literal) oportunamente segregada de las sociedades nativas que las reciben implementando mecanismos y dispositivos culturales (revistas, eventos, fundaciones,…) productores de diferenciación y exclusión a nivel local (los barrios chinos)que redunda en mayor dependencia de las estructuras endógenas y de la diáspora empresarial. De este modo, la inversión en capitales sociales y simbólicos y su manipulación capacita a un grupo dirigente para ser plenamente competitivo y exitoso en la ocupación y gestión de nichos y sectores de mercado a escala global.
Precisamente, y antes de avanzar hasta el próximo apartado, me gustaría plantear, aun levemente, la diáspora como concepto útil en los estudios transnacionales y en la exploración de genealogías neo-identitarias.
LAS DIÁSPORAS, UN ARCANO TEÓRICO
La diáspora presupone un mundo, una comunidad social dispersa, desparramada geográficamente en varias localizaciones y entidades políticas, formando archipiélagos urbanos que fungen como centros religiosos de la comunidad. Asimismo la diáspora histórica (judía, helénica,..) mantiene prolongadamente en el tiempo y el espacio un deseo de retorno a un origen mitificado, sufre cierta alienación en los países que la recibe y en muchas ocasiones reafirma sus lealtades primeras con un apoyo sostenido a la tierra natal y, en caso de persistencia transgeneracional, a la tierra ancestral21. La diáspora judía transmediterránea medieval desarrolló diferentes estrategias de diferenciación y resistencia identitaria: apego a ciudades específicas como sustitutivo de vínculos religiosos y étnicos, formas culturales y centros religiosos, relaciones de parentesco, una historia trasmitida de dispersión y persecución, circuitos de negocios y trayectorias de viaje22. La diáspora guarda muchos paralelismos con las comunidades transnacionales, contiene los mismos elementos operativos y otras características del concepto explicitado por Glick Schiller y sus colegas, y expuesto al inicio del ensayo. Diáspora como conceptualización de colectividades que atraviesan fronteras y mantienen vínculos relacionales persistentes carece de actualizaciones contundentes que la desliguen de sus particularismos histórico-religiosos. La propuesta de G. Yúdice23, fundamentada sobre la conceptualización de diáspora elaborada en los estudios afro-americanos, incorpora las nociones de circuito y frontera a su estudio sobre las identidades fragmentadas y en construcción de los migrantes salvadoreños en los Estados Unidos. Precisamente son las concepciones de la diáspora del “atlántico negro” propugnadas por Gilroy24 las que han actualizado la idea de diáspora como transnacionalismo, y las que dan luces sobre los medios y los modos para una reificación étnica, para entender las vías de las reterritorializaciones actuales y potenciales, ya que la diáspora “entraña la radicación, el mantenimiento de comunidades, la posesión de hogares colectivos fuera de la tierra natal”25.
La identidad colectiva se puede entender ya no como un objetivo estático, sino como un proceso (es decir, actos de relación antes que formas predeterminadas) y por lo tanto posee fuerza epistémica para un seguimiento histórico de las redes migratorias que enriquece y reenfoca las perspectivas abiertas por el transnacionalismo, y está más capacitado para integrar comunidades más amplias como las englobadas por los “paisajes étnicos” de Appadurai ó la “producción de las diferencias geográficas” de Harvey.
Otra lectura a explorar son las posibilidades de investigación de los grupos desplazados por causas no directamente económicas, ó de los segmentos de las redes migratorias motivados por razones netamente políticas. Refugiados y exiliados por diversas causas, ó lo que Appadurai taxonomiza como diásporas de la desesperación diásporas de muerte y diásporas de la esperanza.
(Se puede consultar trabajo empírico al respecto en R. Sánchez Molina, 2005, y en U.J. Zevallos Aguilar,2006, para los casos salvadoreño y peruano respectivamente).
En estos casos algunos de los previstos por el examen transnacional y de redes y cadenas no son suficientes para determinar diferencias significativas. El uso de la idea diaspórica, profusamente atravesada por connotaciones de persecución, exilio y conflicto traumático, probablemente sea más pertinente para un estudio que contenga los mencionados componentes.
En este rubro, la inflexión hacia los significantes traumáticas socialmente transmitidos, además de pernear los esquemas organizativos sociales, remiten necesariamente a la consideración del Tiempo, y por ende de un enfoque histórico cabalmente intrínseco a la noción diaspórica. Y sin embargo, aún no se agota este sesgo con la cuestión temporal (que acompaña igualmente a la consideración del cambio, tanto en el espacio-territorio, como en las identidades sociales), sino que permite la inclusión de perspectivas sobre el poder y las luchas políticas endógenas para obtener consenso y prestigio20. La carga política mencionada existe precisamente en tanto es una política de la identidad, que recurre a la identidad social ó que brota en tanto se percibe desde todo ó parte del grupo que la identidad colectiva está en riesgo (es decir, se percibe que lo que son depende de lo que otros fueron y de su conducta en el momento traumático). El instrumento simbólico-discursivo implementado en estos casos es recurrentemente la victimización colectiva, un recurso que carga de un estigma negativo pero positivado, a las identidades sociales (étnicas y/ó nacionales, pero también puede darse en grupos orientados sexualmente y/ó religiosamente) de las diásporas. El caso extremo se explicita cuando en las generaciones actuales se percibe y manifiesta la herencia del sufrimiento como “herencia”21 que exige satisfacción por parte de la contraparte ofensora “heredada”, ó en palabras de Novak y Rodseth (2006): “Concomitantemente, en su expresión de la historia, la gente de persuade de abandonar narrativas que enfatizan tiempos, lugares e identidades individuales específicas a favor de otros, comprimiéndose el tiempo, los sucesos distantes son rememorados como si hubieran ocurrido aquí y ahora, y los actos son atribuidos no a personas específicas sino a colectividades”.
La manipulación selecta con respecto al orden cognitivo reflectante de lo social se patentiza entonces en la potencialidad de estos instrumentos psico-sociales para engendrar y reproducir lealtades sociales que capacitan para la dirección y jerarquización del colectivo auto-percibido como diáspora por parte de algunos de sus componentes, morales ó institucionales, preocupados tanto en reproducir la estructura social interna como el estatus socio-económico derivado del carácter de entreprenaurs simbólico-culturales22. Posiblemente, la interconvertibilidad de los capitales sociales y simbólicos revierta en la elevación en la estructural de estos individuos emergentes, perpetradores y perpetuadores de la carga política adscripta a las nuevas lealtades identitarias reificadas.
La vinculación de pequeñas colectividades dispersas se implementa entonces en base a motivos psico-afectivos más allá de otras consideraciones bien económicas, bien étnico-raciales, como ligazón cohesionándola ante la dispersión geográfico-espacial, agente disgregador de las afinidades (entendidas como redes por contigüidad). Por lo que el grado de agencia inducido por estos poderosos artefactos simbólicos resulta mayor ante las coyunturas adversas de la migración y asentamiento en estructuras soci-culturales extrañas de grupos muy minorizados en bastantes ocasiones, si se exceptúan los asentamientos urbanos de los que se hablará en el próximo apartado y que fungen como medio de adscripción identitaria ya presente en la génesis de esta noción, y discutido anteriormente.
Por último y en referencia al término desglosado, tanto desde los estudios afro-americanos ya referidos, como en otros autores integrados en los estudios latinoamericanos23, las posibilidades teóricas de diáspora se complementan en el análisis de la retórica diaspórica, “el discurso de la diáspora articula, ó adapta, tanto las raíces como las rutas para construir (...) formas de conciencia y solidaridad comunitarias”24. En la construcción del discurso pesaría más los identificadores (estigmas, marcas,..) impuestos en situaciones de hegemonía-resistencia que la elicitación de una identidad nacional ó local25. Las reconstrucciones identitarias de los colectivos desplazados, mutantis mutandi, son procesos políticos de empoderamiento.
La potencialidad exploratoria de la noción de diáspora ha sido suficientemente justificada por los autores y corrientes de estudios culturales ya referidos, y otros tantos más. En relación con la resituación de los territorios como espacios parcialmente transnacionalizados ocupará la atención de las próximas líneas.
TERRITORIOS
(Territorios, como territorio complejo: "espacio material y simbólico de asentamiento y creación de la historia y la cultura, así como de la creación de utopías colectivas y alternativas societales, es el punto de partida de la construcción de identidades y el lugar donde se forjan las comunidades de destino...". Revista “Chiapas”, nº 12, Ed. UNAM, 2002)
La desterritorialización de las culturas como procesos que afectan a la construcción y la continuidad de las identidades colectivas encuentra su antítesis en la relocalización territorial “parcial y relativa de las viejas y nuevas producciones simbólicas”26.
Los procesos de territorialización-desterritorialización-reterritorialización guardan una correlación cuasi-perfecta con las luchas socio-económicas y la movilización de los capitales en condiciones progresivamente aceleradas en cuanto a grado tecnológico e informacional. Esto es, fungen generalmente como variables vinculadas a las sucesivas etapas del desarrollo del capitalismo, un sistema intrínsecamente caracterizado por la expansión hegemónica sobre el tiempo, el espacio y cuanta relación social de intercambio sea susceptible de ser mercantilizada (posiblemente, todas lo son). De este modo, “nos enfrentamos, por lo tanto, a una oportunidad histórica de abordar la geografía del capitalismo; de ver la producción de espacio como un momento constitutivo dentro de la dinámica de la acumulación del Capital (Harvey, 2003: pág. 76)”. En resumen, las re-elaboraciones de los territorios e identidades se debe enfocar desde la perspectiva de efectos y respuestas ante la irrefrenable globalización de las producciones del Capital, bien sea como corrimientos de sentido expansivos (por ejemplo, la conquista del “desierto” patagónico) ó contractivos (es el caso de las zonas de refugio caracterizadas por Aguirre Beltrán). En la actualidad, el escenario que cataliza estos procesos encontrados se representa por la hiper-urbanización y la ecumenización del fenómeno metropolizador y la fragmentación de los mapas étnicos y culturales al presentarse pequeños “centros” en la Periferia y “periferias” en el Centro del sistema-mundo.
Bajo esta premisa de un proceso cuasi-dialéctico, el uso del término diáspora permite “concebir la continuidad de un pueblo sin recurrir al territorio, la raza ó el parentesco como “bases” primarias de la continuidad cultural”27. De hecho, así se presenta en el caso de un sinfín de redes diaspóricas en donde la reterritorialización (más simbólica que material) se consagra en los espacios metropolitanos. El recurso a esta sublimación espacial catalizada por la ciudad y por la representación social e imaginaria de la misma permite a diásporas como la judía clásica (Toledo, Estambul, Varsovia,…) ó la vasca contemporánea (Caracas, Buenos Aires, Miami, Boise, Ciudad de México, Manila,…) reproducir y transmitir sus identidades, lealtades y expectativas, proyectándolas sobre las metrópolis imaginadas y/ó sacralizadas. Imagínese al efecto el rol simbólico que Los Angeles, New York, Minesotta,… suponen para los emigrantes latinoamericanos y mexicanos en particular (Neza York, Mi-Nezota, ó Manhattitlán). Es decir, más allá de la identificación con el espacio material en sí y que es constatable en todo caso con los espacios vividos de los barrios ó de los suburbios y sus calles monumentalizadas por estos migrantes, son las representaciones simbólicas construidas socialmente en dispersión geográfica y transmitida por herramientas psico-sociales insertas en discursos subalternizados quienes suplementan la necesitada territorialidad de los colectivos humanos en movilidad.
La relocalización territorial consiste básicamente en radicar, o en términos de una teoría del “espacio diaspórico”, es esencialmente un “deseo de fabricar hogar”28. Esta idea del deseo abre nuevas perspectivas de estudio. La tensión entre espacio y deseo elabora espacios humanizados, hechos territorio. ¿En qué sentido?. ¿Se puede explicar así “la experiencia de lo local en una experiencia vivida”?
En el concepto lefebvriano del “habitar”, uno de los niveles metodológicos postulados para el análisis de “lo urbano”, se halla implicada esta cuestión del deseo explicitada por la pulsión, extraída del psicoanálisis, entre el principio del logos y el principio del eros, como agentes encontrados y cuyo conflicto de manifiesta por el modo en que los grupos subordinados aciertan a vivir en la escala de lo privado (espacio) mediando la acción cotidiana (tiempo). En ambos ejes, la acción del subalterno –del habitante desposeído- se dirige hacia la posesión de la estructura espacial más amplia, dominada y gestionada (en tanto es producida en dentro de la acumulación del Capital) desde el nivel de “lo global”. El espacio es de nueva cuenta la proyección de enfrentamiento de las estrategias de lo marginal (el colectivo migrante, extraño al lugar) y la estrategia global ejecutada por el urbanismo, y que funge como dispositivo de exclusión/inclusión, para el control de las poblaciones dominadas (en este caso, sometidas a patrones de etnificación ó extranjerización de la clase).
Si entendemos el espacio transnacional como un lugar de resistencia/s de los grupos transmigrantes “cambiando su comunidad imaginada”, “rastreando la creación contra-hegemónica de espacios políticos autónomos”29, quizá se pueda describir el proceso de creación de territorio, de un hogar (aun siendo parcial y relativo, y hasta precario!!), como el proceso de plasmación del deseo, de los sueños y las esperanzas. Las proyecciones de las necesidades y expectativas de los colectivos en movilidad se recoge como parte de esa representación caleidoscópica enunciada por Appadurai, y elevada al rango causal de las corrientes y tendencias migratorias contemporáneas, y a la que se remite el sentido de este documento. El ideoscape funge como agente de atracción-expulsión-sustento del flujo humano compuesto, caracterizado y/ó estigmatizado étnica, racial ó clasistamente, pero también como dispositivo holístico generatriz de poderes subalternos. En particular, y en relación a los flujos auto-sostenidos de una parte de la emigración mexicana a Estados Unidos son ya abundantes los trabajos que apuntan hacia motivaciones “emocionales” transmitidas “ideográficamente” para explicar el fenómeno recurrente y centenario30. En consonancia, los planteamientos teórico-metodológicos revisados en relación a esta hiper-movilidad ameritan una perspectiva que redunde en la visibilización del fenómeno de radicar (habitar) a través de las herramientas ya expuestas enfocadas a la construcción micro-social diferenciada de los espacios reterritorializados por los flujos de personas (que una vez más se debe subrayar, lejos de ser inertes transportan la experiencia y los esquemas cognitivos colectivos heredados como materiales de una resignificación de los espacios; posesiones de espacios decididamente volátiles, eflorescentes, pero suficientes para un análisis de lo espacial fragmentado).
La fragmentación espacial es recogida por D. Harvey desde una mirada que introduzca en el análisis el factor de la desigualdad social proyectada hacia una desigual producción espacial. De este modo, las escalas espaciales de lo global y lo privado (aunque fragmentadas) son entendidas como elementos articulados jerárquicamente, y que interrelacionan y dotan coherencia entre hogares, comunidades y naciones31, que a su vez son productores-reproductores de una organización social característica y de una comprensión particular de su mundo32. Asumiendo que la producción de lo social y de lo cultural (organización y comprensión particular del mundo) a través de los modos de gestionar lo espacial se determinan desde lo mayor a lo menor (esto es, de lo macro a lo micro), y que la primera instancia se corresponde con las estrategias de dominación y desorganización de la segunda por las clases dirigentes, la introspección a los espacios de las diásporas en su relación con la escala espacial mayor (urbe y estado-nación) requiere de la explicitación del modo en que se articulan con las escalas diferentes en cuanto a organización social y cultura (comprensión del mundo) y desiguales en cuanto a contextos tecnológicos, económicos y políticos. Es decir, desnaturalizar las reterritorializaciones y enfrentarlas como efectos de procesos de consensualización entre subordinados y dirigentes.
Esta última reflexión conduce a entender decididamente el territorio (bien como hecho de realidad, bien como noción antropológica) como espacios producidos por el poder. En el caso de la teoría de estado, la articulación de los elementos prístinos y constitutivos de la nación (una de las macro-escalas espaciales modernas) se efectúa precisamente entre territorialidad y soberanía, junto al concepto de población (más que pueblo). Sigue irresoluto el modo en que los deseos entendidos como manantiales brotantes del poder ubicado en las escalas menores del espacio (lo privado, los hogares, las calles, los barrios, las colonias populares, etc…) se constituyen y manifiestan para elaborar territorios heteronómicos ó autonómicos, la forma asumida por este micro-poder (agencia) de la cotidianidad entre los colectivos partícipes en los flujos globales de población subordinada. Dejemos para su reconsideración esta idea de la formación de un nuevo hogar a partir de las memorias sociales construidas por las diásporas como receptáculos simbólicos de una forma alterna de realidad.
El siguiente paso exige cohesionar las presentes reflexiones con las nuevas directrices para un trabajo de campo multilocal y multilineal y con un refinamiento en la definición y el uso de los conceptos-llave mencionados en el transcurso de estas líneas.
CONCLUSIONES
La problemática derivada de los constantes cambios inducidos por nuevas formas de viejo Capital exige de una revisión a los conceptos y métodos elaborados por y en las disciplinas sociales, entre ellas la Antropología Socio-Cultural. La re-exploración reflexiva debe dirigirse a los fundamentos ontológicos del análisis social, deteniéndose particularmente en las nociones de comunidad (arcadismo antropológico conciliador de espacio, cultura discreta e identidad particular) e individuo. Asimismo, la crítica a los esencialismos generados por algunas aplicaciones e interpretaciones de las teorías clásicas debería a someterse al chequeo de las realidades contemporáneas elicitadas desde los ingentes flujos de personas, capitales y mercancías simbólicas ó materiales. Para ello, se planteó el escrutinio conceptual de la comunidad transnacional y de la diáspora emplazando sus ramificaciones teóricas sobre tópicos antropológicos como son identidad y territorio. Las categorías principales que subyacen a este planteamiento son la acción e interacción de los ejes espaciales y temporales y los fenómenos vinculados condicionantes para las culturas y la organización social de los grupos e individuos involucrados en los procesos globalizadores.
Se considera finalmente la carencia epistemológica en las nociones revisadas del factor de poder entre y dentro de las diferentes escalas producidas en este fenómeno procesual. Aunque el término diaspórico resulta más maleable para un enfoque histórico y geográfico, asimismo obvia las relaciones de desigualdad diferenciada para discernir fenómenos de dominación-resistencia endógena como se expuso para el caso de las diásporas chinas. Un tanto de lo mismo se puede aplicar al concepto enfrentado en este ensayo. La comunidad transnacional padece de desniveles internos en clave de etnia, género, clase y edad, que no son recogidas a cabalidad en su definición. Se puede llegar así a una re-idealización de las comunidades arcádicas pretéritas, sólo con adjetivarlas transnacionalmente. Por esta razón, las últimas consideraciones teórico-metodológicas se centraron en la cuestión problemática de las fuentes del poder social y su expresión espacial, para un análisis que de la topografía subalterna nos dirija hacia los horizontes de la re-organización social y de la supuesta hibridación de las culturas, a partir de la mirada a los flujos de población.
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APUNTES PARA UNA REVISIÓN DEL TERRITORIO Y LA IDENTIDAD CULTURAL.
INTRODUCCIÓN
Los esfuerzos dirigidos desde las ciencias sociales a la explicación de un conjunto de fenómenos reunidos bajo la égira de la globalización económica deriva en la explicitación de dos llaves conceptuales: "ethnoscape" y "transnacionalismo". Ante el movimiento intenso, continuo y multidireccional de poblaciones humanas, Appadurai1 propone englobar a todo el conjunto de individuos y comunidades humanas en movilidad. Aunque el origen de los cambios se pueda calificar mayormente como económico, Appadurai introduce un factor cognitivo e inmaterial, la imaginación, para justificar un flujo heterogéneo de población que ya no solo corresponde a ópticas laboralistas, económicas, o ligadas a la división internacional del trabajo y las correspondientes políticas estatales. Actualmente el conjunto de población "viajera" es ya objeto y sujeto de "las políticas de y entre las naciones"2. Una de las virtudes epistemológicas de este concepto se aposenta sobre la capacidad de aunar diferentes categorías migratorias en el seno de una comunidad transnacional heterogénea y en movimiento.
En conjunción, el termino "transnacionalismo" (Glick Schiller et al. 1992: Trasnacionalismo son los procesos por los que los inmigrantes edifican campos sociales que vinculan a sus países de origen y a sus países de recepción. Los inmigrantes que construyen tales campos se les dice "transmigrantes". Éstos mantienen y desarrollan múltiples relaciones (familiares, económicas, sociales, organizacionales, religiosas y políticas) que sobrepasan las fronteras. Los transmigrantes actúan, toman decisiones, y sienten inquietudes, y desarrollan identidades por medio de redes sociales que los conectan a dos o mas sociedades simultáneamente.), aunque reconoce la heterogeneidad del conjunto migratorio, encuentra dificultades para deslindarlo del tradicional concepto "migración" vinculado a la fuerza de trabajo o a individuos pertenecientes a grupos subordinados.
Junto a las referidas necesidades epistemológicas, los análisis y sucesivas críticas desarrollados y expuestos en la década finisecular también reflexionaron en torno a la cuestión de los métodos exigidos por las nuevas condiciones socio-económicas. En el ámbito de la antropología son destacables las propuestas para una seria revisión de la investigación etnográfica atendiendo a los nuevos "campos de trabajo" y al "trabajo de campo", y "recuperándolo como uno de los elementos de una metodología multilineal para la construcción de conocimientos situados"1. El modo como se plantea la adecuación entre el característico y caracterizador método en antropología socio-cultural ante las nuevas situaciones cambiantes en un mundo globalizado, "resbaladizo" para el observador, pasa por voltear la mirada atentamente sobre "el engranaje de múltiples lugares y ubicaciones socio-políticas" como nuevos campos de trabajo. También la propuesta de una etnografía multilocal2 insiste en la necesidad de adecuar el método disciplinar ante el panorama fluctuante de los grupos humanos que Appadurai denomino como "ethnoscapes".
Por otra parte, junto a las conceptualizaciones para una (¿nueva?) antropología transnacional referidas a teoría y método, los tópicos de estudio de esta disciplina también son modificados, o adecuados como marcos explicativos acordes a las condiciones actuales y a las revisiones epistémicas acumuladas en años anteriores. En particular, y a efectos de este trabajo, se intentara reflexionar sobre dos tradicionales preocupaciones de la antropología socio-cultural: la identidad y el territorio, en relación a la movilidad humana, tanto social como geográfica.
¿Existen divergencias entre los conceptos “transnacional” y “diáspora” al abordar estudios de movilidad humana? ¿Son pertinentes y en que grado para explicar los cambios en las identidades colectivas? ¿El término “espacio transnacional” es suficiente como concepto y como teoría para la investigación, comprensión o interpretación de las alteraciones de “Territorio” como concepto antropológico?, o bien, “¿cual es la naturaleza de lo local (de la localidad), como una experiencia vivida, en un mundo globalizado y desterritorializado?”3
Por último, y en base a varias y someras descripciones etnográficas de caso, se intentara también apoyar, o cuando menos acompañar con ejemplos actuales las consideraciones sobre el elenco de nociones aportadas por varios de los investigadores mas representativos abordados y sugeridos durante la investigación bibliográfica, y los diferentes seminarios dónde he participado como oyente en relación a la concepción de migraciones, transnacionalismo y espacios transnacionales en las sociedades globalizadas.
IDENTIDADES sin TERRITORIO
La idea de comunidad es un término polisémico intramuros de la ciencia antropológica. De una parte, la comunidad como objeto de estudio es el conjunto de personas con algún tipo de estructura social y política, productora de condiciones de subsistencia y existencia, reproductora de un conjunto de normas, valores y representaciones, que se pueden agrupar en una o más culturas e identidades. La comunidad es la portadora de identidades grupales, y de hecho son las pequeñas comunidades “cerradas” el origen de los sentimientos más intensos de pertenencia. Por otra parte, la comunidad es el artificio ideal que circunscribe la investigación cualitativa, interactiva y situada que es la etnografía (tradicional). Como ya se planteó, la globalización ha desbaratado4 la vida cotidiana, la organización social y política, la cultura local y la nacional a los miembros de esas comunidades, tanto como a los etnógrafos les descompuso su arcádico lugar de estudio. En el momento de eleccionar por un esquema analítico de la transnacionalidad, éste se instrumentaliza tanto como un tipo de comunidad humana, como un enfoque metodológico para la investigación social y etnográfica.
En cualquier caso, las alteraciones de las identidades distan de ser homogéneas. Un primer elemento de clasificación se encuentra en la tipología trasnacional.
Por comunidades transnacionales se entienden grupos bien encontrados5: las organizaciones no gubernamentales aplicadas a diferentes campos sociales, los flujos turísticos, los “bichos de obra” empleados de grupos económicos y financieros, y finalmente, los grupos migrantes transnacionales circunscritos al modelo económico subordinado. Cada uno de estas categorías de análisis sufre muy diferentes variaciones tanto en la interacción en sus nuevos contextos socio-geográficos, como en la interacción recíproca.
Igualmente las identidades comunitarias sufren erosiones y pérdidas en procesos de cambio inducidos por la deslocación de su experiencia vivida, por la reubicación social clasista, la etnificación de su identidad social o la resignificación de originales adscripciones étnicas.
La comunidad desterritorializada es una comunidad en riesgo de diluir las diferencias incluyentes-excluyentes que precisamente la identifica y la hace única y auténtica para sus miembros. Los procesos de aculturación/asimilación fueron tomados por los modelos de estudio de la migración hegemónicos en las ciencias sociales y estamentos políticos. La homogeneización cultural asentada sobre una cultura del trabajo, una estratificación clasista y los mercados nacionales de consumo se reflejaban en estudios migratorios que llegaban a caracterizar la diferencia como una patología social, un rasgo inadaptativo6.
Sin embargo estas comunidades abiertas, en un contexto social y político bien distinto (post-industrial, post-moderno y post-nacional), hacen de sus atributos identitarios un baluarte de empoderamiento, una estrategia identitaria que instrumentaliza la mentada disolución de sus atributos de identidad comunitaria7. Esta modificación produce unas identidades grupales fragmentadas, hibridadas en sus lealtades, ambiguas para provocar cambios culturales, sociales, políticos y económicos, tanto en el país de origen como en aquel o aquellos a donde emigran, y sobretodo, transversadas por patrones de clase, etnia, raza y genero. Aunque en la próximas paginas orillaremos las menciones y el desarrollo de las cuestiones de genero y de raza para de una parte poder simplificar una cuestión tan compleja, y de otra, por entender que las diferencias raciales no se pueden considerar en si como categorías antropológicas, sino que mas bien se pueden incluir entre las oposiciones étnico-nacionales racializadas.
En definitiva, las identidades de las comunidades transnacionales son altamente complejas, en reinvención nebulosa. Asimismo, son procesos de oposición conflictiva entre las diversas lealtades identitarias de origen nacional, subnacional y local o comunitario, constituyendo factores de reconformación de las posibles adscripciones transnacionalizadas8. Es el caso, entre otros, de los migrantes ecuatorianos en Europa9 que se resitúan en sus relaciones para con los nativos y entre ellos en virtud de “serranos” y “costeños”, y entre “mestizos” e “indios” (los que traen “cola”). Pero igualmente opuestos a los peruanos o bolivianos en la explotación de nichos laborales, o como “latinos” frente a “moros” y eslavos.
Igualmente es oportuno mencionar las estrategias de identidades ambivalentes entre los migrantes mixtecos de San Juan Mixtepec en localidades estadounidenses10 vinculadas a la producción post-fordista de cárnicos, en donde estos migrantes transitan entre varias adscripciones identitarias (indígena-mexicano-chicano) como una comunidad que “se transforma y amolda a las necesidades del capital en los espacios formados por éste”11.
El ejemplo anterior ya perfila lo que pueden ser ejes constructores de las neo-identidades atravesadas por las oposiciones clasistas y las diferenciaciones étnicas. Entre la comunidad antropológica existe un consenso en cuanto a la emergencia de nuevas identidades étnico-nacionales en los ámbitos de la migración transnacional, y que se están reificando influidas por relaciones de poder asimétricas. La etnificación de ciertos sectores y gremios laborales, de algunos espacios y sectores urbanos, por ejemplo, ó en otro tipo de comunidad transnacional: los “bichos de obra”, los empleados de las compañías transnacionales que migran a una escala global y que se disponen bajo patrones étnicos en el mercado de trabajo de la entidad de modo que se erosionan aun más los vínculos entre éstos y sus identidades étnico-nacionales. Las compañías transnacionales en la que confluyen patrones económicos y culturales diferenciales son “importantes agencias de formación de identidad transnacional”12; es decir, las identidades sociales y personales trasladan sus fundamentos estructurantes hacia rasgos donados por el profesionalismo, la formación técnica superior y la afinidad con los elementos materiales y simbólicos aportados por las corporaciones transnacionales, cuando la pertenencia a una de ellas se prolonga suficientemente en el tiempo de contratación.
Por último, mencionaré las diferencias internas al grupo propiciadas también por estructuras subordinadas de orden comunitario. Estas diferencias expresadas en rango generacional, de género, ocupacional, ingresos medios, e incluso subdivisiones étnicas ligadas a centro y periferias locales, son consideradas en clave de inequidades internas, jerarquizantes y legitimadoras de estados de vida “naturalizados”13. La práctica y la experiencia transnacional también afecta a las entidades identitarias intramuros de la comunidad, algunas veces en procesos de renegociación igualadora, y en otros en cambio, de refuerzo autoritario de estructuras piramidales de poder.
En este último sentido, el estudio de las redes contiene principios elucidatorios de los procesos de emergencia de un grupo étnico en un nuevo contexto14, además de un instrumento de análisis con base no motivacional, retroalimentado e individual de la migración.
Sin embargo, éste no es el único aspecto que el análisis reticular puede aportar para la discusión de la comunidad desterritorializada y de la cuestión identitaria. Las redes se pueden entender también como las estructuras sociales15 propias de comunidades en movimiento, de comunidades “cerradas”, solidarias, en un tránsito ó reacomodo en comunidades “abiertas”, urbanas y flexibles ante situaciones de contingencia socio-económica. La desorientación descrita en comunidades urbanas de esta índole, provistas de personas en desarraigo, desorientadas por la pérdida de sentimientos de pertenencia fuertes y centrífugos dotadores de seguridad emocional, se puede contrarrestar con la persistencia de relaciones virtuales y rituales con la comunidad “cerrada” que en sí misma funge como centro ritual16. En cierto sentido, la situación referida nos remite a consideraciones más polémicas y de base teórica en torno a la interacción entre los sectores subalternos y su bagaje cultural, organizacional particular: lo propio, y las modificaciones en la interacción con las manifestaciones tangibles e intangibles del modo de ser hegemónico17. La discusión se debe establecer entonces en la pulsión entre estructura y agencia, y los resultados adaptativos de lo propio ante nuevas situaciones originadas desde los esquemas neoliberales de la globalización económica.
Lo relevante aquí es señalar la funcionalidad de la red para con la supervivencia de la estructura comunitaria18. De este modo, la mirada se enfoca sobre la relación entre comunidad y poder. Esto es, por ejemplo, de qué modos la organización social elaborada ad hoc produce y reproduce el volumen global de capitales (materiales, sociales y simbólico-culturales), su reflejo en los espacios habitados y en la conformación de la estructura social articulada en interacciones de corte horizontal y vertical.
Intuitivamente se deduce que la calidad estructural tal como hasta aquí se ha relacionado, es sumamente volátil (en términos de la gestión empresarial: flexible) e inaprensible en estudios prolongados en el tiempo. Es decir, ¿qué ocurre con estas estructuras ad hoc ante trastornos exógenos y endógenos como son los cambios generacionales, modificaciones ó enmiendas legales y de las leyes de mercado?. Las investigaciones de Besserer en México-U.S.Am. aunque direccionadas hacia enfoques históricos aún no completan y cumplen con ésta y otras interrogantes, que en resumidas cuentas apuntan hacia la cuestión de qué tanto los colectivos implicados son capaces de amortiguar los efectos adversos de índole infraestructural, cuál es su grado de agencia, qué tanto la adaptaciones culturales e identitarias resguardan y reproducen lo propio, y qué tanto se implican en la homogeneización socio-cultural inducida por la expansión global de las fuerzas del Capital.
En última instancia, una buena parte de las dudas planteadas y requeridas de comprobaciones y seguimiento empírico en torno a esta discutida noción de “comunidad transnacional” recibirían satisfactoriamente enfoques teórico-metodológicos incisivos en relación a la cuestión cada vez más exigida del poder y de las luchas particulares sobre los distintos campos referidos (y en especial, el campo laboral). La cuestión de la autonomía postulada por M. Kearney y de la heteronómia como una cuasi-certeza preliminar revierte la atención sobre la carga y revalorización que de su capital social y manipulación simbólica representa posicionamientos ventajosos ante otros grupos y ante la realidad sistémica hegemónica. Algunas luces sobre el caso se pueden prospeccionar en los diferentes tipos de capital social, en el modo de aplicación y reproducción de las relaciones de reciprocidad discerniendo en escalas micro-sociales las proto-jerarquías nacientes al interior de estos grupos y sus redes. Se evidencia para el caso de latinoamericanos (andinos y andinas mayormente, aunque también en caribeñas) en la Unión Europea y en el estudio de las micro-empresas fundamentadas en el consumo de nostalgias19 (en particular, las investigaciones sobre y en los cyber-cafés de la ciudad de Barcelona) la emergencia de una proto-burguesía que ya está en posición de operativizar la convertibilidad del capital social y simbólico-cultural en capitales materiales y financieros, que a su vez reproducen sus capitales sociales y simbólicos en forma de prestigio.
Estas experiencias y los primeros acercamientos efectuados parecen relacionar la posición ventajosa al interior de sus comunidades transnacionales con factores exógenos, como son los vínculos personalizados con enclaves socio-políticos propios de la estructura hegemónica receptora, como son individuos de las clases medias, profesionistas y universitarios, O.N.G`s varias, empresarios vinculados con actividades de producción y/ó distribución de mercancías ligadas a sus países de origen (como es el caso de los espectáculos y variedades musicales específicas de la región andina y caribeña), agentes comerciales de las empresas transnacionales (como es el caso de Telefónica de España y los contratos de uso de líneas telefónicas y de Internet, mensajerías,…) y otros más que fungen como enlaces favorables ante su comunidad endógena al vehicular capitales de todo tipo (la información político-jurídica sensible para con la regulación de residencia y trabajo es paradigmática).
En este sentido, aparecen ya horizontes de una estructuración sedimentada, más recia y menos evanescente, que no obstante, se sirve de segmentos sociales nativos para su anclaje y de la explotación (en este particular se requiere de más investigaciones empíricas compendiadas para relativizar el grado de explotación endógena) de sus paisanos para la retroalimentación de su capital global.
Curiosamente, las controversias y planteamientos preliminares arriba comentados encuentran un campo fértil y más transitado si se atiende a la literatura disciplinar al especto de las diásporas. Baste como ejemplo el importante asentamiento mundial de la diáspora china y su organización social endógena para evaluar siquiera superficialmente las consecuencias y fenómenos relacionados de manipulación cultural y explotación laboral internalizada por las redes en multiniveles de esta migración china. La estructuración interna de estas pequeñas comunidades imbricadas mundialmente por medio de relaciones empresariales y activadas por agentes propios empoderados en base a la explotación de una mano de obra cautiva (y en ocasiones, en un término literal) oportunamente segregada de las sociedades nativas que las reciben implementando mecanismos y dispositivos culturales (revistas, eventos, fundaciones,…) productores de diferenciación y exclusión a nivel local (los barrios chinos)que redunda en mayor dependencia de las estructuras endógenas y de la diáspora empresarial. De este modo, la inversión en capitales sociales y simbólicos y su manipulación capacita a un grupo dirigente para ser plenamente competitivo y exitoso en la ocupación y gestión de nichos y sectores de mercado a escala global.
Precisamente, y antes de avanzar hasta el próximo apartado, me gustaría plantear, aun levemente, la diáspora como concepto útil en los estudios transnacionales y en la exploración de genealogías neo-identitarias.
LAS DIÁSPORAS, UN ARCANO TEÓRICO
La diáspora presupone un mundo, una comunidad social dispersa, desparramada geográficamente en varias localizaciones y entidades políticas, formando archipiélagos urbanos que fungen como centros religiosos de la comunidad. Asimismo la diáspora histórica (judía, helénica,..) mantiene prolongadamente en el tiempo y el espacio un deseo de retorno a un origen mitificado, sufre cierta alienación en los países que la recibe y en muchas ocasiones reafirma sus lealtades primeras con un apoyo sostenido a la tierra natal y, en caso de persistencia transgeneracional, a la tierra ancestral21. La diáspora judía transmediterránea medieval desarrolló diferentes estrategias de diferenciación y resistencia identitaria: apego a ciudades específicas como sustitutivo de vínculos religiosos y étnicos, formas culturales y centros religiosos, relaciones de parentesco, una historia trasmitida de dispersión y persecución, circuitos de negocios y trayectorias de viaje22. La diáspora guarda muchos paralelismos con las comunidades transnacionales, contiene los mismos elementos operativos y otras características del concepto explicitado por Glick Schiller y sus colegas, y expuesto al inicio del ensayo. Diáspora como conceptualización de colectividades que atraviesan fronteras y mantienen vínculos relacionales persistentes carece de actualizaciones contundentes que la desliguen de sus particularismos histórico-religiosos. La propuesta de G. Yúdice23, fundamentada sobre la conceptualización de diáspora elaborada en los estudios afro-americanos, incorpora las nociones de circuito y frontera a su estudio sobre las identidades fragmentadas y en construcción de los migrantes salvadoreños en los Estados Unidos. Precisamente son las concepciones de la diáspora del “atlántico negro” propugnadas por Gilroy24 las que han actualizado la idea de diáspora como transnacionalismo, y las que dan luces sobre los medios y los modos para una reificación étnica, para entender las vías de las reterritorializaciones actuales y potenciales, ya que la diáspora “entraña la radicación, el mantenimiento de comunidades, la posesión de hogares colectivos fuera de la tierra natal”25.
La identidad colectiva se puede entender ya no como un objetivo estático, sino como un proceso (es decir, actos de relación antes que formas predeterminadas) y por lo tanto posee fuerza epistémica para un seguimiento histórico de las redes migratorias que enriquece y reenfoca las perspectivas abiertas por el transnacionalismo, y está más capacitado para integrar comunidades más amplias como las englobadas por los “paisajes étnicos” de Appadurai ó la “producción de las diferencias geográficas” de Harvey.
Otra lectura a explorar son las posibilidades de investigación de los grupos desplazados por causas no directamente económicas, ó de los segmentos de las redes migratorias motivados por razones netamente políticas. Refugiados y exiliados por diversas causas, ó lo que Appadurai taxonomiza como diásporas de la desesperación diásporas de muerte y diásporas de la esperanza.
(Se puede consultar trabajo empírico al respecto en R. Sánchez Molina, 2005, y en U.J. Zevallos Aguilar,2006, para los casos salvadoreño y peruano respectivamente).
En estos casos algunos de los previstos por el examen transnacional y de redes y cadenas no son suficientes para determinar diferencias significativas. El uso de la idea diaspórica, profusamente atravesada por connotaciones de persecución, exilio y conflicto traumático, probablemente sea más pertinente para un estudio que contenga los mencionados componentes.
En este rubro, la inflexión hacia los significantes traumáticas socialmente transmitidos, además de pernear los esquemas organizativos sociales, remiten necesariamente a la consideración del Tiempo, y por ende de un enfoque histórico cabalmente intrínseco a la noción diaspórica. Y sin embargo, aún no se agota este sesgo con la cuestión temporal (que acompaña igualmente a la consideración del cambio, tanto en el espacio-territorio, como en las identidades sociales), sino que permite la inclusión de perspectivas sobre el poder y las luchas políticas endógenas para obtener consenso y prestigio20. La carga política mencionada existe precisamente en tanto es una política de la identidad, que recurre a la identidad social ó que brota en tanto se percibe desde todo ó parte del grupo que la identidad colectiva está en riesgo (es decir, se percibe que lo que son depende de lo que otros fueron y de su conducta en el momento traumático). El instrumento simbólico-discursivo implementado en estos casos es recurrentemente la victimización colectiva, un recurso que carga de un estigma negativo pero positivado, a las identidades sociales (étnicas y/ó nacionales, pero también puede darse en grupos orientados sexualmente y/ó religiosamente) de las diásporas. El caso extremo se explicita cuando en las generaciones actuales se percibe y manifiesta la herencia del sufrimiento como “herencia”21 que exige satisfacción por parte de la contraparte ofensora “heredada”, ó en palabras de Novak y Rodseth (2006): “Concomitantemente, en su expresión de la historia, la gente de persuade de abandonar narrativas que enfatizan tiempos, lugares e identidades individuales específicas a favor de otros, comprimiéndose el tiempo, los sucesos distantes son rememorados como si hubieran ocurrido aquí y ahora, y los actos son atribuidos no a personas específicas sino a colectividades”.
La manipulación selecta con respecto al orden cognitivo reflectante de lo social se patentiza entonces en la potencialidad de estos instrumentos psico-sociales para engendrar y reproducir lealtades sociales que capacitan para la dirección y jerarquización del colectivo auto-percibido como diáspora por parte de algunos de sus componentes, morales ó institucionales, preocupados tanto en reproducir la estructura social interna como el estatus socio-económico derivado del carácter de entreprenaurs simbólico-culturales22. Posiblemente, la interconvertibilidad de los capitales sociales y simbólicos revierta en la elevación en la estructural de estos individuos emergentes, perpetradores y perpetuadores de la carga política adscripta a las nuevas lealtades identitarias reificadas.
La vinculación de pequeñas colectividades dispersas se implementa entonces en base a motivos psico-afectivos más allá de otras consideraciones bien económicas, bien étnico-raciales, como ligazón cohesionándola ante la dispersión geográfico-espacial, agente disgregador de las afinidades (entendidas como redes por contigüidad). Por lo que el grado de agencia inducido por estos poderosos artefactos simbólicos resulta mayor ante las coyunturas adversas de la migración y asentamiento en estructuras soci-culturales extrañas de grupos muy minorizados en bastantes ocasiones, si se exceptúan los asentamientos urbanos de los que se hablará en el próximo apartado y que fungen como medio de adscripción identitaria ya presente en la génesis de esta noción, y discutido anteriormente.
Por último y en referencia al término desglosado, tanto desde los estudios afro-americanos ya referidos, como en otros autores integrados en los estudios latinoamericanos23, las posibilidades teóricas de diáspora se complementan en el análisis de la retórica diaspórica, “el discurso de la diáspora articula, ó adapta, tanto las raíces como las rutas para construir (...) formas de conciencia y solidaridad comunitarias”24. En la construcción del discurso pesaría más los identificadores (estigmas, marcas,..) impuestos en situaciones de hegemonía-resistencia que la elicitación de una identidad nacional ó local25. Las reconstrucciones identitarias de los colectivos desplazados, mutantis mutandi, son procesos políticos de empoderamiento.
La potencialidad exploratoria de la noción de diáspora ha sido suficientemente justificada por los autores y corrientes de estudios culturales ya referidos, y otros tantos más. En relación con la resituación de los territorios como espacios parcialmente transnacionalizados ocupará la atención de las próximas líneas.
TERRITORIOS
(Territorios, como territorio complejo: "espacio material y simbólico de asentamiento y creación de la historia y la cultura, así como de la creación de utopías colectivas y alternativas societales, es el punto de partida de la construcción de identidades y el lugar donde se forjan las comunidades de destino...". Revista “Chiapas”, nº 12, Ed. UNAM, 2002)
La desterritorialización de las culturas como procesos que afectan a la construcción y la continuidad de las identidades colectivas encuentra su antítesis en la relocalización territorial “parcial y relativa de las viejas y nuevas producciones simbólicas”26.
Los procesos de territorialización-desterritorialización-reterritorialización guardan una correlación cuasi-perfecta con las luchas socio-económicas y la movilización de los capitales en condiciones progresivamente aceleradas en cuanto a grado tecnológico e informacional. Esto es, fungen generalmente como variables vinculadas a las sucesivas etapas del desarrollo del capitalismo, un sistema intrínsecamente caracterizado por la expansión hegemónica sobre el tiempo, el espacio y cuanta relación social de intercambio sea susceptible de ser mercantilizada (posiblemente, todas lo son). De este modo, “nos enfrentamos, por lo tanto, a una oportunidad histórica de abordar la geografía del capitalismo; de ver la producción de espacio como un momento constitutivo dentro de la dinámica de la acumulación del Capital (Harvey, 2003: pág. 76)”. En resumen, las re-elaboraciones de los territorios e identidades se debe enfocar desde la perspectiva de efectos y respuestas ante la irrefrenable globalización de las producciones del Capital, bien sea como corrimientos de sentido expansivos (por ejemplo, la conquista del “desierto” patagónico) ó contractivos (es el caso de las zonas de refugio caracterizadas por Aguirre Beltrán). En la actualidad, el escenario que cataliza estos procesos encontrados se representa por la hiper-urbanización y la ecumenización del fenómeno metropolizador y la fragmentación de los mapas étnicos y culturales al presentarse pequeños “centros” en la Periferia y “periferias” en el Centro del sistema-mundo.
Bajo esta premisa de un proceso cuasi-dialéctico, el uso del término diáspora permite “concebir la continuidad de un pueblo sin recurrir al territorio, la raza ó el parentesco como “bases” primarias de la continuidad cultural”27. De hecho, así se presenta en el caso de un sinfín de redes diaspóricas en donde la reterritorialización (más simbólica que material) se consagra en los espacios metropolitanos. El recurso a esta sublimación espacial catalizada por la ciudad y por la representación social e imaginaria de la misma permite a diásporas como la judía clásica (Toledo, Estambul, Varsovia,…) ó la vasca contemporánea (Caracas, Buenos Aires, Miami, Boise, Ciudad de México, Manila,…) reproducir y transmitir sus identidades, lealtades y expectativas, proyectándolas sobre las metrópolis imaginadas y/ó sacralizadas. Imagínese al efecto el rol simbólico que Los Angeles, New York, Minesotta,… suponen para los emigrantes latinoamericanos y mexicanos en particular (Neza York, Mi-Nezota, ó Manhattitlán). Es decir, más allá de la identificación con el espacio material en sí y que es constatable en todo caso con los espacios vividos de los barrios ó de los suburbios y sus calles monumentalizadas por estos migrantes, son las representaciones simbólicas construidas socialmente en dispersión geográfica y transmitida por herramientas psico-sociales insertas en discursos subalternizados quienes suplementan la necesitada territorialidad de los colectivos humanos en movilidad.
La relocalización territorial consiste básicamente en radicar, o en términos de una teoría del “espacio diaspórico”, es esencialmente un “deseo de fabricar hogar”28. Esta idea del deseo abre nuevas perspectivas de estudio. La tensión entre espacio y deseo elabora espacios humanizados, hechos territorio. ¿En qué sentido?. ¿Se puede explicar así “la experiencia de lo local en una experiencia vivida”?
En el concepto lefebvriano del “habitar”, uno de los niveles metodológicos postulados para el análisis de “lo urbano”, se halla implicada esta cuestión del deseo explicitada por la pulsión, extraída del psicoanálisis, entre el principio del logos y el principio del eros, como agentes encontrados y cuyo conflicto de manifiesta por el modo en que los grupos subordinados aciertan a vivir en la escala de lo privado (espacio) mediando la acción cotidiana (tiempo). En ambos ejes, la acción del subalterno –del habitante desposeído- se dirige hacia la posesión de la estructura espacial más amplia, dominada y gestionada (en tanto es producida en dentro de la acumulación del Capital) desde el nivel de “lo global”. El espacio es de nueva cuenta la proyección de enfrentamiento de las estrategias de lo marginal (el colectivo migrante, extraño al lugar) y la estrategia global ejecutada por el urbanismo, y que funge como dispositivo de exclusión/inclusión, para el control de las poblaciones dominadas (en este caso, sometidas a patrones de etnificación ó extranjerización de la clase).
Si entendemos el espacio transnacional como un lugar de resistencia/s de los grupos transmigrantes “cambiando su comunidad imaginada”, “rastreando la creación contra-hegemónica de espacios políticos autónomos”29, quizá se pueda describir el proceso de creación de territorio, de un hogar (aun siendo parcial y relativo, y hasta precario!!), como el proceso de plasmación del deseo, de los sueños y las esperanzas. Las proyecciones de las necesidades y expectativas de los colectivos en movilidad se recoge como parte de esa representación caleidoscópica enunciada por Appadurai, y elevada al rango causal de las corrientes y tendencias migratorias contemporáneas, y a la que se remite el sentido de este documento. El ideoscape funge como agente de atracción-expulsión-sustento del flujo humano compuesto, caracterizado y/ó estigmatizado étnica, racial ó clasistamente, pero también como dispositivo holístico generatriz de poderes subalternos. En particular, y en relación a los flujos auto-sostenidos de una parte de la emigración mexicana a Estados Unidos son ya abundantes los trabajos que apuntan hacia motivaciones “emocionales” transmitidas “ideográficamente” para explicar el fenómeno recurrente y centenario30. En consonancia, los planteamientos teórico-metodológicos revisados en relación a esta hiper-movilidad ameritan una perspectiva que redunde en la visibilización del fenómeno de radicar (habitar) a través de las herramientas ya expuestas enfocadas a la construcción micro-social diferenciada de los espacios reterritorializados por los flujos de personas (que una vez más se debe subrayar, lejos de ser inertes transportan la experiencia y los esquemas cognitivos colectivos heredados como materiales de una resignificación de los espacios; posesiones de espacios decididamente volátiles, eflorescentes, pero suficientes para un análisis de lo espacial fragmentado).
La fragmentación espacial es recogida por D. Harvey desde una mirada que introduzca en el análisis el factor de la desigualdad social proyectada hacia una desigual producción espacial. De este modo, las escalas espaciales de lo global y lo privado (aunque fragmentadas) son entendidas como elementos articulados jerárquicamente, y que interrelacionan y dotan coherencia entre hogares, comunidades y naciones31, que a su vez son productores-reproductores de una organización social característica y de una comprensión particular de su mundo32. Asumiendo que la producción de lo social y de lo cultural (organización y comprensión particular del mundo) a través de los modos de gestionar lo espacial se determinan desde lo mayor a lo menor (esto es, de lo macro a lo micro), y que la primera instancia se corresponde con las estrategias de dominación y desorganización de la segunda por las clases dirigentes, la introspección a los espacios de las diásporas en su relación con la escala espacial mayor (urbe y estado-nación) requiere de la explicitación del modo en que se articulan con las escalas diferentes en cuanto a organización social y cultura (comprensión del mundo) y desiguales en cuanto a contextos tecnológicos, económicos y políticos. Es decir, desnaturalizar las reterritorializaciones y enfrentarlas como efectos de procesos de consensualización entre subordinados y dirigentes.
Esta última reflexión conduce a entender decididamente el territorio (bien como hecho de realidad, bien como noción antropológica) como espacios producidos por el poder. En el caso de la teoría de estado, la articulación de los elementos prístinos y constitutivos de la nación (una de las macro-escalas espaciales modernas) se efectúa precisamente entre territorialidad y soberanía, junto al concepto de población (más que pueblo). Sigue irresoluto el modo en que los deseos entendidos como manantiales brotantes del poder ubicado en las escalas menores del espacio (lo privado, los hogares, las calles, los barrios, las colonias populares, etc…) se constituyen y manifiestan para elaborar territorios heteronómicos ó autonómicos, la forma asumida por este micro-poder (agencia) de la cotidianidad entre los colectivos partícipes en los flujos globales de población subordinada. Dejemos para su reconsideración esta idea de la formación de un nuevo hogar a partir de las memorias sociales construidas por las diásporas como receptáculos simbólicos de una forma alterna de realidad.
El siguiente paso exige cohesionar las presentes reflexiones con las nuevas directrices para un trabajo de campo multilocal y multilineal y con un refinamiento en la definición y el uso de los conceptos-llave mencionados en el transcurso de estas líneas.
CONCLUSIONES
La problemática derivada de los constantes cambios inducidos por nuevas formas de viejo Capital exige de una revisión a los conceptos y métodos elaborados por y en las disciplinas sociales, entre ellas la Antropología Socio-Cultural. La re-exploración reflexiva debe dirigirse a los fundamentos ontológicos del análisis social, deteniéndose particularmente en las nociones de comunidad (arcadismo antropológico conciliador de espacio, cultura discreta e identidad particular) e individuo. Asimismo, la crítica a los esencialismos generados por algunas aplicaciones e interpretaciones de las teorías clásicas debería a someterse al chequeo de las realidades contemporáneas elicitadas desde los ingentes flujos de personas, capitales y mercancías simbólicas ó materiales. Para ello, se planteó el escrutinio conceptual de la comunidad transnacional y de la diáspora emplazando sus ramificaciones teóricas sobre tópicos antropológicos como son identidad y territorio. Las categorías principales que subyacen a este planteamiento son la acción e interacción de los ejes espaciales y temporales y los fenómenos vinculados condicionantes para las culturas y la organización social de los grupos e individuos involucrados en los procesos globalizadores.
Se considera finalmente la carencia epistemológica en las nociones revisadas del factor de poder entre y dentro de las diferentes escalas producidas en este fenómeno procesual. Aunque el término diaspórico resulta más maleable para un enfoque histórico y geográfico, asimismo obvia las relaciones de desigualdad diferenciada para discernir fenómenos de dominación-resistencia endógena como se expuso para el caso de las diásporas chinas. Un tanto de lo mismo se puede aplicar al concepto enfrentado en este ensayo. La comunidad transnacional padece de desniveles internos en clave de etnia, género, clase y edad, que no son recogidas a cabalidad en su definición. Se puede llegar así a una re-idealización de las comunidades arcádicas pretéritas, sólo con adjetivarlas transnacionalmente. Por esta razón, las últimas consideraciones teórico-metodológicas se centraron en la cuestión problemática de las fuentes del poder social y su expresión espacial, para un análisis que de la topografía subalterna nos dirija hacia los horizontes de la re-organización social y de la supuesta hibridación de las culturas, a partir de la mirada a los flujos de población.
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