“DIÁSPORA ó TRASNACIONALISMO”
APUNTES PARA UNA REVISIÓN DEL TERRITORIO Y LA IDENTIDAD CULTURAL.
INTRODUCCIÓN
Los esfuerzos dirigidos desde las ciencias sociales a la explicación de un conjunto de fenómenos reunidos bajo la égira de la globalización económica deriva en la explicitación de dos llaves conceptuales: "ethnoscape" y "transnacionalismo". Ante el movimiento intenso, continuo y multidireccional de poblaciones humanas, Appadurai1 propone englobar a todo el conjunto de individuos y comunidades humanas en movilidad. Aunque el origen de los cambios se pueda calificar mayormente como económico, Appadurai introduce un factor cognitivo e inmaterial, la imaginación, para justificar un flujo heterogéneo de población que ya no solo corresponde a ópticas laboralistas, económicas, o ligadas a la división internacional del trabajo y las correspondientes políticas estatales. Actualmente el conjunto de población "viajera" es ya objeto y sujeto de "las políticas de y entre las naciones"2. Una de las virtudes epistemológicas de este concepto se aposenta sobre la capacidad de aunar diferentes categorías migratorias en el seno de una comunidad transnacional heterogénea y en movimiento.
En conjunción, el termino "transnacionalismo" (Glick Schiller et al. 1992: Trasnacionalismo son los procesos por los que los inmigrantes edifican campos sociales que vinculan a sus países de origen y a sus países de recepción. Los inmigrantes que construyen tales campos se les dice "transmigrantes". Éstos mantienen y desarrollan múltiples relaciones (familiares, económicas, sociales, organizacionales, religiosas y políticas) que sobrepasan las fronteras. Los transmigrantes actúan, toman decisiones, y sienten inquietudes, y desarrollan identidades por medio de redes sociales que los conectan a dos o mas sociedades simultáneamente.), aunque reconoce la heterogeneidad del conjunto migratorio, encuentra dificultades para deslindarlo del tradicional concepto "migración" vinculado a la fuerza de trabajo o a individuos pertenecientes a grupos subordinados.
Junto a las referidas necesidades epistemológicas, los análisis y sucesivas críticas desarrollados y expuestos en la década finisecular también reflexionaron en torno a la cuestión de los métodos exigidos por las nuevas condiciones socio-económicas. En el ámbito de la antropología son destacables las propuestas para una seria revisión de la investigación etnográfica atendiendo a los nuevos "campos de trabajo" y al "trabajo de campo", y "recuperándolo como uno de los elementos de una metodología multilineal para la construcción de conocimientos situados"1. El modo como se plantea la adecuación entre el característico y caracterizador método en antropología socio-cultural ante las nuevas situaciones cambiantes en un mundo globalizado, "resbaladizo" para el observador, pasa por voltear la mirada atentamente sobre "el engranaje de múltiples lugares y ubicaciones socio-políticas" como nuevos campos de trabajo. También la propuesta de una etnografía multilocal2 insiste en la necesidad de adecuar el método disciplinar ante el panorama fluctuante de los grupos humanos que Appadurai denomino como "ethnoscapes".
Por otra parte, junto a las conceptualizaciones para una (¿nueva?) antropología transnacional referidas a teoría y método, los tópicos de estudio de esta disciplina también son modificados, o adecuados como marcos explicativos acordes a las condiciones actuales y a las revisiones epistémicas acumuladas en años anteriores. En particular, y a efectos de este trabajo, se intentara reflexionar sobre dos tradicionales preocupaciones de la antropología socio-cultural: la identidad y el territorio, en relación a la movilidad humana, tanto social como geográfica.
¿Existen divergencias entre los conceptos “transnacional” y “diáspora” al abordar estudios de movilidad humana? ¿Son pertinentes y en que grado para explicar los cambios en las identidades colectivas? ¿El término “espacio transnacional” es suficiente como concepto y como teoría para la investigación, comprensión o interpretación de las alteraciones de “Territorio” como concepto antropológico?, o bien, “¿cual es la naturaleza de lo local (de la localidad), como una experiencia vivida, en un mundo globalizado y desterritorializado?”3
Por último, y en base a varias y someras descripciones etnográficas de caso, se intentara también apoyar, o cuando menos acompañar con ejemplos actuales las consideraciones sobre el elenco de nociones aportadas por varios de los investigadores mas representativos abordados y sugeridos durante la investigación bibliográfica, y los diferentes seminarios dónde he participado como oyente en relación a la concepción de migraciones, transnacionalismo y espacios transnacionales en las sociedades globalizadas.
IDENTIDADES sin TERRITORIO
La idea de comunidad es un término polisémico intramuros de la ciencia antropológica. De una parte, la comunidad como objeto de estudio es el conjunto de personas con algún tipo de estructura social y política, productora de condiciones de subsistencia y existencia, reproductora de un conjunto de normas, valores y representaciones, que se pueden agrupar en una o más culturas e identidades. La comunidad es la portadora de identidades grupales, y de hecho son las pequeñas comunidades “cerradas” el origen de los sentimientos más intensos de pertenencia. Por otra parte, la comunidad es el artificio ideal que circunscribe la investigación cualitativa, interactiva y situada que es la etnografía (tradicional). Como ya se planteó, la globalización ha desbaratado4 la vida cotidiana, la organización social y política, la cultura local y la nacional a los miembros de esas comunidades, tanto como a los etnógrafos les descompuso su arcádico lugar de estudio. En el momento de eleccionar por un esquema analítico de la transnacionalidad, éste se instrumentaliza tanto como un tipo de comunidad humana, como un enfoque metodológico para la investigación social y etnográfica.
En cualquier caso, las alteraciones de las identidades distan de ser homogéneas. Un primer elemento de clasificación se encuentra en la tipología trasnacional.
Por comunidades transnacionales se entienden grupos bien encontrados5: las organizaciones no gubernamentales aplicadas a diferentes campos sociales, los flujos turísticos, los “bichos de obra” empleados de grupos económicos y financieros, y finalmente, los grupos migrantes transnacionales circunscritos al modelo económico subordinado. Cada uno de estas categorías de análisis sufre muy diferentes variaciones tanto en la interacción en sus nuevos contextos socio-geográficos, como en la interacción recíproca.
Igualmente las identidades comunitarias sufren erosiones y pérdidas en procesos de cambio inducidos por la deslocación de su experiencia vivida, por la reubicación social clasista, la etnificación de su identidad social o la resignificación de originales adscripciones étnicas.
La comunidad desterritorializada es una comunidad en riesgo de diluir las diferencias incluyentes-excluyentes que precisamente la identifica y la hace única y auténtica para sus miembros. Los procesos de aculturación/asimilación fueron tomados por los modelos de estudio de la migración hegemónicos en las ciencias sociales y estamentos políticos. La homogeneización cultural asentada sobre una cultura del trabajo, una estratificación clasista y los mercados nacionales de consumo se reflejaban en estudios migratorios que llegaban a caracterizar la diferencia como una patología social, un rasgo inadaptativo6.
Sin embargo estas comunidades abiertas, en un contexto social y político bien distinto (post-industrial, post-moderno y post-nacional), hacen de sus atributos identitarios un baluarte de empoderamiento, una estrategia identitaria que instrumentaliza la mentada disolución de sus atributos de identidad comunitaria7. Esta modificación produce unas identidades grupales fragmentadas, hibridadas en sus lealtades, ambiguas para provocar cambios culturales, sociales, políticos y económicos, tanto en el país de origen como en aquel o aquellos a donde emigran, y sobretodo, transversadas por patrones de clase, etnia, raza y genero. Aunque en la próximas paginas orillaremos las menciones y el desarrollo de las cuestiones de genero y de raza para de una parte poder simplificar una cuestión tan compleja, y de otra, por entender que las diferencias raciales no se pueden considerar en si como categorías antropológicas, sino que mas bien se pueden incluir entre las oposiciones étnico-nacionales racializadas.
En definitiva, las identidades de las comunidades transnacionales son altamente complejas, en reinvención nebulosa. Asimismo, son procesos de oposición conflictiva entre las diversas lealtades identitarias de origen nacional, subnacional y local o comunitario, constituyendo factores de reconformación de las posibles adscripciones transnacionalizadas8. Es el caso, entre otros, de los migrantes ecuatorianos en Europa9 que se resitúan en sus relaciones para con los nativos y entre ellos en virtud de “serranos” y “costeños”, y entre “mestizos” e “indios” (los que traen “cola”). Pero igualmente opuestos a los peruanos o bolivianos en la explotación de nichos laborales, o como “latinos” frente a “moros” y eslavos.
Igualmente es oportuno mencionar las estrategias de identidades ambivalentes entre los migrantes mixtecos de San Juan Mixtepec en localidades estadounidenses10 vinculadas a la producción post-fordista de cárnicos, en donde estos migrantes transitan entre varias adscripciones identitarias (indígena-mexicano-chicano) como una comunidad que “se transforma y amolda a las necesidades del capital en los espacios formados por éste”11.
El ejemplo anterior ya perfila lo que pueden ser ejes constructores de las neo-identidades atravesadas por las oposiciones clasistas y las diferenciaciones étnicas. Entre la comunidad antropológica existe un consenso en cuanto a la emergencia de nuevas identidades étnico-nacionales en los ámbitos de la migración transnacional, y que se están reificando influidas por relaciones de poder asimétricas. La etnificación de ciertos sectores y gremios laborales, de algunos espacios y sectores urbanos, por ejemplo, ó en otro tipo de comunidad transnacional: los “bichos de obra”, los empleados de las compañías transnacionales que migran a una escala global y que se disponen bajo patrones étnicos en el mercado de trabajo de la entidad de modo que se erosionan aun más los vínculos entre éstos y sus identidades étnico-nacionales. Las compañías transnacionales en la que confluyen patrones económicos y culturales diferenciales son “importantes agencias de formación de identidad transnacional”12; es decir, las identidades sociales y personales trasladan sus fundamentos estructurantes hacia rasgos donados por el profesionalismo, la formación técnica superior y la afinidad con los elementos materiales y simbólicos aportados por las corporaciones transnacionales, cuando la pertenencia a una de ellas se prolonga suficientemente en el tiempo de contratación.
Por último, mencionaré las diferencias internas al grupo propiciadas también por estructuras subordinadas de orden comunitario. Estas diferencias expresadas en rango generacional, de género, ocupacional, ingresos medios, e incluso subdivisiones étnicas ligadas a centro y periferias locales, son consideradas en clave de inequidades internas, jerarquizantes y legitimadoras de estados de vida “naturalizados”13. La práctica y la experiencia transnacional también afecta a las entidades identitarias intramuros de la comunidad, algunas veces en procesos de renegociación igualadora, y en otros en cambio, de refuerzo autoritario de estructuras piramidales de poder.
En este último sentido, el estudio de las redes contiene principios elucidatorios de los procesos de emergencia de un grupo étnico en un nuevo contexto14, además de un instrumento de análisis con base no motivacional, retroalimentado e individual de la migración.
Sin embargo, éste no es el único aspecto que el análisis reticular puede aportar para la discusión de la comunidad desterritorializada y de la cuestión identitaria. Las redes se pueden entender también como las estructuras sociales15 propias de comunidades en movimiento, de comunidades “cerradas”, solidarias, en un tránsito ó reacomodo en comunidades “abiertas”, urbanas y flexibles ante situaciones de contingencia socio-económica. La desorientación descrita en comunidades urbanas de esta índole, provistas de personas en desarraigo, desorientadas por la pérdida de sentimientos de pertenencia fuertes y centrífugos dotadores de seguridad emocional, se puede contrarrestar con la persistencia de relaciones virtuales y rituales con la comunidad “cerrada” que en sí misma funge como centro ritual16. En cierto sentido, la situación referida nos remite a consideraciones más polémicas y de base teórica en torno a la interacción entre los sectores subalternos y su bagaje cultural, organizacional particular: lo propio, y las modificaciones en la interacción con las manifestaciones tangibles e intangibles del modo de ser hegemónico17. La discusión se debe establecer entonces en la pulsión entre estructura y agencia, y los resultados adaptativos de lo propio ante nuevas situaciones originadas desde los esquemas neoliberales de la globalización económica.
Lo relevante aquí es señalar la funcionalidad de la red para con la supervivencia de la estructura comunitaria18. De este modo, la mirada se enfoca sobre la relación entre comunidad y poder. Esto es, por ejemplo, de qué modos la organización social elaborada ad hoc produce y reproduce el volumen global de capitales (materiales, sociales y simbólico-culturales), su reflejo en los espacios habitados y en la conformación de la estructura social articulada en interacciones de corte horizontal y vertical.
Intuitivamente se deduce que la calidad estructural tal como hasta aquí se ha relacionado, es sumamente volátil (en términos de la gestión empresarial: flexible) e inaprensible en estudios prolongados en el tiempo. Es decir, ¿qué ocurre con estas estructuras ad hoc ante trastornos exógenos y endógenos como son los cambios generacionales, modificaciones ó enmiendas legales y de las leyes de mercado?. Las investigaciones de Besserer en México-U.S.Am. aunque direccionadas hacia enfoques históricos aún no completan y cumplen con ésta y otras interrogantes, que en resumidas cuentas apuntan hacia la cuestión de qué tanto los colectivos implicados son capaces de amortiguar los efectos adversos de índole infraestructural, cuál es su grado de agencia, qué tanto la adaptaciones culturales e identitarias resguardan y reproducen lo propio, y qué tanto se implican en la homogeneización socio-cultural inducida por la expansión global de las fuerzas del Capital.
En última instancia, una buena parte de las dudas planteadas y requeridas de comprobaciones y seguimiento empírico en torno a esta discutida noción de “comunidad transnacional” recibirían satisfactoriamente enfoques teórico-metodológicos incisivos en relación a la cuestión cada vez más exigida del poder y de las luchas particulares sobre los distintos campos referidos (y en especial, el campo laboral). La cuestión de la autonomía postulada por M. Kearney y de la heteronómia como una cuasi-certeza preliminar revierte la atención sobre la carga y revalorización que de su capital social y manipulación simbólica representa posicionamientos ventajosos ante otros grupos y ante la realidad sistémica hegemónica. Algunas luces sobre el caso se pueden prospeccionar en los diferentes tipos de capital social, en el modo de aplicación y reproducción de las relaciones de reciprocidad discerniendo en escalas micro-sociales las proto-jerarquías nacientes al interior de estos grupos y sus redes. Se evidencia para el caso de latinoamericanos (andinos y andinas mayormente, aunque también en caribeñas) en la Unión Europea y en el estudio de las micro-empresas fundamentadas en el consumo de nostalgias19 (en particular, las investigaciones sobre y en los cyber-cafés de la ciudad de Barcelona) la emergencia de una proto-burguesía que ya está en posición de operativizar la convertibilidad del capital social y simbólico-cultural en capitales materiales y financieros, que a su vez reproducen sus capitales sociales y simbólicos en forma de prestigio.
Estas experiencias y los primeros acercamientos efectuados parecen relacionar la posición ventajosa al interior de sus comunidades transnacionales con factores exógenos, como son los vínculos personalizados con enclaves socio-políticos propios de la estructura hegemónica receptora, como son individuos de las clases medias, profesionistas y universitarios, O.N.G`s varias, empresarios vinculados con actividades de producción y/ó distribución de mercancías ligadas a sus países de origen (como es el caso de los espectáculos y variedades musicales específicas de la región andina y caribeña), agentes comerciales de las empresas transnacionales (como es el caso de Telefónica de España y los contratos de uso de líneas telefónicas y de Internet, mensajerías,…) y otros más que fungen como enlaces favorables ante su comunidad endógena al vehicular capitales de todo tipo (la información político-jurídica sensible para con la regulación de residencia y trabajo es paradigmática).
En este sentido, aparecen ya horizontes de una estructuración sedimentada, más recia y menos evanescente, que no obstante, se sirve de segmentos sociales nativos para su anclaje y de la explotación (en este particular se requiere de más investigaciones empíricas compendiadas para relativizar el grado de explotación endógena) de sus paisanos para la retroalimentación de su capital global.
Curiosamente, las controversias y planteamientos preliminares arriba comentados encuentran un campo fértil y más transitado si se atiende a la literatura disciplinar al especto de las diásporas. Baste como ejemplo el importante asentamiento mundial de la diáspora china y su organización social endógena para evaluar siquiera superficialmente las consecuencias y fenómenos relacionados de manipulación cultural y explotación laboral internalizada por las redes en multiniveles de esta migración china. La estructuración interna de estas pequeñas comunidades imbricadas mundialmente por medio de relaciones empresariales y activadas por agentes propios empoderados en base a la explotación de una mano de obra cautiva (y en ocasiones, en un término literal) oportunamente segregada de las sociedades nativas que las reciben implementando mecanismos y dispositivos culturales (revistas, eventos, fundaciones,…) productores de diferenciación y exclusión a nivel local (los barrios chinos)que redunda en mayor dependencia de las estructuras endógenas y de la diáspora empresarial. De este modo, la inversión en capitales sociales y simbólicos y su manipulación capacita a un grupo dirigente para ser plenamente competitivo y exitoso en la ocupación y gestión de nichos y sectores de mercado a escala global.
Precisamente, y antes de avanzar hasta el próximo apartado, me gustaría plantear, aun levemente, la diáspora como concepto útil en los estudios transnacionales y en la exploración de genealogías neo-identitarias.
LAS DIÁSPORAS, UN ARCANO TEÓRICO
La diáspora presupone un mundo, una comunidad social dispersa, desparramada geográficamente en varias localizaciones y entidades políticas, formando archipiélagos urbanos que fungen como centros religiosos de la comunidad. Asimismo la diáspora histórica (judía, helénica,..) mantiene prolongadamente en el tiempo y el espacio un deseo de retorno a un origen mitificado, sufre cierta alienación en los países que la recibe y en muchas ocasiones reafirma sus lealtades primeras con un apoyo sostenido a la tierra natal y, en caso de persistencia transgeneracional, a la tierra ancestral21. La diáspora judía transmediterránea medieval desarrolló diferentes estrategias de diferenciación y resistencia identitaria: apego a ciudades específicas como sustitutivo de vínculos religiosos y étnicos, formas culturales y centros religiosos, relaciones de parentesco, una historia trasmitida de dispersión y persecución, circuitos de negocios y trayectorias de viaje22. La diáspora guarda muchos paralelismos con las comunidades transnacionales, contiene los mismos elementos operativos y otras características del concepto explicitado por Glick Schiller y sus colegas, y expuesto al inicio del ensayo. Diáspora como conceptualización de colectividades que atraviesan fronteras y mantienen vínculos relacionales persistentes carece de actualizaciones contundentes que la desliguen de sus particularismos histórico-religiosos. La propuesta de G. Yúdice23, fundamentada sobre la conceptualización de diáspora elaborada en los estudios afro-americanos, incorpora las nociones de circuito y frontera a su estudio sobre las identidades fragmentadas y en construcción de los migrantes salvadoreños en los Estados Unidos. Precisamente son las concepciones de la diáspora del “atlántico negro” propugnadas por Gilroy24 las que han actualizado la idea de diáspora como transnacionalismo, y las que dan luces sobre los medios y los modos para una reificación étnica, para entender las vías de las reterritorializaciones actuales y potenciales, ya que la diáspora “entraña la radicación, el mantenimiento de comunidades, la posesión de hogares colectivos fuera de la tierra natal”25.
La identidad colectiva se puede entender ya no como un objetivo estático, sino como un proceso (es decir, actos de relación antes que formas predeterminadas) y por lo tanto posee fuerza epistémica para un seguimiento histórico de las redes migratorias que enriquece y reenfoca las perspectivas abiertas por el transnacionalismo, y está más capacitado para integrar comunidades más amplias como las englobadas por los “paisajes étnicos” de Appadurai ó la “producción de las diferencias geográficas” de Harvey.
Otra lectura a explorar son las posibilidades de investigación de los grupos desplazados por causas no directamente económicas, ó de los segmentos de las redes migratorias motivados por razones netamente políticas. Refugiados y exiliados por diversas causas, ó lo que Appadurai taxonomiza como diásporas de la desesperación diásporas de muerte y diásporas de la esperanza.
(Se puede consultar trabajo empírico al respecto en R. Sánchez Molina, 2005, y en U.J. Zevallos Aguilar,2006, para los casos salvadoreño y peruano respectivamente).
En estos casos algunos de los previstos por el examen transnacional y de redes y cadenas no son suficientes para determinar diferencias significativas. El uso de la idea diaspórica, profusamente atravesada por connotaciones de persecución, exilio y conflicto traumático, probablemente sea más pertinente para un estudio que contenga los mencionados componentes.
En este rubro, la inflexión hacia los significantes traumáticas socialmente transmitidos, además de pernear los esquemas organizativos sociales, remiten necesariamente a la consideración del Tiempo, y por ende de un enfoque histórico cabalmente intrínseco a la noción diaspórica. Y sin embargo, aún no se agota este sesgo con la cuestión temporal (que acompaña igualmente a la consideración del cambio, tanto en el espacio-territorio, como en las identidades sociales), sino que permite la inclusión de perspectivas sobre el poder y las luchas políticas endógenas para obtener consenso y prestigio20. La carga política mencionada existe precisamente en tanto es una política de la identidad, que recurre a la identidad social ó que brota en tanto se percibe desde todo ó parte del grupo que la identidad colectiva está en riesgo (es decir, se percibe que lo que son depende de lo que otros fueron y de su conducta en el momento traumático). El instrumento simbólico-discursivo implementado en estos casos es recurrentemente la victimización colectiva, un recurso que carga de un estigma negativo pero positivado, a las identidades sociales (étnicas y/ó nacionales, pero también puede darse en grupos orientados sexualmente y/ó religiosamente) de las diásporas. El caso extremo se explicita cuando en las generaciones actuales se percibe y manifiesta la herencia del sufrimiento como “herencia”21 que exige satisfacción por parte de la contraparte ofensora “heredada”, ó en palabras de Novak y Rodseth (2006): “Concomitantemente, en su expresión de la historia, la gente de persuade de abandonar narrativas que enfatizan tiempos, lugares e identidades individuales específicas a favor de otros, comprimiéndose el tiempo, los sucesos distantes son rememorados como si hubieran ocurrido aquí y ahora, y los actos son atribuidos no a personas específicas sino a colectividades”.
La manipulación selecta con respecto al orden cognitivo reflectante de lo social se patentiza entonces en la potencialidad de estos instrumentos psico-sociales para engendrar y reproducir lealtades sociales que capacitan para la dirección y jerarquización del colectivo auto-percibido como diáspora por parte de algunos de sus componentes, morales ó institucionales, preocupados tanto en reproducir la estructura social interna como el estatus socio-económico derivado del carácter de entreprenaurs simbólico-culturales22. Posiblemente, la interconvertibilidad de los capitales sociales y simbólicos revierta en la elevación en la estructural de estos individuos emergentes, perpetradores y perpetuadores de la carga política adscripta a las nuevas lealtades identitarias reificadas.
La vinculación de pequeñas colectividades dispersas se implementa entonces en base a motivos psico-afectivos más allá de otras consideraciones bien económicas, bien étnico-raciales, como ligazón cohesionándola ante la dispersión geográfico-espacial, agente disgregador de las afinidades (entendidas como redes por contigüidad). Por lo que el grado de agencia inducido por estos poderosos artefactos simbólicos resulta mayor ante las coyunturas adversas de la migración y asentamiento en estructuras soci-culturales extrañas de grupos muy minorizados en bastantes ocasiones, si se exceptúan los asentamientos urbanos de los que se hablará en el próximo apartado y que fungen como medio de adscripción identitaria ya presente en la génesis de esta noción, y discutido anteriormente.
Por último y en referencia al término desglosado, tanto desde los estudios afro-americanos ya referidos, como en otros autores integrados en los estudios latinoamericanos23, las posibilidades teóricas de diáspora se complementan en el análisis de la retórica diaspórica, “el discurso de la diáspora articula, ó adapta, tanto las raíces como las rutas para construir (...) formas de conciencia y solidaridad comunitarias”24. En la construcción del discurso pesaría más los identificadores (estigmas, marcas,..) impuestos en situaciones de hegemonía-resistencia que la elicitación de una identidad nacional ó local25. Las reconstrucciones identitarias de los colectivos desplazados, mutantis mutandi, son procesos políticos de empoderamiento.
La potencialidad exploratoria de la noción de diáspora ha sido suficientemente justificada por los autores y corrientes de estudios culturales ya referidos, y otros tantos más. En relación con la resituación de los territorios como espacios parcialmente transnacionalizados ocupará la atención de las próximas líneas.
TERRITORIOS
(Territorios, como territorio complejo: "espacio material y simbólico de asentamiento y creación de la historia y la cultura, así como de la creación de utopías colectivas y alternativas societales, es el punto de partida de la construcción de identidades y el lugar donde se forjan las comunidades de destino...". Revista “Chiapas”, nº 12, Ed. UNAM, 2002)
La desterritorialización de las culturas como procesos que afectan a la construcción y la continuidad de las identidades colectivas encuentra su antítesis en la relocalización territorial “parcial y relativa de las viejas y nuevas producciones simbólicas”26.
Los procesos de territorialización-desterritorialización-reterritorialización guardan una correlación cuasi-perfecta con las luchas socio-económicas y la movilización de los capitales en condiciones progresivamente aceleradas en cuanto a grado tecnológico e informacional. Esto es, fungen generalmente como variables vinculadas a las sucesivas etapas del desarrollo del capitalismo, un sistema intrínsecamente caracterizado por la expansión hegemónica sobre el tiempo, el espacio y cuanta relación social de intercambio sea susceptible de ser mercantilizada (posiblemente, todas lo son). De este modo, “nos enfrentamos, por lo tanto, a una oportunidad histórica de abordar la geografía del capitalismo; de ver la producción de espacio como un momento constitutivo dentro de la dinámica de la acumulación del Capital (Harvey, 2003: pág. 76)”. En resumen, las re-elaboraciones de los territorios e identidades se debe enfocar desde la perspectiva de efectos y respuestas ante la irrefrenable globalización de las producciones del Capital, bien sea como corrimientos de sentido expansivos (por ejemplo, la conquista del “desierto” patagónico) ó contractivos (es el caso de las zonas de refugio caracterizadas por Aguirre Beltrán). En la actualidad, el escenario que cataliza estos procesos encontrados se representa por la hiper-urbanización y la ecumenización del fenómeno metropolizador y la fragmentación de los mapas étnicos y culturales al presentarse pequeños “centros” en la Periferia y “periferias” en el Centro del sistema-mundo.
Bajo esta premisa de un proceso cuasi-dialéctico, el uso del término diáspora permite “concebir la continuidad de un pueblo sin recurrir al territorio, la raza ó el parentesco como “bases” primarias de la continuidad cultural”27. De hecho, así se presenta en el caso de un sinfín de redes diaspóricas en donde la reterritorialización (más simbólica que material) se consagra en los espacios metropolitanos. El recurso a esta sublimación espacial catalizada por la ciudad y por la representación social e imaginaria de la misma permite a diásporas como la judía clásica (Toledo, Estambul, Varsovia,…) ó la vasca contemporánea (Caracas, Buenos Aires, Miami, Boise, Ciudad de México, Manila,…) reproducir y transmitir sus identidades, lealtades y expectativas, proyectándolas sobre las metrópolis imaginadas y/ó sacralizadas. Imagínese al efecto el rol simbólico que Los Angeles, New York, Minesotta,… suponen para los emigrantes latinoamericanos y mexicanos en particular (Neza York, Mi-Nezota, ó Manhattitlán). Es decir, más allá de la identificación con el espacio material en sí y que es constatable en todo caso con los espacios vividos de los barrios ó de los suburbios y sus calles monumentalizadas por estos migrantes, son las representaciones simbólicas construidas socialmente en dispersión geográfica y transmitida por herramientas psico-sociales insertas en discursos subalternizados quienes suplementan la necesitada territorialidad de los colectivos humanos en movilidad.
La relocalización territorial consiste básicamente en radicar, o en términos de una teoría del “espacio diaspórico”, es esencialmente un “deseo de fabricar hogar”28. Esta idea del deseo abre nuevas perspectivas de estudio. La tensión entre espacio y deseo elabora espacios humanizados, hechos territorio. ¿En qué sentido?. ¿Se puede explicar así “la experiencia de lo local en una experiencia vivida”?
En el concepto lefebvriano del “habitar”, uno de los niveles metodológicos postulados para el análisis de “lo urbano”, se halla implicada esta cuestión del deseo explicitada por la pulsión, extraída del psicoanálisis, entre el principio del logos y el principio del eros, como agentes encontrados y cuyo conflicto de manifiesta por el modo en que los grupos subordinados aciertan a vivir en la escala de lo privado (espacio) mediando la acción cotidiana (tiempo). En ambos ejes, la acción del subalterno –del habitante desposeído- se dirige hacia la posesión de la estructura espacial más amplia, dominada y gestionada (en tanto es producida en dentro de la acumulación del Capital) desde el nivel de “lo global”. El espacio es de nueva cuenta la proyección de enfrentamiento de las estrategias de lo marginal (el colectivo migrante, extraño al lugar) y la estrategia global ejecutada por el urbanismo, y que funge como dispositivo de exclusión/inclusión, para el control de las poblaciones dominadas (en este caso, sometidas a patrones de etnificación ó extranjerización de la clase).
Si entendemos el espacio transnacional como un lugar de resistencia/s de los grupos transmigrantes “cambiando su comunidad imaginada”, “rastreando la creación contra-hegemónica de espacios políticos autónomos”29, quizá se pueda describir el proceso de creación de territorio, de un hogar (aun siendo parcial y relativo, y hasta precario!!), como el proceso de plasmación del deseo, de los sueños y las esperanzas. Las proyecciones de las necesidades y expectativas de los colectivos en movilidad se recoge como parte de esa representación caleidoscópica enunciada por Appadurai, y elevada al rango causal de las corrientes y tendencias migratorias contemporáneas, y a la que se remite el sentido de este documento. El ideoscape funge como agente de atracción-expulsión-sustento del flujo humano compuesto, caracterizado y/ó estigmatizado étnica, racial ó clasistamente, pero también como dispositivo holístico generatriz de poderes subalternos. En particular, y en relación a los flujos auto-sostenidos de una parte de la emigración mexicana a Estados Unidos son ya abundantes los trabajos que apuntan hacia motivaciones “emocionales” transmitidas “ideográficamente” para explicar el fenómeno recurrente y centenario30. En consonancia, los planteamientos teórico-metodológicos revisados en relación a esta hiper-movilidad ameritan una perspectiva que redunde en la visibilización del fenómeno de radicar (habitar) a través de las herramientas ya expuestas enfocadas a la construcción micro-social diferenciada de los espacios reterritorializados por los flujos de personas (que una vez más se debe subrayar, lejos de ser inertes transportan la experiencia y los esquemas cognitivos colectivos heredados como materiales de una resignificación de los espacios; posesiones de espacios decididamente volátiles, eflorescentes, pero suficientes para un análisis de lo espacial fragmentado).
La fragmentación espacial es recogida por D. Harvey desde una mirada que introduzca en el análisis el factor de la desigualdad social proyectada hacia una desigual producción espacial. De este modo, las escalas espaciales de lo global y lo privado (aunque fragmentadas) son entendidas como elementos articulados jerárquicamente, y que interrelacionan y dotan coherencia entre hogares, comunidades y naciones31, que a su vez son productores-reproductores de una organización social característica y de una comprensión particular de su mundo32. Asumiendo que la producción de lo social y de lo cultural (organización y comprensión particular del mundo) a través de los modos de gestionar lo espacial se determinan desde lo mayor a lo menor (esto es, de lo macro a lo micro), y que la primera instancia se corresponde con las estrategias de dominación y desorganización de la segunda por las clases dirigentes, la introspección a los espacios de las diásporas en su relación con la escala espacial mayor (urbe y estado-nación) requiere de la explicitación del modo en que se articulan con las escalas diferentes en cuanto a organización social y cultura (comprensión del mundo) y desiguales en cuanto a contextos tecnológicos, económicos y políticos. Es decir, desnaturalizar las reterritorializaciones y enfrentarlas como efectos de procesos de consensualización entre subordinados y dirigentes.
Esta última reflexión conduce a entender decididamente el territorio (bien como hecho de realidad, bien como noción antropológica) como espacios producidos por el poder. En el caso de la teoría de estado, la articulación de los elementos prístinos y constitutivos de la nación (una de las macro-escalas espaciales modernas) se efectúa precisamente entre territorialidad y soberanía, junto al concepto de población (más que pueblo). Sigue irresoluto el modo en que los deseos entendidos como manantiales brotantes del poder ubicado en las escalas menores del espacio (lo privado, los hogares, las calles, los barrios, las colonias populares, etc…) se constituyen y manifiestan para elaborar territorios heteronómicos ó autonómicos, la forma asumida por este micro-poder (agencia) de la cotidianidad entre los colectivos partícipes en los flujos globales de población subordinada. Dejemos para su reconsideración esta idea de la formación de un nuevo hogar a partir de las memorias sociales construidas por las diásporas como receptáculos simbólicos de una forma alterna de realidad.
El siguiente paso exige cohesionar las presentes reflexiones con las nuevas directrices para un trabajo de campo multilocal y multilineal y con un refinamiento en la definición y el uso de los conceptos-llave mencionados en el transcurso de estas líneas.
CONCLUSIONES
La problemática derivada de los constantes cambios inducidos por nuevas formas de viejo Capital exige de una revisión a los conceptos y métodos elaborados por y en las disciplinas sociales, entre ellas la Antropología Socio-Cultural. La re-exploración reflexiva debe dirigirse a los fundamentos ontológicos del análisis social, deteniéndose particularmente en las nociones de comunidad (arcadismo antropológico conciliador de espacio, cultura discreta e identidad particular) e individuo. Asimismo, la crítica a los esencialismos generados por algunas aplicaciones e interpretaciones de las teorías clásicas debería a someterse al chequeo de las realidades contemporáneas elicitadas desde los ingentes flujos de personas, capitales y mercancías simbólicas ó materiales. Para ello, se planteó el escrutinio conceptual de la comunidad transnacional y de la diáspora emplazando sus ramificaciones teóricas sobre tópicos antropológicos como son identidad y territorio. Las categorías principales que subyacen a este planteamiento son la acción e interacción de los ejes espaciales y temporales y los fenómenos vinculados condicionantes para las culturas y la organización social de los grupos e individuos involucrados en los procesos globalizadores.
Se considera finalmente la carencia epistemológica en las nociones revisadas del factor de poder entre y dentro de las diferentes escalas producidas en este fenómeno procesual. Aunque el término diaspórico resulta más maleable para un enfoque histórico y geográfico, asimismo obvia las relaciones de desigualdad diferenciada para discernir fenómenos de dominación-resistencia endógena como se expuso para el caso de las diásporas chinas. Un tanto de lo mismo se puede aplicar al concepto enfrentado en este ensayo. La comunidad transnacional padece de desniveles internos en clave de etnia, género, clase y edad, que no son recogidas a cabalidad en su definición. Se puede llegar así a una re-idealización de las comunidades arcádicas pretéritas, sólo con adjetivarlas transnacionalmente. Por esta razón, las últimas consideraciones teórico-metodológicas se centraron en la cuestión problemática de las fuentes del poder social y su expresión espacial, para un análisis que de la topografía subalterna nos dirija hacia los horizontes de la re-organización social y de la supuesta hibridación de las culturas, a partir de la mirada a los flujos de población.
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